Sermones que Iluminan

Cuaresma 3 (B) – 7 de marzo de 2021

March 07, 2021

LCR: Éxodo 20:1–17; Salmo 19; 1 Corintios 1:18–25. San Juan 2:13–22

La purificación del Templo, que es el nombre con el que se conoce el texto que se nos presenta para este tercer domingo de Cuaresma, tiene tal relevancia en el ministerio de Jesús que aparece no sólo en el evangelio de Juan, sino en los otros tres, a los que llamamos sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Sin embargo, el evangelio de Juan es el único que ubica este episodio al principio del ministerio de Jesús y no al final.

Algunos eruditos bíblicos creen que la ubicación que Juan le da a este texto, en su evangelio, es totalmente teológica. La pregunta entonces sería ¿cuál es la verdad teológica que Juan quiere demostrar al poner la purificación del templo justo después del primer milagro de Jesús, al inicio de su ministerio? La respuesta está directamente asociada con el énfasis que marca el evangelio de Juan de principio a fin: la identidad de Jesús. La prioridad de Juan es mostrar al mundo entero que Jesús es el Mesías, el Verbo hecho carne; que a través de Él somos restaurados, renovados, salvos.

El templo era para los judíos el lugar de adoración. Era, en toda su majestuosidad, el símbolo de la presencia de Dios. Pero en él se habían permitido prácticas que no necesariamente representaban la gracia y el amor Dios. Jesús, en un acto profético de indignación, echa fuera del templo a los cambistas y vendedores, y lo hace con un látigo, volteando sus mesas. Ante tal revuelta, la respuesta de los judíos es la de preguntar sobre la autoridad con la que Jesús hace estas cosas. “¿Qué prueba nos das de tu autoridad para hacer esto?”.

La respuesta de Jesús deja a todos, incluido los discípulos, en total estupefacción: “Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo.” El propio texto, en los siguientes versículos, explica con toda claridad que el templo, al que Jesús se refería, era su propio cuerpo. Cosa que los discípulos no comprenderían hasta después de la resurrección. Juan pone en claro, desde el inicio de su evangelio, que la presencia de Dios, el nuevo centro de adoración, el canal de la gracia, no es más el templo de piedra sino Jesús mismo, en la carne. Es Jesús, quien verdaderamente purifica, restaura, y salva.

La iglesia, esta institución cristiana, con sus lugares de enseñanza y sus ministerios, siempre corre el riesgo de perder su razón de ser si se convierte en el centro de la adoración, en vez de apuntar a Jesús como la roca de la salvación. Es tentador usar este texto como un incentivo para criticar, con la misma fuerza, celo y pasión profética con la que Jesús arremetió contra el templo, todas las instituciones corruptas y las injusticias sociales que se sufren alrededor del planeta. Y, de hecho, no sería la primera vez que este texto se emplearía en este sentido, sobre todo, porque las injusticias son muchas y porque a todos nos gusta sentirnos jueces y redentores.

Si quisiéramos ponernos en el lugar de Jesús, tomar el látigo y comenzar a voltear lo que está mal, la lista de motivos sería muy larga. No se debe negar el deber de la iglesia de alzar su voz, de denunciar el mal y de ejercer su celo por el reino de Dios y por el bien común. Sin embargo, si hacemos honor a la verdad, lo que ocurre casi siempre, cuando leemos este texto, es que nos identificamos más con Jesús que con los mercaderes y con los cambistas. Nos imaginamos a nosotros con el látigo en la mano purificando y no como los que necesitan ser purificados ¿Cómo interpretaríamos este texto si nos identificáramos más con los cambistas que con Jesús?

La voz profética, la denuncia del mal y el celo por el Evangelio son tan importantes como el autoexamen y la humildad para reconocer nuestras propias faltas, las de nuestras instituciones y la fragilidad humana de perder el horizonte. Eso es lo que faltó a los cambistas y nos puede pasar a nosotros también. Por eso, es importante ir todavía un paso más hacia lo profundo, a lo personal, y mirarnos a nosotros mismos. Necesitamos buscar la purificación de nuestra propia vida, de nuestro propio espíritu y, desde ahí, hacer las preguntas más auténticas: ¿Qué parte de mí ha perdido el rumbo, el sentido, la razón de ser? ¿Qué es eso en mi vida que necesita ser purificado?

Cada domingo, el rito de la Santa Comunión comienza con lo que llamamos la Colecta por la Purificación: “Dios omnipotente, para quien todos los corazones están manifiestos, todos los deseos son conocidos y ningún secreto se halla encubierto: Purifica los pensamientos de nuestros corazones por la inspiración de tu Santo Espíritu…” No es por gusto que nuestra celebración litúrgica comienza pidiendo por nuestra propia purificación, y no es por la Cuaresma, sino cada vez que nos disponemos a entrar en la presencia de Jesús para partir de pan.

La estación de Cuaresma es una invitación a mirarnos por dentro, a purificarnos. Hoy, tercer domingo de cuaresma, esta oración está en perfecta sintonía con el llamado que Jesús nos hace a la pureza de corazón y a la renovación de nuestras vidas. Pensar en nuestra necesidad constante de renovación, asumir nuestro quebrantamiento, es reconocer la autoridad de Jesús para sanar, purificar y restaurar. No se trata de lacerarnos sino de ser abiertamente honestos con Dios y con nosotros mismos.

Asumir, como iglesia y como individuos, nuestra vulnerabilidad, flaquezas y la facilidad con la que podemos perder el horizonte, requiere de mucho esfuerzo, pero abre nuestra vida a la sanación que sólo Jesús puede ofrecer y que Juan, es su evangelio, proclama desde el inicio. Reconocer en Jesús la fuente de nuestra salvación es la mejor forma de comprender el mensaje del Evangelio; pero, para eso, debemos reconocer primero nuestra necesidad constante de ser salvos. Nuestros templos, iglesias, familias, relaciones interpersonales pueden ser destruidas por nuestra arrogancia, por el pecado que nos seduce a “sostener el látigo” y creernos redentores, sabiendo que sólo se requiere de un corazón arrepentido que espera en Jesús su salvación.

Cristo Jesús es el único templo indestructible, perfecto y santo, que aun siendo quebrado en la cruz se levantó glorioso de entre los muertos para así reconciliarnos a todos en su abrazo redentor. Confiemos en su poder salvador, en su amor que todo lo purifica y sana: Señor, ayúdanos a mirarnos por dentro, purifica los pensamientos de nuestros corazones por la inspiración de tu Santo Espíritu, para que perfectamente te amemos, y dignamente proclamemos la grandeza de su santo Nombre. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

El Rvdo. Andreis Diaz es Rector Asociado en Christ Episcopal Church, Ponte Vedra Beach, Diócesis de la Florida, desde el 2017. Ordenado en Cuba, en Junio de 2010.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan