Sermones que Iluminan

Cuaresma 2 (A) – 2020

March 08, 2020


“Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te voy a mostrar”. Ponerse en marcha, cambiar nuestra forma de vivir, comprometerse en una relación íntima y personal con Dios, puede resultar dulce como miel y agradable a nuestros pensamientos y sentimientos en la medida en que hayamos descubierto, en nuestra vida, el tesoro de la salvación que se nos ofrece en Cristo; pero, a la vez, puede convertirse en un verdadero reto cuando hemos sido tibios en nuestra vida espiritual. La conversión es un ejercicio que requiere disciplina; al igual que el gimnasta novato, el cristiano neófito requiere de grandes esfuerzos para vencerse a sí mismo y lograr destreza en el ejercicio de la oración, la penitencia, la devoción y la práctica de la caridad.

Como hijos de Dios estamos destinados a ser bendición para todos aquellos que entran en contacto con nosotros; el testimonio de amor, comprensión y acogida debe ser para todos los que sufren a causa de la violencia, la injusticia, la discriminación, la pobreza, la enfermedad u otra circunstancia que afecte la vida, la dignidad y la libertad humana. Pero, para ser instrumentos de bendición, debemos, antes que nada, tomar conciencia de lo que somos, de las bendiciones que hemos recibido generosamente del Señor y de la razón por la cual lo hace.

Lo primero que hemos de comprender es que somos hijos de Dios por adopción y esa maravillosa bendición es de un valor incalculable, hace de nosotros sujetos de un amor incondicional e infinito y nos da la seguridad de que nunca estaremos solos ni seremos abandonados a pesar de nuestras limitaciones humanas.

En segundo lugar, debemos entender que si hemos recibido en abundancia -y en efecto así es-, también es mucho lo que tenemos por ofrecer a los demás. Nadie es tan absolutamente pobre interior y exteriormente que no tenga nada para dar a sus semejantes. Dios nos ha dotado de inteligencia, habilidades y capacidades múltiples con las que podemos transformar el mundo y la vida de muchas personas que necesitan de nuestro amor, sin embargo, en muchas ocasiones, los cristianos carecemos de esa conciencia de amados, redimidos y bendecidos. En la medida que descubrimos en nuestras vidas el gran amor de Dios, somos conscientes de lo mucho que tenemos por ofrecer, y lo hacemos con alegría y entusiasmo, por la construcción de un mundo mejor. Sentirnos inferiores por ser mujer, por pertenecer a determinado grupo étnico, por nuestra condición sexual, por llevar en el cuerpo una enfermedad, por ser inmigrante, por haber tenido menos oportunidades de educación o cualquier otra causa, nos hace incapaces de reconocer la multiforme gracia de Dios y no imposibilita comunicar a otros el poder trasformador del Evangelio.

Así las cosas, es necesario saberse bendecido para llevar bendición, es urgente que nos pongamos en marcha por el camino que nos conduce hacia el otro y nos permite un encuentro fraterno para la construcción de ese reino de justicia que nos propone Jesús.   

Un tercer aspecto que debemos tener en cuenta, si queremos ser bendición para otros, es tomar conciencia del porqué Dios ha querido bendecirnos. Nuestra naturaleza humana es frágil, pecaminosa, inconstante, llena de miedo y desconfianza y, a partir de ella, surgen nuestros miedos e inseguridades. ¿Podemos fiarnos de nuestras fuerzas? ¿Está en nosotros la capacidad o la virtud para vivir según la voluntad de Dios? La respuesta con toda certeza es un rotundo no. San Pablo, en la carta a los Romanos, deja clara nuestra incapacidad total de complacer a Dios a través de nuestros propios méritos; es única y exclusivamente por la fe que nos hace justos mediante la gracia. No depende, pues, el resultado de nosotros. Debemos, con toda confianza, sembrar por doquier el mensaje de paz, justicia y reconciliación que el Señor nos encomendó. Muy seguramente encontraremos en nuestro caminar terrenos áridos y pedregosos, pero también habrá tierra fértil, comunidades, quizá pequeñas que den testimonio de lo maravilloso que es Dios y del inmenso amor que nos ha tenido al escogernos para sí, aun cuando no lo merecemos.

Jesús vino a salvarnos, no a condenarnos. Cuando tomamos conciencia del gran amor de Dios que nos ha elegido en Cristo, la esperanza renace y la fuerza se restablece para seguir el camino con alegría y confianza: “«Abraham creyó a Dios, y por eso Dios le tuvo esto en cuenta y lo reconoció como justo.» Ahora bien, si alguno trabaja, el pago no se le da como un regalo sino como algo merecido. En cambio, si alguno cree en Dios, que hace justo al pecador, Dios le tiene en cuenta su fe para reconocerlo como justo, aunque no haya hecho nada que merezca su favor.”

El cumplimento del plan de Dios es realidad inquebrantable ya que es sólo gracia y generosidad a la que respondemos con fe, a partir de un nuevo nacimiento que opera en nosotros en la medida en que le reconocemos y actuamos como redimidos en la concreción de nuestro pacto bautismal. Nacer del agua y del Espíritu demanda de nosotros un estilo de vida que dé cuenta de nuestra elección, ya que el cristiano no obra en justicia para obtener la salvación, sino para dar razón de su redención obrada por la muerte de Cristo en la Cruz.

Nicodemo fue un hombre aparentemente sabio; como buen fariseo era conocedor, predicador y, muy seguramente, practicante asiduo de la ley de Moisés, pero, en su corazón, también es consciente de lo limitado de su conocimiento. Él reconoce en Jesús a un Maestro del que puede aprender, no ya los estrictos formularios de la ley y las prácticas del judaísmo que como fariseo domina con habilidad, sino algo más profundo, que sobrepasa un conocimiento formal colmado de reglas en muchos casos sin sentido, algo novedoso, una Buena Nueva. El reto que Jesús le propone a dicha mente, racional y radical por los legalismos, parece imposible: “nacer de nuevo”, del agua que lava, limpia y purifica; despojarse del pecado para quedar abierto a la Gracia y nacer del Espíritu para llenarse de Dios y convertirse en testimonio, en bendición para este mundo. Los nacidos del agua y del Espíritu debemos ir por doquier anunciando el Evangelio de esperanza a un mundo pecador que necesita encontrarse con su Dios crucificado: “tontería a los que van a la perdición; pero […] poder de Dios para los que vamos a la salvación”.

El Rvdo. Ricardo Antonio Betancur Ortiz, es Presbítero en la Iglesia del Espíritu Santo de la ciudad de Soacha, en la Republica Colombia, donde ha ejercido el ministerio ordenado por los últimos 4 años; ha ejercido la docencia en temas de anglicanismo y estudio del Libro de Oración Común en el Centro de Estudios Teológicos de la Diócesis.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan