Sermones que Iluminan

Día de la Ascensión (C) – 2010

May 13, 2010

Leccionario Dominical, Año C
Preparado por el Rvdo. Gary Cox 

Hechos 1:1-11; Salmo 47 ó Salmo 93; Efesios 1:15-23; Lucas 24:44-53

A nadie le gustan las despedidas. Despedirse de una persona, de una comunidad o de un lugar suele ser emocional y espiritualmente difícil, aún cuando la despedida sea necesaria para poder ir a otro lugar mejor. Despedirse es duro a pesar de que sea una experiencia humana universal. Por estas fechas, por ejemplo, muchos jóvenes se gradúan de sus estudios y, en muchos casos, no volverán a ver a la mayoría de sus maestros o compañeros de clase. La graduación es una ocasión alegre y merece ser celebrada, pero a la vez encierra elementos de tristeza al dejar a personas y una vida, a las cuales uno se había acostumbrado. De la misma manera, dejar un trabajo frecuentemente implica emociones variadas. Aunque sea para jubilarse, para cambiarse a otro trabajo mejor o por otra razón positiva uno siempre dejará recuerdos y colegas en el trabajo anterior. Asimismo, todos los inmigrantes, como también los refugiados y misioneros, saben qué es dejar a la familia, al pueblo y al país. Y aunque esperen regresar a su patria o encontrar a seres queridos en la tierra adonde van, la verdad es que sólo Dios sabe si se volverán a ver en esta vida o no. Además, todos los seres humanos llegan a experimentar la despedida más triste de todas: la muerte de un ser querido. Aún cuando el difunto y sus seres queridos sean cristianos y crean en la resurrección de la vida eterna con Cristo, los que permanecen en esta tierra quedan acongojados.

Los primeros discípulos también tuvieron que sentir tales sentimientos, cuando un día como hoy, Jesús se despidió de ellos. ¡Qué emociones tan contrastantes tuvieron que experimentar! No hacía tanto tiempo que habían conocido a Jesús de Nazaret. Atraídos e inspirados por su persona y sus enseñanzas, muchos llegaron a creer que este Jesús era el Mesías, el Siervo Ungido de Dios prometido a Israel. Pero después pareció todo lo contrario. Les habló de que iba a sufrir bajo el poder de las autoridades. Así sucedió: fue interrogado, condenado, torturado y matado bajo la pena de muerte del Imperio Romano. Pero tres días después de haber sido enterrado, ¡Jesús estaba vivo otra vez! Tal como se narra en el evangelio de hoy, les explicó a sus seguidores que así se debían cumplir las escrituras y ahora él les iba a enviar a una misión universal como testigos de su muerte y resurrección. Sin embargo, hoy—cuarenta días después de su resurrección—subió al cielo. Después de estar con ellos, no estar con ellos y otra vez estar con ellos, ahora se fue.

Con razón escuchamos hoy en la lectura de los Hechos de los Apóstoles que después de que Jesús ascendiera al cielo, los discípulos se quedaron mirando hacia arriba, donde Jesús había desaparecido entre las nubes. San Lucas, considerado el autor de Hechos, nos cuenta: “Dos hombres vestidos de blanco se aparecieron junto a ellos y les dijeron: Galileos, ¿por qué se han quedado mirando al cielo? Este mismo Jesús que estuvo entre ustedes y que ha sido llevado al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse allá” (Hch 1:10-11).

Durante dos mil años, y especialmente en estos últimos cuarenta días, la Iglesia ha estado proclamando que Cristo ha resucitado. Cristo murió en la cruz por los pecados de toda la humanidad, pero al resucitar venció la muerte y abrió la puerta de la vida eterna. Por lo tanto, la muerte no es el final de la historia. Tampoco hoy es el final de la historia. Aunque Jesús en su presencia física dejó esta tierra el día de la Ascensión, no dejó abandonados a sus discípulos. Cristo mismo prometió que sus seguidores recibirían el Consolador, el Espíritu Santo, que les revestiría de poder y les guiaría a toda verdad cuando Jesucristo mismo ya no estuviera con ellos. En diez días celebraremos esa gran fiesta de Pentecostés cuando los discípulos recibieron ese Espíritu y comenzaron una nueva etapa que cambió el mundo para siempre.

Mientras tanto, celebramos la Ascensión. Nos sentimos tristes porque el período más alegre de todo el año litúrgico está terminando. Comprendemos el estado de ánimo de los discípulos ante la despedida de su maestro y Señor. Recordamos nuestras propias experiencias de despedida. A la vez tenemos esperanza. Creemos en la promesa de Jesucristo y en el Espíritu Santo. Sabemos que hay un futuro para nosotros y para la Iglesia aunque todavía no vemos claramente cuál sea.
 
Nuestra experiencia nos conecta con la que tuvieron los discípulos en el momento de la despedida de Jesús. En medio de su confusión y emociones variadas, Dios les comunicó, mediante sus mensajeros, que no se quedaran mirando al cielo. El evangelio de Lucas nos dice que después de la Ascensión los discípulos estaban continuamente en el templo alabando a Dios (Lc 24:53).

Así que hoy, y en cualquier momento en que hay una despedida o una transición difícil, los cristianos tenemos que recordar la Ascensión de nuestro Señor. Hay transiciones difíciles y tristes en esta vida; son parte de la experiencia humana. Durante y después de esas transiciones es normal tener recuerdos de experiencias pasadas, de emociones fuertes y variadas, y dudas sobre el futuro. Pero la respuesta después de una despedida para alguien que es seguidor de Jesucristo no debe ser quedarse mirando al cielo. Al contrario, la respuesta debe ser dar gracias a Dios por las experiencias pasadas con la persona, la comunidad o el lugar del cual uno se despide. La respuesta es seguir firme en la oración y en el culto. La respuesta es estar dispuesto a recibir el poder y la guía del Espíritu Santo para la próxima etapa del ministerio o de la vida. Sobre todo, la respuesta es seguir creyendo y proclamando lo que la Iglesia siempre ha afirmado:

Cristo ha muerto.
Cristo ha resucitado.
Cristo volverá.


— El Rvdo. Gary Cox es vicario de la Iglesia Episcopal Santa Teresa de Ávila en Chicago.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan