Sermones que Iluminan

Adviento 4 (A) – 2010

December 19, 2010


Ya estamos sumergidos totalmente en el Adviento tiempo llamado, dentro de la liturgia de la Iglesia, “fuerte” junto a la Cuaresma. Fuertes porque preparan a la celebración de fiestas que son el cimiento de de la vida de la comunidad eclesial. Mientras el Adviento nos prepara a la celebración del nacimiento de Jesús, la Cuaresma nos lleva a celebrar el Triduo Pascua: pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador. Por tanto, es necesario que repasemos un poco lo que el Adviento significa, sus orígenes y demás elementos que nos ayudarán a vivir la Navidad que se aproxima.

La palabra Adviento viene del latín “advenire”, que significa lo que “viene”, lo que está por “llegar”. En el lenguaje pagano, Adviento hacia referencia a “retorno”, “aniversario”. No siempre el Adviento formó parte de la tradición y vida de la comunidad cristiana. Primero apareció la pascua en la celebración litúrgica de la comunidad. El adviento vino a formar parte de la vida de la comunidad cristiana en Roma. Igual sucedió con la Cuaresma. Formaron parte de un proceso litúrgico que se fue agregando a las celebraciones hasta llegar a lo que hoy tenemos.

Hay por ejemplo, una confusión respecto del nacimiento de Jesús y su fecha exacta. Y brota entonces una pregunta: ¿Nació Jesús un 25 de diciembre? O, como algunos afirman, ¿nació Jesús alrededor del mes de marzo? Otros afirman también, en este sentido, que Jesús es pisciano o sea del signo zodiacal de Piscis. Lo que sí es cierto es que los paganos celebraban la fiesta al rey sol, basados en lo que astrológicamente sucedía: el solsticio de invierno: el sol brillaba más en este día durante todo el invierno. Entonces, la conversión de numerosos paganos al cristianismo llevó a los primeros cristianos a incluir en la liturgia de la comunidad cristiana, cada 25 de diciembre, una fiesta dedicada al nuevo Sol de justicia que es Jesucristo. Y esto se entiende cuando miramos cómo en nuestra liturgia episcopal hemos incluido a la Virgen María de Guadalupe, tradición mexicana, con el propósito de celebrar la fiesta más importante de nuestros hermanos mexicanos.

También debemos tener en cuenta el color de que se visten los altares y demás elementos que forman parte de las celebraciones del adviento. El morado o lila, es una invitación a la oración, a la penitencia, al recogimiento y a la austeridad. El adviento es un tiempo para crecer espiritualmente, no para hacer compras. Es un tiempo precioso para restablecer la relaciones con quienes se han roto, acercarnos al necesitado para compartir lo poco o mucho que Dios nos ha dado, crecer en amor perdonando al enemigo y pidiendo perdón a quienes hemos ofendido. Acercarnos al prójimo que puede ser algún miembro de nuestro hogar para darle lo que de verdad necesita, no un regalo, pero sí nuestro amor y comprensión. Regalos estos que muchos esperan más que algo material. El adviento debe llevarnos, si así lo deseamos, a la celebración de la verdadera Navidad: nacimiento de Jesús en nuestra vida y lo que esto implica: cambio, conversión de corazón, cambio de ideas y proyectos por las ideas y proyectos de Jesús.

Los textos bíblicos de este domingo Cuarto de Adviento, ofrecen elementos preciosos para nuestra reflexión que nos van a ayudar en el proceso de ir cambiando las ideas erróneas que podemos tener acerca de la Navidad y logremos hacer de ella una fiesta pródiga en gracia y bendiciones. Por su parte Isaías profetiza sobre el nacimiento del Emmanuel (que significa: “Dios-con-nosotros”). De una doncella, mujer joven, además virgen que “…dará a luz un hijo a quien le pondrá por nombre Emmanuel”. Como anticipo del acontecimiento maravilloso del nacimiento del Mesías (que significa Salvador) de Israel. Por su parte Mateo, en los versículos primeros de este primer capítulo, compone la genealogía de Jesús en forma de siete semanas de generaciones. La humanidad, en esta genealogía, está representada por cuatro mujeres (prostitutas, adulteras o extranjeras), son: Tamar, Rajab, Rut y Betsabé. Con María aparece una nueva humanidad. No es de extrañarse que Mateo presente una genealogía de Jesús. Así como nosotros pertenecemos a un árbol genealógico que nos permite, primero que todo, conocer nuestros orígenes, segundo, afianzar nuestras raíces para asegurar que formamos parte de una descendencia determinada, igual sucede con Mateo, quiere presentar a Jesús como el Mesías de Yahvé, el Enviado de Dios para salvar a la humanidad caída. Sería bueno verificar hasta qué punto nuestras vidas personal y familiar, están afiliadas a Dios, a su querer, a su deseo salvador. O por el contrario, si estamos más unidos a las costumbres de un mundo que nos rodea, totalmente secularizado, que ha cifrado todas sus esperanzas e ideales en lo que el mismo mundo ofrece.

Según Mateo, Jesús es la culminación de una historia y la aparición de una nueva creación. En la primera creación, según el libro del Génesis, Dios sopló sobre el mundo material; en tanto que en la segunda, según el evangelio, Dios infundió su Espíritu en el seno de María. De allí que Jesús significa “Dios ayuda”, “salva”. Él es el Salvador de toda la humanidad desde sus raíces. Jesús salva la creación entera. Salva los dos Testamentos: Antiguo y Nuevo. Él es el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”. Esto es pues lo que celebramos en este tiempo de adviento, cada año, haciendo nuestra la redención del Señor, difundiéndola a todos, manifestándola a través de los actos de nuestra vida. Nuestro testimonio es bien importante: si es de amor, para traer a Jesús a todos aquellos que no le conocen; de lo contrario, a través de costumbres que nos esclavizan cada vez más (regalos, compras, comidas), lograremos que Jesús sea rechazado por aquellos que se escandalicen por nuestro anti testimonio.

En el relato que Mateo hace de la concepción de Jesucristo, aparecen tres personajes: José, el justo y recto, fiel a Dios, que espera el cumplimiento de la promesas y que representa al resto de Israel. Al mismo tiempo, duda de su cercanía a Dios, se debate entre el amor al prójimo (no puede difamar a María), y el amor a Dios (quiere cumplir la ley). El segundo personaje es María, obediente a la palabra de Dios y a la fecundidad del Espíritu, contribuye a que Dios nazca. Y en tercer lugar, el Ángel, la voz de Dios, que disipa las dudas, anuncia el nacimiento y encarga a José dar el nombre a Jesús. María es la mujer por excelencia que fue asunta al cielo en cuerpo y alma. Entendiendo como “cuerpo” el yo personal, el yo de María, “cuerpo” no hace referencia a un cúmulo de tejidos y elementos bioquímicos. Ella, toda ella, alma-cuerpo-espíritu, fue elevada a la presencia de Dios, y junto a ella, todas la mujeres. El tiempo de adviento es pues, la celebración maravillosa de la encarnación del Hijo de Dios, lo que hizo posible nuestra redención. Es también la toma de conciencia de que la redención continúa en el tiempo y como parte de la historia, a la cual redime totalmente y de la cual formamos parte, porque somos sus hacedores. Cada día, a través de nuestro quehacer diario, creamos la historia, que es una historia de salvación.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan