Sermones que Iluminan

Cuaresma 2 (B) – 28 de febrero de 2021

February 27, 2022

LCR: Génesis 17:1-7, 15-16; Salmo 22:23-31 (22:22–30 LOC); Romanos 4:13-25; San Marcos 8:31-38

Seguimos avanzando en nuestro camino cuaresmal hacia la Pascua y, con base en las lecturas que acabamos de escuchar, nos pueden surgir preguntas como: ¿por qué fue necesario el martirio de Jesús para ser salvos? ¿No podríamos serlo sin más, sin la necesidad de una muerte tan terrible? La respuesta no es fácil; sin embargo, podríamos comenzar a dar unas puntadas hacia ella mientras seguimos caminando hacia la Semana Santa.

Si echamos una mirada a los ritmos de la naturaleza y la creación nos damos cuenta de que las maravillas de la vida pasan primero por signos de muerte: sin noche no hay amanecer, sin crisálida no hay mariposa, sin la muerte de la semilla no hay árbol ni fruto; igual pasa con las dinámicas de la vida humana, un constante morir para vivir, caer para levantarse, embarrarse para limpiarse, fallar para aprender. ¿Cómo valorar la luz, la mariposa, la fruta sin permitir que pase la noche, la crisálida, la semilla? Entonces, el primer paso es comprender que sólo llegamos a la resurrección pasando por la muerte, a la vida atravesando la cruz.

Esto es lo que le costaba entender a los discípulos cuando Jesús les enseñaba, según el evangelio de Marcos: “que el Hijo del hombre tendría que sufrir mucho, y que sería rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley”. Ellos no podían comprender cómo era posible que a un hombre tan bueno le pudieran pasar cosas tan terribles, ¡cómo podía ser que el mismísimo Dios-Hombre tuviese que pasar por tal humillación! Pero también nos pasa a nosotros cuando llega la prueba, el dolor, la agonía, la mala racha, la enfermedad, la crisis económica, la soledad, el rechazo, la crítica… nos podríamos preguntar: ¿por qué a mí si soy tan bueno? ¡no merezco esto!

Y es, ante esta tentación, cuando debemos responder con Jesús: “¡Apártate de mí, Satanás! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres”. Y es que Pedro, quien unos versículos antes, había declarado que Jesús era el Mesías, no terminaba de comprender lo que esto implicaba y ahora obraba como “tentador”, como “Satanás”, pidiendo a Jesús que tomara el camino fácil y huyera de su misión. Aunque a veces parezcan incomprensibles, los designios de Dios son perfectos y debemos entender que el Señor ve diferente, y aunque la cruz sea pesada, al final terminaremos dando gloria y alabanza a Dios por lo grande de su Providencia y su gran amor para con nosotros.

Las afirmaciones de Jesús, en el evangelio de hoy, son fuertes y nos atraviesan como espada; nos cuesta comprender verdades como: “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía y por aceptar el evangelio, la salvará”. La vida con sentido ha de ser autodonación que da frutos de vida. Así, volvemos al comienzo: hay que soltar, hay que dejar ir, hay que perder, hay que morir; no olvidemos lo realmente importante por dejarnos deslumbrar de lo menor, por el pequeño placer.

A veces nos pasa como a aquella mujer de la historia, quien siendo muy pobre y con su hijo de brazos, después de mucho implorar por un milagro, encuentra un gran tesoro al interior de una cueva; al entrar escucha una voz: “toma todo lo que quieras porque en cinco minutos las puertas se cerrarán para siempre, pero atención: ¡no olvides lo que es realmente importante!”. La mujer se apresura, pone a su hijo a un lado y comienza a tomar todo lo que más puede; a los cinco minutos sale feliz con los brazos llenos de oro y joyas. Al cerrarse las puertas para siempre, se da cuenta que olvidó traer consigo a su hijo: ¡olvidó lo que era realmente importante! Por querer “salvar” la vida, realmente la perdemos.

En cambio, el que “pierda” la vida por hacer la voluntad de Dios, la salvará. A su avanzada edad, Abraham es testigo de la grandeza de Dios y pudo ver su gloria: “Haré que tus descendientes sean muy numerosos; de ti saldrán reyes y naciones”; pero tuvo que optar, tuvo que decidir y desprenderse; tuvo que creer: dejar tierra, familia, estabilidades, seguridad y caminar hacia lo desconocido abrazado sólo de la fe en Dios. Y, esa fe, le logró la realización de las promesas, la realización de la alianza que nos llega hasta hoy, porque creyó.

Así como el domingo pasado recordamos la alianza de Dios con la Creación, una alianza de vida tras la muerte desatada por el diluvio, hoy recordamos la alianza de Dios con un pueblo: “La alianza que hago contigo, y que haré con todos tus descendientes en el futuro, es que yo seré siempre tu Dios y el Dios de ellos”. Pero su realización supone la respuesta humana de fe. Por eso hoy debemos tomar la cruz: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame”.

Poner en el centro a Cristo, hacerlo con fe, asumir la cruz de cada día, cargarla, caminar con ella, amarla sin dejarnos tentar ni dudar de Dios, sabiendo que al final del desierto, la oscuridad, la muerte, vendrá la vida, la luz, la resurrección, es creer que Cristo ya venció toda muerte y eso nos da la esperanza de que, en nosotros los bautizados y muertos con él, también habrá victoria.

El Rvdo. Dr. Richard Acosta Rodríguez es presbítero en la Misión San Benito, en la Diócesis de Colombia, presidente del Comité Permanente y Registrador diocesano; es docente universitario e investigador en el campo de la Ecoteología bíblica. Ha escrito varios libros y es formador en el Centro de Estudios Teológicos de la Diócesis y editor de Sermones Que Iluminan en español.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan