Sermones que Iluminan

Cristo Rey (A) – 2017

November 26, 2017


Hoy celebramos la fiesta de Cristo Rey. Cuando el Papa Pío XI instituyó esta fiesta en 1925, el mundo estaba en medio de la polémica social y política de ideologías extremas. La institución de la fiesta que hoy celebramos fue la respuesta de la Iglesia Católica a la crisis del mundo en esos momentos. El mensaje del Papa Pio fue sencillo: ¡Nuestro Rey es Cristo, y su realeza es diferente a lo que estamos acostumbrados! Él no viene ni con poder político, ni con armas, ni con amenazas. ¡No! Él es el Rey que vino a vivir entre nosotros y nosotras y como cada uno de nosotros.

La primera lectura de hoy del profeta Ezequiel nos describe la realeza de Dios, el gran pastor. Él es un pastor que mima a su rebaño, socorre a los débiles y a los perdidos y desproveídos. Nos guía a todos y a todas de manera gentil y compasiva, nos lleva al alimento y al descanso de esos montes de pastos verdes.

En la lectura del evangelio de Mateo que acabamos de escuchar, la imagen de Dios el gran pastor se nos amplía. Jesús aclara qué tipo de Rey es Él y cómo espera que todos y todas respondamos a su señorío. Según Mateo, este fue el último mensaje de Jesús al pueblo, antes de entrar en su pasión y muerte. Jesús establece de esta manera el porvenir del “reino eterno que está preparado para ustedes desde que Dios hizo el mundo”. Nuestra respuesta a su señorío es el Gran mandamiento de Jesús que nos pide: que con amor y humildad alimentemos a los hambrientos, demos agua a los extraños sedientos, acojamos a los desnudos y visitemos a los enfermos y a los encarcelados.

Con este mandamiento, Jesús nos invita a vivir con convicción su última voluntad para el mundo. Sus palabras nos guían a influir en el mundo resquebrajado en el que vivimos. Nos dice que nunca ignoremos el llamado de servir al prójimo: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron”.

Vemos en el evangelio que aquellos que son condenados no son condenados por hacer cosas malas, o por actuar de manera injusta o cruel, sino que son condenados por el bien que no hicieron. Jesús nos dice que no hay forma de evitar el Juicio Divino si hemos evitado involucrarnos en la compasión divina. Decir: “Bueno, nunca lastimé intencionalmente a nadie”, no es suficiente excusa para presentarle al Rey en el día final. En realidad, es una gran pérdida para nosotros, si no hemos actuado con amor y compasión en el servicio a los demás.

No importa qué tan piadosos seamos, no importa cuánto sirvamos a Cristo en los demás, no importa el amor que pretendamos tener, lo que nos lleva a ser verdaderos instrumentos del amor de Cristo en el prójimo, es ver el rostro de Cristo Jesús en cada persona a quien servimos de cualquier manera que tengamos que hacerlo.

Muchas veces pensamos que servir a Cristo no debería ser tan difícil, que no debería ser tan desalentador como a veces lo es. Tampoco, el hecho de que hagamos algo por motivos religiosos no significa que, por sí solo, sea sagrado. Muchas veces a lo que estamos llamados a hacer en el nombre de Jesús, no ocurre en la iglesia, sino en los lugares menos esperados: en una parada de autobús cuando ayudamos a otra persona a subirse, cuando alguien está enojado con nosotros, en una escuela donde escuchamos y confortamos a un adolescente con ansiedad o en una esquina donde ayudamos a alguien que se ha caído porque sufre de adicciones. Esos son momentos caóticos y también son momentos sagrados.

El llamado de Jesús es real, no deberíamos tener excusas para ignorarlo porque es un llamado del alma, es un llamado de discernimiento y de gratitud por la gracia de Dios recibida. Es un llamado a la acción y al servicio. No hay manera secreta ni misteriosa para responderle a Jesús. Si vamos al mundo con apertura de corazón, convicción y propósito cristiano, el rostro de Jesús se nos revelará en el rostro del prójimo. Y más aún, si queremos que Jesús se nos revele en nuestra vida diaria, también podemos pedirle en oración que lo haga. A veces creemos que le pedimos mucho, no obstante, siempre recordemos que Jesús nos escucha, que podemos contar con su guía divina. Jesús nunca se apartará de nosotros y nosotras, su espíritu divino nos inspirará, nos mostrará el camino y alimentará nuestro deseo de dar lo mejor de nosotros y nosotras a toda persona que camine a nuestro lado.

Si a través de las oraciones que le ofrecemos al Señor, no nos llenamos de la esperanza del Reino de Dios frente a lo que sucede a nuestro alrededor, entonces vivimos en la superficie de una realidad que es mucho más profunda. Nos arriesgamos a perder la presencia y la palabra de Jesús que pueden llegar a transformar una tarea mundana en una oportunidad para sentir el gozo de la presencia divina.

Hermanas y hermanos, la historia del evangelio de hoy es más que un llamado a servir. Es más que un llamado a ser buen cristiano o buena cristiana. Nuestro llamado es un llamado a mirar, a percatarnos, a dedicar nuestros días y nuestras vidas a buscar la imagen de Jesús en todo lo que hacemos. Es un llamado, sobre todo, a abrir nuestros corazones y a ver y servir al Cristo Rey que se encuentra justo delante y va al lado de nosotros. Es el llamado del salmista a regocijarnos en el Señor, a servirle con alegría, a alabarle, a darle gracias y a bendecir su nombre porque Él nos hizo y somos suyos, somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan