Sermones que Iluminan

Cuaresma 5 (C) – 3 de abril de 2022

April 03, 2022

LCR: Isaías 43:16–21; Salmo 126; Filipenses 3:4b–14; San Juan 12:1–8

Los expertos bíblicos atribuyen los capítulos cuarenta a cincuenta y cinco, del libro de Isaías, a un Deuteroisaías (segundo Isaías), dando a entender que en la compilación de este libro profético hay más de un autor. Este Deuteroisaías es también un gran profeta; es una de las voces importantes del exilio del pueblo Israelita en Babilonia. Por sus dones literarios y por su gran sensibilidad espiritual es conjugado con las personalidades proféticas que dan voz a la visión escatológica y apocalíptica de la literatura bíblica hebrea. La simbología es materia esencial en estilos proféticos como el de este Isaías, del cual hemos escuchado la primera lectura de este domingo, quinto de Cuaresma. Esa simbología está presente -a veces de forma metafórica- en el pasaje de hoy.

El profeta invita a su audiencia a echar una mirada al pasado, a caminar otra vez -con el recurso de la memoria- el camino que una vez dejaron atrás. Es una invitación a entrar en diálogo con la tradición, no por el uso de imágenes proyectadas, sino por el poder de las palabras y los recuerdos. La idea de la invitación no es para motivar al pueblo a quedarse allí sumergido en el pasado, sino para incentivarlo a reencontrarse nuevamente con la fuerza que lo empujó a dejar atrás las condiciones de ese pasado, empoderando su espíritu y fijando los ojos en el futuro que tiene por delante.

Después de recordarle a los Israelita lo que Dios había hecho por ellos, el profeta les dice “Ya no recuerdes el ayer, no pienses más en cosas del pasado. Yo voy a hacer algo nuevo, y verás que ahora mismo va a aparecer.” Este cambio en la dinámica del discurso profético pone de manifiesto para nosotros uno de los aspectos más característicos del profetismo apocalíptico, nos pone frente a la convicción del profeta de que sólo la acción directa de Dios puede transformar al mundo, y que sólo Dios puede suscitar en el corazón humano la voluntad de ser co-partícipe con Dios en ese proceso de transformación. En otras palabras, nos recuerda que Dios sigue presente, con sus ojos puestos en el mundo que creó y que no ha perdido el control de las cosas.

El profeta Isaías, en el capítulo cuarenta y tres, habla a un pueblo que está marcado por el trauma de la experiencia de dejar por la fuerza su tierra y sus posesiones, por ello apela a su memoria para recordarle el poder liberador de Dios y para mover en ellos la esperanza del pronto regreso para enfrentar la tarea de reconstruir no solamente las estructuras físicas sino las instituciones y la confianza en su porvenir. El pueblo entiende que la intervención de Dios es esencial para lograrlo, que su palabra es garantía de que las cosas van a estar bien para su gente.

Como ocurrió a los Israelitas hace dos mil seiscientos años, cuando las fuerzas del ejército de Babilonia ocuparon sus tierras, hoy millones de hermanas y hermanos en todo el mundo han tenido que abandonar sus hogares, sus tierras, su nación a causa de la guerra y el odio fratricida. Del mismo modo que lo hizo el pueblo judío en su camino al destierro, esos hermanos ucranianos, africanos, palestinos, sirios, centroamericanos, venezolanos… sueñan con volver a sus países para reconstruir sus ciudades o restablecer el ritmo de sus vidas. Por los testimonios de estos hermanos y hermanas nos damos cuenta de que en sus voces Dios está creando algo nuevo, algo que sus enemigos jamás pudieron anticipar. Al igual que los Israelitas, estos pueblos esperan la intervención del Dios de todos. Y ese Dios ha empezado a hablar.

Como resultado de las imágenes y noticias de los desterrados del mundo, grandes oleadas de gritos solidarios se levantan para denunciar. Ese grito solidario halla su respuesta en sanciones, movilizaciones, pronunciamientos, en el arte como un modo de expresión contra el dominio y exterminio de una nación sobre otra. La acción de Dios no se manifiesta necesariamente en la división de las aguas, sino en la respuesta del corazón humano agrandado hasta el tamaño de los continentes.

Hay cosas que son inconcebibles hasta que suceden, y cuando ocurren son un buen indicativo de que necesitamos hacer un replanteo de nuestras concepciones y convicciones; eso incluye aprender a leer los signos de los tiempos y a decodificar con suficiencia el discurso de los gobernantes de las naciones, la conducta humana y las intenciones que se ocultan detrás de las palabras. Es también indicativo de que la indiferencia nunca contribuye a la solución de ningún problema, y que no hacer nada es la más cobarde de las acciones. Nuestro Dios no es sólo el Dios que Es, sino el Dios que Hace y despierta la conciencia solidaria que no puede quedarse callada y pasiva ante lo injusto.

Revisitar el pasado cuando en él hay episodios de los cuales podemos aprender, como navegar el presente, sólo ayuda si de verdad queremos aprender. Cada uno de nosotros tiene colgado, en algún rincón de su pasado, una fórmula efectiva para interpretar el presente y caminar con gracia a través de sus curvas. Dios, a través del profeta, lleva al pueblo de Israel a encontrarse con el Dios de lo imposible y lo inconcebible, el Dios que abrió las aguas para que los Israelitas salieran de la opresión y esclavitud de Egipto. Es en ese encuentro que Dios espera que su pueblo redescubra las fuerzas necesarias para reconstruirse. Hoy también Dios está trabajando en algo nuevo para el futuro de los migrantes y el futuro del mundo.

Nuestro Dios es el Dios presente, solidario y justo. A él elevemos nuestros ruegos para que camine al lado de todos los que tienen que emigrar por la violencia y la persecución, al lado de todos los refugiados y los que buscan asilo en tierras diferentes a las suyas, y para que les provea con almas generosas y manos solidarias que les alivie en el pesar y tristeza que infligen el destierro forzado.

El Rvdo. Simón Bautista es canónigo misionero para la Iglesia Catedral de Cristo, en Houston, Texas.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan