Sermones que Iluminan

Adviento 3 (A) – 2013

December 15, 2013


¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro? Con esta pregunta Juan el Bautista, que se encuentra encarcelado, envía a sus discípulos a cuestionar a Jesús. En la respuesta de Jesús encontramos una serie de símbolos especiales que marcan una etapa nueva que se reconocerá como la llegada del reino de Dios. “Vayan y cuéntenle a Juan: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y la Buena Nueva llega a los pobres”. Con estas mismas palabras en el evangelio de Lucas se nos presenta a Jesús iniciando su misión lleno del Espíritu Santo (Lucas 4:16-19) citando un texto del profeta Isaías (Isaías 61:1-3). Es el inicio de una nueva era tan esperada por los más necesitados.

En 1992 se publicó un articulo anunciando un acontecimiento que parecería no tener tanta importancia y, sin embargo, si la tenía. En una mañana del año anterior, la gente del pequeño poblado de Simojobel en las montañas de Chiapas, México, lugar pobre y de muy difícil acceso, recibió una noticia muy desagradable. Se había agarrado preso su sacerdote al que se le culpaba de estar incitando a la gente en contra del gobierno. El padre fue llevado a la cárcel central en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez que quedaba a una larga distancia del poblado.

La gente de Simojobel era el claro ejemplo de años de injusticia social y desigualdad. La pobreza se encontraba reflejada en los rostros de la gente y las enfermedades habían creado un índice de mortalidad muy elevado en este pueblo humilde. Unos pocos terratenientes se habían apoderado de las tierras dejando al resto de los habitantes de ese poblado en la desesperación. El padre, que se encontraba ahora en la cárcel, lo único que había estado haciendo era crear conciencia entre la gente para hacer de ellos una sola voz que se pudiera escuchar más allá del mismo Chiapas.

A los pocos días de estar en la cárcel, el padre empezó a sentir desesperación por no saber nada de lo que estaba sucediendo afuera. Nunca se imaginó que su poblado lleno de gente oprimida y de gente que se había sentido sin voz se organizarían para tratar de rescatarlo. De pronto corrió la noticia por la ciudad de Tuxtla, todo el poblado de Simojobel venía bajando de la montaña en una marcha pacífica pidiendo que se les entregara a su sacerdote al que se le acusaba injustamente. Los sin voz, de pronto, al ser grupo, tuvieron una voz que se escuchó no solo en todo México sino en otros países del extranjero.

Algunos sacerdotes amigos del padre, de la misma diócesis vinieron a la cárcel a darle la noticia: “¡Vienen por ti, toda tu gente viene por ti!”. “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan”. Nuestra historia parece que se hace eco del anuncio de Jesús a los discípulos de Juan en el evangelio de hoy. El acontecimiento del poblado de Simojobel atrajo la atención de la prensa internacional y el Gobernador de Chiapas, después de varios diálogos con representantes de la gente y el obispo de San Cristóbal de las Casas, liberó al sacerdote.

Nadie se imaginó que la gente, empobrecida y aparentemente sin poder, llegara a tener una fuerza tan grande: “Los ciegos ven … los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva”.

En la alegría de la gente se descubrió el evangelio vivo, la esperanza se hace realidad y los sin voz, tuvieron voz. Este se convirtió en uno de los signos de la llegada del reino que anuncia el evangelio.

Este tiempo de Adviento es un tiempo de esperanza, y lo es más fuerte cuanto más fuerte es nuestra necesidad. Cuando hablamos de ciegos, de cojos, de sordos, leprosos, muertos y pobres estamos hablando de necesidades que destruyen no solo a individuos sino a pueblos enteros. Estamos hablando de símbolos, es todo lo que detiene el crecimiento humano de la persona, no solo es una realidad física como la ceguera o la enfermedad física de la lepra o la muerte física, sino de todo aquello que mantiene al ser humano por debajo de su realización como persona y como comunidad.

Ante estas necesidades de las personas y de los pueblos se espera, se anhela un cambio, una transformación, algo que devuelva la humanidad, la dignidad a esas personas y pueblos. El pueblo de Israel padeció opresiones en diferentes etapas de su historia y en el tiempo de Jesús se encontró bajo el dominio de los romanos. Jesús en este evangelio nos habla de algo aún por realizarse pero ya presente en medio de nosotros, la llegada de un nuevo orden, de una nueva forma de estar en el mundo de tal manera que los que están humillados y, al parecer sin remedio, son restablecidos.

Al padre que se encontraba en la cárcel, le dijeron: ¡El pueblo entero viene por ti! A Juan el Bautista que estaba en la cárcel le anuncian: “Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y a los pobres se les da la Buena Nueva”.

Hay símbolos muy claros que nos llenan de esperanza, la llegada de ese reino de Dios está ya entre nosotros y tiene que seguir llegando. Los pobres de hoy siguen esperando por su transformación y esa transformación se tiene que seguir midiendo por nuestros éxitos aunque parezcan pequeños. En la historia de la liberación del padre, el éxito fue que el pueblo recobró su voz en la unidad y esto resultó ser solo un pequeño triunfo en la larga lucha hacia un mundo lleno de justicia y de igualdad.

Ese éxito hace presente aquí y ahora la presencia del reino de Dios y por eso es solo un medio que nos permite ver el Reino entre nosotros. El éxito final seguirá realizándose hasta el final de los tiempos en el encuentro de todos como un solo pueblo en las manos del Creador.

Pero nada se puede lograr sin esperanza, no podemos dar los otros 99 pasos si no vemos que en el primero algo se ha logrado. La esperanza parte de nuestra necesidad pero pone su mirada en nuestra transformación y ésta se va midiendo por nuestros pequeños éxitos.

Jesús en el evangelio de hoy termina hablando de Juan el Bautista, alabando su manera de ser y lo grande que ha sido en su testimonio profético como aquel que tenía que preparar el camino, un mensajero distinto y fuera de lo común; grande y, sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es más grande que Juan.

Hoy somos tú y yo, entre muchos ciegos y cojos; leprosos y muertos; gente sin voz a quienes nos toca ser signos, mensajeros del Reino. Personas que, como Juan el Bautista, somos mensajeros preparando el camino del Señor. En todo esfuerzo por luchar contra la desesperanza, en todo momento en el que rompemos la barrera egoísta que nos separa y logramos ser pueblo de hermanos y hermanas ofreciéndonos en un solo corazón el Reino está presente y entonces “vayan y digan a todos: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les da la Buena Nueva”.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan