Sermones que Iluminan

Cuaresma 5 (A) – 2011

April 10, 2011


Después de leer este pasaje del evangelio de san Juan, en el que se nos narra la resurrección de Lázaro uno puede acordarse de las palabras maravillosas del zorro al Principito: “Solo con el corazón se ve correctamente. Lo esencial es invisible a los ojos”.

Entonces, es necesario escuchar y ver con el corazón la enseñanza que se nos regala en esta narración, contada magistralmente por el evangelista.

Imaginémonos que estamos no en este templo sino en el tempo de Dios que s la naturaleza. Estamos en una playa maravillosa de blanca y fina arena, a la que llegan a desvanecerse mansamente, una tras otra, suaves olas del mar. Hay un niño haciendo un hoyo en la arena y echando en él, con una pequeña concha, agua del mar.

Adivinando nuestros pensamientos este niño nos mira y responde a nuestra silenciosa pregunta: “Estoy echando en este huequito el agua del mar”. Nos sonreímos un poco mientras iniciamos nuestra reflexión sobre la resurrección de Lázaro.

Jesús también sonríe y nos dice. “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios?”.

Pues bien, parafraseando al zorro de libro del Principito, podemos decir que solamente con el corazón colmado de fe, esperanza y amor, podemos acercarnos al misterio del Dios que se nos revela en su Hijo Jesucristo.

No pocos judíos y contemporáneos de Jesús no creían en la resurrección, pues consideraban que todo terminaba en la muerte. Más imposible aún les resultaba pensar en la resurrección de una persona fallecida y sepultada hacía ya cuatro días.

Parece que, guardadas las proporciones, las cosas no han cambiado muchos desde entonces hasta nuestros días. Seguramente hoy nadie se atrevería a anunciar, como lo hizo Jesús, que iba a resucitar a su amigo. Si alguien lo hiciera pensaríamos que es un loco o un estafador.

Juan reconstruyó la memora del suceso con lujo de detalles, a finales del siglo primero. Entre otras cosas, necesitaba reforzar la fe de sus comunidades creyentes, que empezaban a percibir que aquello de la segunda venida, al final de los tiempos, no estaba tan a la vuelta de la esquina.

Así mismo quería fortalecer la creencia en la resurrección como una promesa que nos atañe individual y colectivamente en momentos en que comenzaban a surgir diferentes interpretaciones y formulaciones al respecto, no todas ortodoxas.

¡Hoy seguimos, no los mismos, pero sí en las mimas! Por eso, la Iglesia nos propone como tema de reflexión la narración de este milagro.

Jesús ha venido a nuestra casa, después de dos mil años de hacer camino por la historia humana, a levantarnos de nuestras caídas, a sacarnos de la oscuridad de nuestro sepulcro y a decirnos, como a Lázaro: “Sal fuera”.

Está en nosotros escuchar su voz y levantarnos de la inercia de nuestra vida, vivida en la oscuridad sepulcral de nuestra tibieza espiritual, de nuestra indolencia frente al mensaje de amor, de desidia frente a su invitación de cambio de vida.

Para impulsarnos hacia nuestra conversión hemos de entregarnos a su gratuito amor. Hemos de recibirlo y aceptarlo con el corazón, porque lo esencial es invisible a los ojos. Solamente aceptándole profunda e intensamente podemos iniciar y mantener nuestra conversión. Solamente reconociendo nuestra fragilidad y debilidad, desde el fondo de nuestro corazón, desde nuestras entrañas en lo más íntimo de nuestro ser, podemos salir a fuera, librarnos de nuestra mortaja de miserias y caminar hacia el Padre a través de Jesucristo.

Frente al milagro de su amor –que es resurrección-, frente al don de su misterio –que es gracia-, solamente podemos abrirnos sin reservas, incondicionalmente, para que obre en nosotros el milagro de nuestra resurrección. No podemos albergar duda alguna como tuvieron Marta y María, ni esperanzas lejanas y borrosas como ellas.

Este tiempo de cuaresma es el tiempo de nuestra resurrección a una vida nueva. Es nuestro tiempo de preparación para la celebración de nuestra Pascua, cuando hemos de festejar no ya nuestra salida de la esclavitud del pecado, sino la gracia de nuestra resurrección en y por la resurrección de Jesucristo nuestro Señor.

Viendo con los ojos del corazón, con los ojos del alma, en esta perspectiva, podemos sentirnos frente a la infinitud del mar de Dios, calmado y sereno, en la playa de nuestra vida y en la orilla de nuestra eternidad, ingenuos, confiados y seguros, como aquel niño cavando un hoyito en la arena y vaciando en él el agua de nuestra vida.

Zafarnos de nuestras vendas y mortaja es despojarnos de nuestros deseos desordenados, de nuestra ambición para poder caminar iluminados por la luz del mensaje de Jesús. Es jerarquizar desde las “bienaventuranzas” nuestros intereses y estar libres para ser discípulos de Jesús y seguirle.

Después de dos mil años Jesús nos invita a hacer camino con él en nuestro tiempo. Pero, ¿qué es el tiempo? San Agustín, allá por el siglo IV escribió: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé”. A veces uno piensa que el tiempo es el presente, porque el pasado ya fue y el futuro no ha llegado. Su duración es efímera. Como escribió un poeta: “Y se me escapa la vida, ganando velocidad como piedra en su caída”.

Pues bien, es en nuestro presente, en este mismo instante, cuando Jesús quiere realizar el milagro de nuestra resurrección. Ha venido hasta aquí con la misma decisión con la que fue hasta Betania. Quiere resucitarnos venciendo las dudas y resistencias de nuestro entorno como en aquel entonces.

Él ha hecho su parte y la sigue haciendo, tenaz y amorosamente. Nos corresponde a nosotros hacer la nuestra. Abrirnos a su palabra, percibirlo y sentirlo sin reticencia como resucitó a Lázaro a una vida nueva.

Mientras tanto, aquel niño continúa llenando el pequeño hueco de nuestra vida con su gracia, a través del agua del bautismo por la que somos hijos de Dios Padre, por el amor de Jesucristo y bajo la acción del Espíritu Santo.

La playa de nuestra vida es pequeña. El lindero entre el mar de la eternidad y la arena de nuestra vida es tenue, solamente podemos verlo con los ojos del corazón. Percibámoslo y experimentémoslo como nuestra Pascua de resurrección en Jesucristo, el Viviente siempre presente.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan