Sermones que Iluminan

Día de Pentecostés (B) – 2012

May 28, 2012


Dios nos ama y bendice.

En el día de Pentecostés celebramos el descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Jesús, antes de su regreso al Padre, hace una promesa a sus discípulos: “No los voy a dejar solos”. Jesús hizo esta promesa a sus seguidores y la cumple en el día 50 o quincuagésimo desde el día de su resurrección. De aquí es de donde proviene la palabra Pentecostés, que significa cincuenta días. Así pues, Jesús cumple su promesa con la venida del Espíritu Santo el cual es también llamado el “Defensor”, el “Intercesor”, el “Consolador”, el “Espíritu de verdad”. Los discípulos no se quedaron solos, y el día de hoy nosotros no estamos solos, porque la promesa que Jesús hizo se cumplió y se sigue cumpliendo.

Sin embargo, la frase de Jesús “no los voy a dejar solos” también tiene una segunda implicación. Esta fue una manera de decir: “Yo ya hice mi parte, ahora les toca a ustedes hacer la suya”. Con esto podemos decir que la llegada del Espíritu Santo marca el inicio de la actividad de la Iglesia; en otras palabras, hoy celebramos el nacimiento de la iglesia, por decirlo así. Hasta este momento los seguidores de Jesús vivían escondidos, temerosos, acobardados; pero en el día de Pentecostés abren las puertas del lugar donde se encontraban y comienzan a compartir con todos las buenas noticias del Reino de Dios que recibieron mediante Jesús. Cuando los discípulos se abrieron al Espíritu, vivieron una transformación radical que les permite no solamente expresar las buenas nuevas de Dios en Cristo, sino también hacerlo de forma tal que todos les podían entender.

Este hecho, se contrapone a la historia bíblica de la torre de Babel narrada en el Libro del Génesis, capitulo 11. Esta nos dice que los seres humanos hablaban un idioma y decidieron cocer ladrillos para construir una ciudad y una torre que alcanzase el cielo. De esta forma se volverían famosos y no se dispersarían. Sin embargo, Dios, conociendo las intenciones del espíritu humano, decide confundir su lengua y, no entendiéndose, todos ellos se dispersan sobre la superficie de la tierra. Pentecostés es exactamente lo opuesto a este evento: lo que ya es diverso en forma de hablar, se convierte en un idioma; lo que es una tentación de querer ser como un dios, se convierte en una experiencia humilde que reconoce el poder de Dios; lo que un día por su intrepidez humana fue humillado, hoy se convierte en redención y certeza de que toda fortaleza proviene de Dios. Desde este momento se puede vivir y proclamar con la seguridad de que Dios está con nosotros y que Dios nos ama y Dios nos bendice.

Con esto, bien podemos decir que la festividad de Pentecostés – que también se le conoce como la celebración del Espíritu Santo – es la celebración más importante después de la fiesta de la Pascua y la Navidad. El Espíritu Santo, la santidad misma de Dios que permanece con y en nosotros, es el nombre propio de la tercera Persona de la Santísima Trinidad, a quien adoramos y glorificamos, junto con el Padre y el Hijo.

Al Espíritu Santo se le representa de diferentes formas, la más usual es la paloma. Los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, coinciden cuando describen el bautismo de Jesús diciendo con palabras similares a estas: “… entonces bajó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y se oyó una voz del cielo que dijo: Tú eres mi hijo querido, mi predilecto”. En todos estos casos el Espíritu Santo aparece en forma de paloma y se posa sobre Jesús.

Otro elemento que representa al Espíritu Santo es el aceite sagrado, en forma de fortaleza espiritual recibida del Espíritu Santo. Se usa durante el bautismo – el Santo Crisma – y con él se consagra al bautizado como “propiedad de Cristo para siempre”. Otro aceite sagrado es el que se usa durante la unción de los enfermos y simboliza la fuerza sanadora de Dios. El aceite se usa como sello que marca la presencia de Dios en la persona que lo recibe.

Otro símbolo muy usado del Espíritu Santo es el fuego y simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu – este símbolo lo encontramos en la primera lectura de Hechos de los Apóstoles que escuchamos hoy: “Aparecieron lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos”. El fuego es también fuente de luz en momentos de obscuridad. Sea el fuego como fuente de energía o de luz, ambos representan también sabiduría divina que ilumina y mueve nuestro espíritu humano en dirección a Dios.

Como bien decíamos hace un momento, la presencia del Espíritu Santo nos garantiza la promesa de Cristo de que Dios está con nosotros, y que nos ama y nos bendice. Efectivamente, el Espíritu Santo es la certeza espiritual de la presencia de Dios en nosotros. Existe un cántico o poema en latín – muy antiguo y profundo, y se le conoce como “Veni Sancte Spiritus”. El poema data de alrededor del año 1000 y no se sabe exactamente quién lo escribió. Sin embargo, es una narrativa poética muy rica. Ahora, les invito a que cierren sus ojos y escuchen lo que este poema dice, lo leeré de una manera muy pausada:

Ven, Espíritu Santo, manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre,
don, en tus dones espléndidos,
luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma al espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

Muy lindo, ¿verdad?

Finalmente, me gustaría terminar mencionando los siete dones que el Espíritu Santo regala al cristiano para que pueda perseverar en la vida. Son disposiciones permanentes que convierten el impulso humano en algo dócil para cumplir la voluntad de Dios. Estos dones son: temor de Dios, fortaleza, sabiduría, inteligencia, consejo, oración y piedad. Veamos brevemente lo que cada uno representa:

TEMOR DE DIOS: no significa tenerle miedo a Dios, es más bien decir que Dios ocupa el lugar más importante en mi vida. Es apartarse del mal con docilidad y someterse a la bondad de Dios. En otras palabras, es respetar a Dios,

FORTALEZA: nos ayuda a vencer el miedo y vivir con fe. La fortaleza nos provee confianza en la superación de las grandes dificultades de la vida y nos ayuda a no caer en las tentaciones.

SABIDURÍA: nos permite entender, experimentar y saborear las cosas, para poder juzgarlas rectamente. Ayuda a pensar bien y a entender con fe las cosas del mundo.

INTELIGENCIA: es el acto de pensar y el fundamento para el buen uso de nuestra libertad. Nos ayuda a entender el por qué de las cosas que manda Dios.

CONSEJO: permite vislumbrar rectamente lo que se debe hacer en una circunstancia determinada. Somos guías y ayuda los unos para con los otros.

ORACIÓN: es el don de la comunicación con Dios.

PIEDAD: es un regalo de Dios para ayudar a amar a Dios como Padre y a todos los seres humanos como mi familia.

La presencia del Espíritu Santo nos garantiza la promesa de que Dios está con nosotros, nos bendice y nos ama.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan