Sermones que Iluminan

Día de la Ascensión (B) – 2012

May 18, 2012


La Iglesia nos presenta esta fiesta guiada por algunas lecturas que aparecen en el Nuevo Testamento. Se trata, por otra parte, de un acontecimiento, que si es de difícil constatación histórica, sí se trata de una consecuencia lógica. Es decir, si el Hijo de Dios había descendido a esta tierra para cumplir una misión, era lógico que en un momento dado tendría que regresar al Padre.

Los evangelistas se dan cuenta de esta realidad y la escenifican lo mejor que pueden. En la primera lectura de hoy Lucas nos ofrece un pequeño resumen de la vida de Jesús. Nos dice que en su primer libro, es decir, en el evangelio, narró lo que Jesús hizo y enseñó durante los años que vivió en Palestina, y que después de su muerte y Jesús se apareció a los discípulos durante cuarenta días dándoles pruebas de que estaba vivo.

Los apóstoles todavía estaban aturdidos, no sabían cómo iba a terminar toda aquella aventura. Así que preguntan a Jesús, “¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” (Hechos 1:6). Jesús no responde directamente a esa pregunta porque asegura que es un secreto del Padre. Lo único que les promete es que recibirán la fuerza del Espíritu Santo para ser testigos de Jesús en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo (Hechos 1: 8).

Lucas ofrece la escenificación de un hecho que no se puede comprobar: el regreso de Jesús al Padre. Cuándo y cómo sucedió no lo sabemos, pero Lucas es el único autor del Nuevo Testamento que se atreve a describirlo. Mientras Jesús daba las últimas instrucciones a los apóstoles, unos personajes vestidos de blanco les reprochan: “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que les ha sido quitado y elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir” (Hecho 1:11). Y una nube lo cubrió mientras ascendía.

Ahora bien, ¿hemos de aceptar literalmente la escenificación que nos ofrece san Lucas? No necesariamente. Hubiera sido suficiente con decir: “Regresó al Padre”. Pero en una cultura en la que existía una concepción cosmológica diferente a la nuestra resultaba también natural el decir que “subió al cielo”, expresión, que por otra parte todavía usamos con frecuencia aún cuando no sabemos dónde está el cielo que equivale a la vida eterna.

El cielo de la vida eterna no se encuentra en una extensión espacial, sino que se trata de un vivir totalmente diferente al actual. Si tuviéramos que quedarnos con algún elemento de la descripción de Lucas podríamos escoger la expresión de que una “nube se lo quitó de la vista”. Es decir, la “nube” que cubre nuestra existencia terrenal. Cuando esa nueve desaparezca de nuestra vista nos encontraremos en el cielo, en la vida eterna.

Todo ser humano ha de caminar un camino parecido al de Jesús. Nos encontramos en esta vida de paso, con una misión que cumplir, y un día iremos a nuestro destino definitivo.

Según eso podríamos formularnos algunas preguntas: ¿Cumplimos o implementamos la misión que tenemos que cumplir? ¿Nos preparamos para el viaje a la eternidad?

En primer lugar, ¿cuál es nuestra misión? Hay personas que tienen clara su misión. De alguna manera, o han recibido ayuda de lo alto, o han visto con claridad que tenían una misión específica que cumplir y a ella dedican toda su vida hasta morir por ella, si es necesario. Podríamos recordar aquí a infinidad de santos, profetas, científicos, héroes; parece como que todos ellos hubieran tenido clarividencia de lo que tenían que cumplir. Y a esa empresa consagraron su vida y por ella la entregaron.

Luego se da la inmensa mayoría de los mortales que no tiene conciencia clara de una misión específica. Sin embargo, será conveniente recordar a todo el mundo que el vivir con dignidad,  respeto y amor hacia los demás ya es una misión noble y digna y que todo ser humano debe cumplir. En otras palabras hemos de asumir nuestro cotidiano vivir como la misión más digna a llevar a cabo. Si así lo hacemos daremos gloria a nuestro creador, parecido a como se comportan el resto de criaturas que no pertenecen al reino racional.

En segundo término, si sabemos que caminamos hacia un más allá, la gran pregunta consiste, ¿por qué no nos preparamos para ese destino futuro?

Aquí en la tierra, cuando hemos decidido ir de viaje a un país remoto nos preparamos durante mucho tiempo. Pensamos bien en todos los detalles, compramos todo lo necesario para el viaje, incluidos los boletos y esperamos con ansiedad a que llegue el día esperado.

Vivimos en esta vida transitoriamente. Sabemos que nuestro destino definitivo no se encuentra aquí, así pues, sería conveniente que nos preparáramos para ese viaje definitivo. Sin embargo, con mucha frecuencia nos olvidamos de esa realidad tan cierta como profunda. Vivimos absorbidos por las cosas. Casi no pensamos en el más allá. Solamente cuando algún ser querido muere reflexionamos un poco, y en seguida nos olvidamos. Y aún en esos momentos, lloramos más la partida del ser querido que celebramos la alegría de que se haya ido al cielo a gozar.

Si tuviéramos una fe profunda, en medio del dolor de esa partida del ser amado, estaríamos alegres porque ya ha logrado el gozo definitivo y esperado. Ya está en el cielo. Ha superado este vivir terreno.

Si tenemos una fe profunda en la verdad contenida en el mensaje de hoy, no solamente nos prepararemos para ese viaje definitivo sino que trataremos de convencer a todo el mundo de algo tan hermoso. Cuando regresamos de un viaje de turismo se lo contamos a todo el mundo, y les animamos a que vayan a ver cosas tan preciosas. Lo mismo debemos hacer nosotros que tenemos fe viva de que existe un más allá donde Jesús nos ha precedido con su partida.

Así, en definitiva, la fiesta de hoy nos pide que vivamos en esperanza, que vivamos en expectativa, que vivamos atentos, y que compartamos la alegría de este mensaje con todo el mundo.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan