Sermones que Iluminan

Adviento 1 (A) – 2010

November 28, 2010

Isaías 2:1-5; Salmo 122; Romanos 13:11-14; Mateo 24:36-44

Adviento, tiempo de espera y esperanza. Puede que esta expresión nos suene a repetición, pero es una situación que tenemos que superar, porque aquí se apunta a algo profundo y necesario en el corazón del ser humano. Es el llamado a la verdadera conversión para posibilitar la venida del Señor.

Casi al terminar el año, la Iglesia nos invita a comenzar de nuevo, a vivir y celebrar los misterios de la salvación en la persona de Jesús. Ante este acontecimiento tan especial de nuestra liberación, tenemos que recogernos, prepararnos y estar vigilantes. Esto es precisamente, el significado profundo del Adviento.

Es necesario que al comenzar un nuevo año litúrgico hagamos una seria reflexión sobre la importancia de nuestra relación con Dios. Es decir, sobre el misterio del culto. Dios, sobre todo, nos ha dado la oportunidad de entrar a participar, desde ahora, de su misericordia y bondad eterna.

Descubrir y profundizar el sentido del Adviento en cada año de nuestras vidas, y enlazarlo con ese largo proceso de la vida de la humanidad que vive entre luces y sombras un adviento, una esperanza y la necesidad de una gran luz que sea misterio de salvación para nuestras vidas.

Las lecturas de este domingo, principio del Adviento, arrancan con una visión del profeta Isaías. El profeta es el hombre de Dios al mismo tiempo que del futuro y de la esperanza. La conciencia profética del pueblo de Dios no solo recuerda el pasado, sino sobre todo, anuncia el futuro aún pendiente de la humanidad y de la acción de Dios. Durante el Adviento la voz eminentemente profética de la tradición bíblica es el profeta Isaías.

 En estos primeros pasos del siglo XXI y ante una situación del mundo que nos asusta por la tensión que vivimos, necesitamos, hoy más que nunca, una visión de futuro y de esperanza que nos mantenga firmes y equilibrados espiritualmente. Como creyentes contamos con  los recursos de la fe que no podemos desperdiciar, y con el mensaje y testimonio de los profetas de la tradición bíblica y también de los actuales.

La visión de Isaías acerca de Judá y de Jerusalén nos dice que: “Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor” (Isaías 2:2). Para nosotros los cristianos esos días finales de que habla el profeta ya han empezado con la presencia del reino de Dios que inaugura Jesús. Esta es la casa del Señor, la casa de todos los creyentes, de todos los hijos de Dios. El reino de Dios ya está entre nosotros, si bien su establecimiento definitivo lo esperamos todavía.

En nuestros días se habla, con frecuencia, de la casa; todos deseamos tener una casa. La liturgia de hoy nos habla repetidamente de la casa del Señor, que para nosotros los creyentes, es sin duda, la Iglesia, la comunidad cristiana. Ante la intemperie de los tiempos hace falta un techo, un hogar, una casa. Especialmente cuando arrecia el temporal de la incredulidad y la vida sin freno.

Si consultamos a Juan, cuatro diecinueve y siguientes, consideramos inmediatamente que el símbolo profético sobre el monte con su templo se refiere a Jesús de Nazaret, a quien esperamos en el Adviento. Él es el constructor de la deseada paz que busca la humanidad. Él cambiará las armas que destruyen en arados y las lanzas en podaderas. Solo él puede transformar nuestro mundo, haciendo que vivamos tranquilos y sin tensiones.

Hay que dejar la noche y conducirse como en pleno día, nos recuerda san Pablo en la segunda lectura. Hay que hacer la paz superando la guerra y el rencor. Es condición indispensable para habitar en la casa del Señor y celebrar allí su nombre.

La motivación de Pablo es en esencia, a que vivamos como Cristo. No solo en una imitación externa sino como quienes se han revestido de él. Participar en su modo de ser y existir, y por tanto, de su conducta que básicamente se centra en el amor. En una palabra, no descuidarnos en nuestros deberes y valorar lo que hemos recibido de la fe.

Este primer domingo de Adviento, está enmarcado por las actitudes en nuestro proceder como cristianos a la vigilancia, y la preparación para la venida del Hijo del Hombre. Solamente desde esta fuente de valores podemos intuir la necesidad de una nueva venida liberadora de Cristo a nosotros en Navidad.

La llegada de Dios al mundo debe ser preparada y posibilitada. La conversión humilde del corazón es lo que Dios espera de nosotros para convertirnos en sus instrumentos. El Adviento nos da la oportunidad de abrir nuestros corazones a la vida nueva que trae la llegada del Señor. Como creyentes sabemos que hay diversas venidas de Dios, o mejor dicho, Dios viene por diversos caminos.

Como cristianos la venida definitiva, aunque no la última, tiene lugar en la persona de Jesús, en un determinado momento histórico y se prolonga a través de su palabra y sus discípulos.

La venida última tendrá lugar al final de los días. Mientras tanto a nosotros nos interesa, especialmente, la venida de Dios a la vida ordinaria. Precisamente, la que nos recuerda el evangelio de hoy al referirse a Noé, a los dos hombres que están en el campo y a las dos mujeres que muelen o al ladrón nocturno. Lo que se nos pide sencillamente es estar en constante alerta.

Para que la venida de Dios cale en nuestra vida ordinaria tenemos que escuchar la palabra de Dios, abrirnos a ella, a los profetas, a las lecturas de este tiempo en la liturgia. Y celebrar en la Iglesia, en comunidad con los demás creyentes, la venida de Dios que viene cuando menos lo imaginamos.

En la historia y experiencia de cada uno de nosotros hay constancia de muchas venidas de Dios. Hay que recuperarlas, avivarlas, ponerlas al día, y enriquecerlas personal y comunitariamente en estos días de Adviento. Escuchar y celebrar.

Y un detalle muy importante: Dios siempre viene como salvación de nuestras vidas. En el aleluya se canta danos tu salvación, y san Pablo nos recuerda hoy en Romanos trece once: “Nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer”.

Finalmente, el Adviento es tiempo de esperanza, de salvación, de escuchar la palabra de Dios y celebrar su venida. Hora de alertar y de mirar al futuro.


— El Rev. Antonio Brito es oriundo de la República Dominicana y actualmente ejerce el ministerio en la Diócesis de Atlanta.

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Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan