Sermones que Iluminan

Cuaresma 2 (B) – 2012

March 05, 2012


Lewis I. Held Jr. en su libro sobre los patrones de formación de las células describe cómo el cuerpo y los órganos de la oruga, después de formar su caparazón, comienzan a desintegrarse para convertirse en una materia viscosa que se parece a una sopa. Según Lewis, dentro de esa pegajosa materia existen unas células que los científicos llaman “células imaginables”. Según ellos, esa estructura molecular tiene como una especie de “imaginación” que les permite formar una nueva estructura por sí misma. Cuando las “células imaginables” se ponen en contacto, un codito genético es activado y comienzan a usar el caparazón para nutrirse, multiplicarse y crecer hasta llegar a formar una mariposa; una bella criatura con alas para volar libremente y migrar; cosas que la oruga ni siquiera hubiese sido capaz de hacer.

Similar a las orugas en su proceso de transformación para convertirse en mariposas, la estación de la cuaresma nos ofrece la oportunidad de un proceso de transformación espiritual mediante el cual Dios activa las “células imaginables” de nuestra fe. La difícil realidad de los tiempos en que vivimos exige de nosotros una transformación interior que nos permita participar en la transformación de un mundo de violencias, egoísmos y sufrimientos, en otro de paz, amor y plena armonía con la voluntad de Dios. Y como en todo proceso de cambio, la mejor manera de empezar es con una auto reflexión personal sobre los cambios que tienen que darse en nuestras vidas. Como Ghandi diría: “Se el cambio que quisieras ver en el mundo”. Crear un mundo compasivo, justo y basado en obras de amor, solo será posible por parte de quienes ya en su vida han tenido la experiencia de lo que es ser compasivos, amorosos y justos. La práctica de estas virtudes, provee una energía contagiosa en el mundo que hace posible otro en sincronización con la voluntad de Dios.

En esta segunda semana de Cuaresma la Iglesia nos invita a que reflexionemos en aquellas cosas que hemos hecho o dejado de hacer que nos alejan de los caminos de Dios. Cuando reflexionamos en el evangelio de hoy, nos damos cuenta de que para ser transformados por el espíritu de Dios muchas veces tenemos que confrontar aquellas formas de ser, de pensar y de actuar en la vida que congelan nuestro crecimiento espiritual y nos impiden ser fieles seguidores de Jesús.

El evangelio de hoy nos alerta de que el camino doloroso hacia la cruz acaba de comenzar. Jesús no solo predice su sufrimiento y muerte, sino que también ilustra cómo nuestras formas humanas de ser, pensar y actuar a veces representan obstáculos que obstruyen nuestra habilidad de seguirle. Es precisamente esta iniciativa de resistencia la que vemos en los discípulos de Jesús, quienes posiblemente tenían la expectativa de un Mesías que con su poder libraría al pueblo del yugo opresor del Imperio Romano. Para ellos, el camino a la victoria según los planes de Jesús, no parecía ser la estrategia adecuada. El amor sacrificial, el camino de entrega y servicio y el llamado a cargar su propia cruz hasta el punto de arriesgar sus vidas, no era exactamente lo que los discípulos parece tenían en mente en términos de esperanza mesiánica.

La reprimenda de Pedro a Jesús refleja la forma de pensar sobre el poder y expectativas de cómo Dios debe intervenir en la historia humana. Pero esta no es una reacción única de los primeros seguidores de Jesús. Esa forma de ser, pensar y actuar la vemos en nosotros cuando queremos que Dios aparte de nosotros los retos, los sufrimientos y las injusticias del mundo, proveyéndonos de atajos y así evitar los sufrimientos en nuestro camino como seguidores de Jesús. Este modo de discipulado muchas veces se convierte en un estilo de discipulado con beneficios. Es decir, nuestro compromiso de seguir a Jesús es ejercido siempre y cuando recibamos ciertos privilegios, digamos cierta inmunidad ante las dificultades que encontramos en la vida. Es un discipulado caracterizado por la expectativa de que Dios haga nuestra voluntad, más que esperar de nosotros el hacer la voluntad de Dios.

Cuando Jesús refuta a Pedro diciéndole que tiene en su mente cosas humanas en vez de divinas, más bien nos está recordando que no son precisamente nuestras formas de ser, pensar y actuar en el mundo las que nos conducen por los caminos de Dios. Basta reflexionar en las guerras llevadas a cabo en los últimos años, para darnos cuenta de que muchas de las acciones que decimos ser motivadas por un afán de justicia en realidad esconden un sentido de venganza y avaricia. Que nuestro silencio ante las injusticias no es un acto de seres que procuran la paz, sino más bien de personas que, directa o indirectamente, nos se convierten en cómplices de las estructuras de opresión. Jesús nos revela su amor incondicional hasta el punto de entregarse en sacrificio por nosotros.

La primera pregunta que yace frente a nosotros, la cual nos invita a reflexionar en esta estación de cuaresma, tiene que ver con el entendimiento de nuestro propio discipulado. ¿Qué significa ser fieles discípulos de Jesús? Frederick Buechner sugiere que después de ser bautizado Jesús pasó cuarenta días en el desierto preguntándose a sí mismo lo que significaba ser el Mesías. La historia que escuchamos hoy, es en gran parte una respuesta a esa pregunta.

Las palabras de Jesús a sus discípulos son una anticipación de lo que se avecina. Es una historia que nos lleva a un mundo de
traición, cobardía y a un mundo de muerte. Quizás, en la historia de hoy, Jesús comenzaba a reorganizar todo su ser, todas sus “células imaginables” para que espiritual y físicamente pudiera perseverar ante el miedo, la tristeza y el sufrimiento y vencer la cruz con el infinito poder del amor.

Cuando celebremos la Semana Santa debemos recordar que no es el sufrimiento lo que la hace santa. Más bien es el amor inmensurable e inexplicable con que Jesús respondió ante tal sufrimiento. A medida que nos comprometemos en nuestro compromiso como seguidores de Jesús quizás una forma de comenzar es recobrando este amor inmenso, por el cual el mismísimo Hijo de Dios se entregó a la muerte en la cruz. Sepan que ese mismo amor permanece con nosotros hoy en día. Sepan que el amor de Dios siempre atraviesa los valles de tinieblas y sufrimientos para llegar a nosotros y recrear y reorganizar nuestras vidas en momentos de desolación y desesperanza.

Dios desintegra nuestros caparazones y nos ayuda a encontrar nuestras propias “células imaginables” y así reorganizar nuestras vidas y desarrollar aquellos dones que queremos ofrecer a Dios y al mundo. El amor de Dios en nosotros es la energía “mucosa”, la principal “célula imaginable” mediante la cual Dios une nuestros pensamientos y acciones, y nuestros corazones con nuestras mentes, para convertirnos en nuevas criaturas transformadas por el amor de Dios.

Esta transformación renueva nuestras almas y nos lleva más allá de placeres egoístas; más allá de formas imperfectas de amar y buscar la justicia y para que, desde el punto de vista de personas llamadas a ser discípulas del Señor, podamos ver cómo el engaño, la violencia y la explotación ponen en marcha una energía de destrucción en el mundo. Y para que también podamos ver cómo la compasión, la generosidad y la reconciliación son actos que liberan nuestras energías interiores para vivir en abundancia, nutridos por el amor de Dios y transformándonos en fieles discípulos de Jesús. Que Dios nos ayude en este peregrinaje cuaresmal a reactivar nuestro compromiso de seguir a Jesús para que al recibir una nueva vida, podamos ser, pensar y actuar en una forma que jamás hubiésemos imaginado capaces de hacerlo.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan