Sermones que Iluminan

Día de Pentecostés (B) – 23 de mayo de 2021

May 23, 2021

LCR: Hechos 2:1-21; Salmo 104: 25-35, 37; Romanos 8:22-27; San Juan 15:26-27.16:4b-15.

¡Feliz domingo de Pentecostés!

Hoy, veintitrés de mayo, último domingo de Pascua, la Iglesia celebra la unción, el derramamiento del Espíritu Santo sobre el movimiento de Jesús. Desde el día de Pascua hasta hoy, hemos venido escuchando en las lecturas dominicales cómo los primeros seguidores de Jesús reaccionaron a la resurrección. Por los últimos cincuenta días hemos venido escuchando el testimonio de los discípulos, los primeros receptores del mensaje de la esperanza de la resurrección.

Si escuchamos con atención, podremos recordar que no todos los discípulos reaccionaron a la Pascua del mismo modo. María, es incapaz de reconocer al Señor y lo confunde con el jardinero, no es hasta cuando Jesús la llama por su nombre que María reconoce a su Señor: “Jesús entonces le dijo: ¡María! Ella se volvió y le dijo en hebreo: ¡Rabuni! (que quiere decir, “Maestro”).  Por su parte Tomás, quien no estaba presente en la primera aparición de Jesús al grupo, se niega a creer, y no es hasta cuando el Señor se le aparece y lo invita a meter su dedo en las llagas que Tomás acepta la resurrección: “entonces exclamó: ¡Mi Señor y mi Dios!”. Finalmente, el capítulo 21 del Evangelio de Juan, nos cuenta que al principio los apóstoles no le reconocieron, aun cuando ésta fue la tercera aparición del resucitado a los discípulos. La noticia de la Pascua del Señor es tan buena, que apenas la podían creer.

Por eso, podemos ver en el testimonio de las Escrituras, que los cincuenta días de pascua están cargados de revelación; en esos días los discípulos han descubierto, aceptado y abrazado el mensaje de la esperanza indestructible de la resurrección.

Cincuenta días después de la Pascua todos han tenido sus experiencias con el Jesús resucitado y se encuentran reunidos nuevamente en un mismo lugar. Pero esta vez, nos cuenta el libro de los Hechos, ocurre algo extraordinario: de repente todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas según el Espíritu les concedía expresarse, de tal forma que judíos, procedentes de todas las naciones que habían venido a Jerusalén para celebrar la fiesta de Pentecostés, podían entender lo que decían en su propio idioma. Es casi imposible desentrañar el misterio que se vivió aquel día glorioso de Pentecostés. El propio Pedro siente la necesidad de explicar a la multitud que no están borrachos y trata de dar sentido al explicar que, lo que ha ocurrido, es el cumplimiento de la profecía anunciada por el profeta Joel.

En nuestros tiempos, cuando se interpreta lo ocurrido en el Pentecostés, una de las cosas más comunes que escuchamos decir es que ese día la Iglesia, a través de la unción del Espíritu Santo, fue empoderada, habilitada, para llevar adelante la obra redentora de Jesús y proclamar el mensaje de la resurrección al mundo entero. Esta afirmación, aunque anclada en la realidad, necesita ser explicada constantemente. El poder que la Iglesia, el movimiento apostólico de Jesús, recibió ese día, radica únicamente en el amor de Dios, demostrado y revelado a cada uno de nosotros en Cristo Jesús. Es poder para comprender, sanar, perdonar. No es poder en el sentido en que los seres humanos usualmente interpretamos o ejercemos el poder, como herramienta para dominar, subyugar, seducir, y conquistar; es poder para amar como Jesús nos enseñó.

La unción del Espíritu Santo, el día de Pentecostés, fue el derramamiento abundante del espíritu del amor de Cristo Jesús sobre la comunidad de creyentes de un modo extraordinario. Pero el espíritu derramado en el Pentecostés no es un espíritu nuevo, es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, el espíritu del resucitado, el mismo Espíritu que se movía sobre la faz de las aguas desde la creación del cielo y de la tierra. Es el mismo espíritu que nos es dado en el bautismo, y con el que somos ungidos en la confirmación. Ese espíritu de amor ha sido una constante, desde la creación del mundo, es el espíritu de vida que Dios puso en el ser humano cuando lo creó, cuando sopló sobre su nariz aliento de vida; y está con nosotros, con la comunidad de creyentes, minuto a minuto de nuestra existencia.

Erróneamente la gente piensa que el Espíritu de Dios es algo que viene y se va, que a veces tenemos la posibilidad de experimentar en un momento especifico, como ocurrió aquella mañana de Pentecostés. Pero no es así. El Espíritu Santo, que se derramó sobre la comunidad de creyentes en ese día, es una constante, y aunque no siempre lo experimentemos del mismo modo o con la misma intensidad, siempre está presente en nuestras vidas; todo depende de cuánto estemos -o no- dispuestos a abrirnos al Espíritu de Dios. Como la comunidad apostólica, no todos respondemos igual ante la presencia de Dios, ni a todos se nos revela de la misma manera. La forma en la que abrazamos el amor de Dios va a determinar, como una llave que se abre o se cierra, la magnitud en la que experimentamos ese Espíritu Santo que está siempre ahí, como una fuerza latente en nuestras vidas.

Cuando seguimos la guía del Espíritu de Dios nos convertimos en esa persona que Dios quiere que seamos. Eso a veces puede causar mucho miedo, especialmente cuando estamos felices o nos sentimos seguros con quienes somos y no queremos que él reorganice nuestra existencia. Cuando dejamos que el Espíritu actúe, cuando abrimos la llave del corazón a la magnitud plena de espíritu que está ahí en nuestras vidas, cosas ocurren; cuando nos abrazamos a la fuerza del espíritu de amor que nos ha sido dado, somos capaces de lograr mucho más de lo que algunas veces soñamos o imaginamos posible.

Si los discípulos, primeros receptores del mensaje de amor de la resurrección, no hubieran permitido que Espíritu de Dios cambiara su existencia, no habrían podido llevar el mensaje al mundo entero; Pedro habría muerto como un simple pescador, Mateo como un cobrador de impuestos, y la Magdalena como una mujer más a la que Jesús sanó.

El Espíritu de Dios está aquí, en nuestras vidas hoy, tan real como en la vida de los primeros discípulos; sólo tenemos que activarlo, dejarlo que irrumpa con su fuerza en nuestra vida. Si dejamos al espíritu dormir en nosotros, si no lo dejamos alterar nuestras vidas, entrar y soplar con fuerza, no sabremos nunca lo mucho que somos capaces de alcanzar.

El potencial que Dios ha puesto en cada uno de nosotros alcanza para más de lo que sospechamos. En el Espíritu de Dios, que quiere ser fuerza viva y activa en nuestra vida, hay poder para amar, perdonar, transformar, sanar y anunciar el mensaje de la resurrección. Porque Dios nos ama tanto que no quiere que nos conformemos con el modo en el que amamos, perdonamos, sanamos, crecemos, proclamamos.

La invitación en este domingo de Pentecostés es a abrirnos a la gracia de Dios que habita en nosotros y puede hacer todas las cosas nuevas. Ahora que la estación de Pascua he terminado, es momento para andar con más fuerza, de reconocernos reanimados y avivados en el poder de la resurrección; es momento de decir como Tomás: “¡mi señor y mi Dios!”; es momento de hablar el idioma del amor, de explotar nuestro potencial, de querer y amar mejor, de vibrar en un mismo espíritu: el Espíritu Santo.

¡Feliz Pentecostés!

El Rvdo. Andreis Díaz es Rector Asociado en Christ Episcopal Church, Ponte Vedra. Diócesis de la Florida, desde el 2017.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan