Sermones que Iluminan

Cuaresma 4 (B) – 14 de marzo de 2021

March 14, 2021

LCR: Números 21:4-9; Salmo 107:1-3,17-22; Efesios 2:1-10; San Juan 3:14-21

“Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna”.

Esta frase del evangelio recoge la acción más importante realizada por Dios en favor del género humano, materializada en la encarnación y crucifixión de Jesucristo. Estos acontecimientos son indudablemente un acto de amor que se desborda sobre la humanidad caída y muerta en su pecado, la cual sólo podía ser restablecida, por la gracia Divina, en sus relaciones internas y con su Creador.

El problema del mal es su capacidad destructora de las relaciones entre los seres humanos y de éstos con Dios; todos los males que afectan actualmente al mundo tienen su origen en el egoísmo que habita en nosotros. Es esto lo que la doctrina de la iglesia ha identificado durante siglos como el “pecado original” y que podemos reconocer en la lucha interior que damos diariamente frente a la tentación que nos rodea.

Son muchos los pecados que afectan nuestras relaciones: somos orgullosos, envidiosos, ambiciosos, egoístas, infieles e indolentes, entre muchos otros males que habitan en el interior y que nos llevan a cometer actos de injusticia frente a nuestros semejantes. El ser humano afectado por el pecado no tiene en sí mismo la capacidad para vencer el mal que habita en él, necesita de la gracia de Dios que lo acompañe, lo prevenga y lo capacite para vivir en paz y armonía con su Creador, con la naturaleza y con la humanidad.

El camino cuaresmal debe llevarnos a reconocer lo pecadores que somos, a ser honestos con Dios y con nosotros mismos sobre nuestras rebeliones, sobre las veces que hemos renegado contra Él y hemos desconocido su amor por nosotros. La soberbia nos lleva a creer que somos el centro del universo y nos aleja de la única fuente de vida y salvación que está en el Señor. Debemos estar vigilantes para no caer en un activismo desbordado, que busca una justicia y bienestar que no tienen como punto de partida una relación íntima y profunda con Jesús que, a través del Espíritu Santo, alimente nuestra fe.

Dios se encarnó en Cristo y murió por nuestros pecados a fin de salvarnos; es un Dios de amor que nos garantiza que, si creemos en Él y a su Palabra, la luz de su presencia iluminará nuestro caminar aun en las horas más oscuras de la vida. El peor enemigo, que es la muerte por el pecado, ha sido vencido, ya no tiene poder sobre nosotros; hemos sido revestidos de la luz y por eso ni aún la muerte física puede destruir la fe y la confianza del cristiano. La Cruz de Cristo es ese estandarte en el cual podemos encontrar fuerza y esperanza, es símbolo de redención para los heridos por la serpiente del pecado. Así como la serpiente levantada por Moisés en el desierto, en nombre de Dios, sanaba a los mordidos por los reptiles, así la fuerza vital que nos comunica la cruz debe traernos entusiasmo y sanar nuestra vida para comunicar salud al mundo herido.

El camino cuaresmal de este 2021, está enmarcado en un año que en su inicio nos ha presentado grandes retos en lo que a la pandemia se refiere, y aunque hemos avanzado de manera importante en el conocimiento del COVID-19, aún nos queda mucho trabajo para sanar las heridas que nos sigue dejando la enfermedad. Estamos aprendiendo con dolor sobre nuestra fragilidad como especie, por eso debemos reflexionar sobre lo que es realmente valioso: el papel de Dios, la fe, la familia y la iglesia en nuestra vida.

En este cuarto domingo de cuaresma, conocido en la liturgia como Laetare -ya que tiene un componente de alegría por el fin de la penitencia y la proximidad de la Pascua-, debemos preguntarnos si estamos experimentando la cercanía de nuestra salvación, el fin de los tiempos difíciles y la esperanza de una resurrección en medio de los signos de muerte, enfermedad y pobreza. También debemos movilizarnos para aportar lo mejor de nosotros en la superación de todos estos sufrimientos. El camino de la cruz nos muestra que podemos hacer mucho para sanar al mundo herido, tal como Cristo lo hizo a través de su pasión y muerte. La cuaresma está a punto de terminar, pero antes de llegar a la resurrección debemos pasar por la pasión y muerte del Señor. Por eso debemos fortalecernos en la fe si queremos ver la luz y la alegría de la celebración pascual, no sólo en la liturgia, sino en la vida del mundo entero que pasa por una larga penitencia.

Lamentablemente cada vez es más frecuente, en nuestro tiempo, la tendencia a buscar las respuestas en el ser humano, generándose un antropocentrismo, según el cual, podemos mediante una serie de prácticas, superarnos a nosotros mismos sin necesidad de Dios. Es entonces fundamental que los cristianos recuperemos la conciencia sobre la centralidad que debemos darle a Él en nuestra vida, aceptando su amor ilimitado y reconociendo la incapacidad que tenemos para vencer al pecado sin su gracia.

Como el pueblo de Israel, debemos pedir en oración constante que Dios aleje de nosotros las víboras que nos atormentan; Jesús levantado en el madero ha vencido las peores serpientes que son el pecado y la muerte y nos ha abierto las puertas de la vida eterna. Depende de nosotros entrar dando gracias (con el salmista) por nuestra salvación, porque el pecado ya no tiene poder sobre nosotros más allá del que le damos en nuestra ignorancia y lejanía de Dios. Él nos ha rescatado cuando ya estábamos sumergidos en la muerte y nos ha dado nueva vida.

El mal sigue presente en el mundo. Encontramos muchas atmosferas de muerte en nuestra sociedad, familia, trabajo y hasta en nuestras iglesias. Como dice el apóstol Pablo -en la epístola que nos propone la liturgia para este domingo-: “aquel espíritu que domina en el aire” nos hace sentir que estamos en un mundo contaminado por el pecado, pues muchas veces vivimos según nuestros caprichos y nuestra naturaleza inclinada a hacer el mal; ese espíritu nos hace caer en la desesperanza y nos lleva a pensar que no hay remedio para la humanidad.

Cuando vemos la injusticia, el hambre, la violencia, la corrupción, tendríamos que pensar en el castigo que merecemos por nuestra maldad; sin embargo, el amor de Dios desborda todas estas situaciones y nos rescata de los peores escenarios de muerte que podamos imaginar, porque aun siendo tan pecadores Él ha querido salvarnos y darnos un lugar en el cielo, no por nuestros merecimientos o por nuestras buenas obras o por nuestras oraciones, sino porque así quiso hacerlo, por amor. La salvación es un don, nos dice el apóstol; debemos inclinar nuestra cabeza en oración y estar agradecidos porque nos eligió para una vida de fe y nos destinó para la eternidad en su presencia.

El Rvdo. Ricardo Antonio Betancur Ortiz, es Abogado de profesión y Presbítero en la Iglesia del Espíritu Santo de la ciudad de Soacha en la Republica Colombia, donde ha ejercido el ministerio ordenado por los últimos 5 años, ha practicado la docencia en temas de Anglicanismo y estudio del Libro de Oración Común en el Centro de Estudios Teológicos de la Diócesis. Profesó votos monásticos Benedictinos de Obediencia, Estabilidad y Conversión de vida el 16 de octubre de 2020.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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