Sermones que Iluminan

Día de Acción de Gracias (B) – 2015

November 27, 2015


Celebramos hoy el día de Acción de Gracias. Este es un día de gran especialidad para toda la nación americana, porque nos recuerda los inicios humildes de los primeros peregrinos o inmigrantes llegados a estas tierras. Por eso, tenemos motivos suficientes para decir gracias, compartir en familias y con familias, y celebrar por todo lo recibido.

A nivel litúrgico, aunque no hay una celebración litúrgica directamente separada para esta ocasión, el evangelio de (Lucas 17:11-19), nos presenta un hecho de curación por medio de Jesús de profunda compasión, que puede ayudarnos grandemente en la meditación de este día.

Lucas presenta a Jesús siempre en camino y hace énfasis en dos de sus grandes valores la compasión y la generosidad. Así lo expresa: “Camino de Jerusalén, cuando iban a entrar a un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros” (Lucas 17:11-13).

Jesús es en el evangelio de san Lucas el caminante que no pasa de largo de los que sufren o lloran o están malheridos por la desgracia. Jesús ejerce de “buen samaritano”, (Lucas 10:25), está atento con sus cinco sentidos para ver y oír el lamento de la humanidad.

Una palabra suya, un gesto, una caricia sana y cambia la suerte especialmente de los que se encuentran mal. Por esto Dios ha venido y vivido entre nosotros, porque vio y oyó la súplica de aquéllos que se perdían. Desde entonces Dios mismo se pasea por nuestras calles y barrios, llora y sufre, carga sobre sí a los moribundos y abandonados y cuida de ellos.

No hay lugar para la predicación sabia sobre la caridad. Unos hablamos, otros hacen. Simplemente nos toca amar y poner nuestra fe en Dios sabiendo que es padre y nos lleva a prestar nuestra ayuda, nuestras manos y corazón, para atender a sus hijos olvidados y excluidos.

La compasión de Dios, que es amar, le movió a venir con Jesús de Nazaret para contarnos que no nos abandona nunca. La compasión de Jesús fue apasionadamente total hasta morir rebosante de amor, abrazado a nuestra naturaleza, abrazando todo lo que destruye y mata.

Jesús nos abrió una potente luz de esperanza que ya no se puede apagar. Desde entonces brilla la bienaventuranza para los que se compadecen de verdad. Así nos presenta Jesús un mandato que a la vez es orientador de nuestra vida y revelador de cómo es Dios, diciéndonos: “Sean ustedes compasivos, como también su Padre es compasivo” (Lucas 6:36).

Celebramos el día de Acción de Gracias y la enseñanza del evangelio adopta en parte la forma narrativa de un relato de curación. Sin embargo, no es la curación en sí misma lo verdaderamente relevante, sino la situación posterior, determinada por la vuelta de uno de los diez curados.

Así lo expresa san Lucas: “Unos de ellos, al verse limpio, regresó alabando a Dios a grandes voces, y se arrodilló delante de Jesús, inclinándose hasta al suelo para darle gracias. Este era un samaritano” (Lucas 17:15-16).

Aquí está el dato relevante. A los ojos judíos un samaritano era extranjero por no pertenecer a la casa de Israel y, por consiguiente, por no ser miembro de derecho del pueblo de Dios. San Lucas nos deja ver a las claras por donde va la lección del texto. El samaritano interpreta la curación como gracia, mientras que los miembros de ese pueblo lo interpretan como derecho, por esta razón se consideraban dueños y no se sentían motivados a dar las gracias.

Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?: los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Y le dijo: levántate, vete: tu fe te ha salvado” (Lucas: 17; 19.)

Jesús reivindica la fe del extranjero y nos enseña que debemos ser agradecidos. Seamos miembros por derecho o no del pueblo donde residimos. La salvación es don y no un derecho. La salvación es acontecimiento de gracia y no exigencia de derecho. Sólo aceptando el don acontece la salvación.

Jesús ejerce la compasión y nosotros debemos ser agradecidos. Creer en Dios no basta, hay que hacer las obras que él hace, hay que ser buenos no solo parecerlo. Jesús no se arrepiente de haber curado a todos y cada uno de los leprosos, porque para eso ha venido para comunicar vida. Pero se queja con razón de nuestra relación interesada e impersonal.

Solo uno de los leprosos vino corriendo a Jesús admirado y agradecido. Este gesto no tiene desperdicio de detalles. Porque de eso se trata, de cuidar la relación con detalle. Esto agrada al Padre, que nos dejemos conquistar el corazón, que seamos hijos agradecidos, que cantemos sus maravillas en estas nuevas tierras, que nos sintamos contentos al vernos tan queridos.

Que trabajemos alegres por el reino dando gloria a Dios, reconociendo cuánta vida hemos recibido y cómo todos nos vemos obligados a compartirlo. Obligados por la deuda de amor contraído. Dar agradeciendo, trabajar correspondiendo, entregar nuestro tiempo y nuestra vida sin más paga que la dicha de vivir abierto a la voluntad de Dios.

Agradecer es propio del que ha sabido recibir con amor. Jesús no le reclamó a los protagonistas, se limitó a preguntar ante el único que había vuelto: “¿Dónde están los otros nueve?” (Lucas 17:17). Esta es una pregunta que Cristo pudo haber hecho en muchas ocasiones y concretamente en el momento culminante de su vida, el de la muerte en la cruz.

Allí, en el Calvario, no estaban las multitudes que le seguían con fervor y a las que había alimentado milagrosamente, ni los que se esforzaban por descender por los techos a sus enfermos, ni los que le pedían luz para sus ojos y vía libre para sus oídos, ni los que arrojaron sus camillas en la piscina de Siloé, ni siquiera los que volvieron a la vida después de haberla perdido.

Allí no había nadie. Solo unos pocos y atemorizados discípulos que no comprendían nada de lo que estaba sucediendo y se hundían en la catástrofe del momento, a las tradicionales palabras, que recordamos como pronunciadas en la cruz podrían añadirse ésta que hoy dice: ¿Dónde están los demás…?

Todos habían desaparecido, se habían perdido en la cobardía, la inhibición o la simple indiferencia .Pero a él no le importaba porque por encima de esa condición humana, nada grata, estaba su profundo deseo de estar a nuestro lado para hacernos renacer diariamente y esperar, pacientemente, que en algún momento lúcido le digamos ¡gracias! Y nos sintamos movidos por la curiosidad de conocerlo a fondo.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan