Sermones que Iluminan

Domingo de la Trinidad (B) – 2015

June 01, 2015


Hermanos y hermanas: a lo largo de los anteriores domingos estuvimos viviendo el tiempo pascual que concluyó hace ocho días con la solemnidad de Pentecostés, el don del Espíritu a la Comunidad. Hoy, la liturgia está dedicada a la Trinidad como para recoger todo lo celebrado y vivido, no sólo durante el tiempo pascual, sino en todo lo que va corrido del Año Litúrgico en torno al misterio de Cristo y proyectarnos hacia el resto del año, iluminados por la presencia de Dios que para nosotros se manifiesta en esa triple dimensión, creadora (el Padre), salvadora (el Hijo) y santificadora (el Espíritu Santo).

En la colecta de hoy oramos diciendo: “Dios omnipotente y eterno, que por la confesión de una fe verdadera nos diste a tus siervos la gracia de reconocer la gloria de la Trinidad eterna, y de adorar la Unidad en el poder de tu divina Majestad: consérvanos firmes en esta fe y adoración, y llévanos al fin a contemplarte en tu sola y eterna gloria; tú que vives y reinas, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén” (LOC, 143); y ratificamos más todavía nuestra fe trinitaria cuando decimos en el prefacio: … “Porque con tu Hijo y Espíritu Santo coeternos, eres un solo Dios, un solo Señor, en Trinidad de Personas y en Unidad de Naturaleza; y celebramos la única e igual gloria que tienes tú, oh Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo” (LOC, 303).

Con esta ambientación, pues, abordemos con espíritu de fe las lecturas de este día. En primer lugar, es importante subrayar que todas, resaltan el papel fundamental de cada una de las tres personas de la Trinidad, lo que podemos llamar las “misiones” de cada una.

En primer lugar, la primera lectura nos presenta al Dios, según la experiencia mística de Isaías, como un gran Señor, sentado sobre un trono, alto y excelso, rodeado de serafines que continuamente lo alaban y adoran cantando Santo, Santo, Santo el Señor Todopoderoso… La presencia de Dios, siempre manteniéndonos en la experiencia de Isaías, llena el templo y se visibiliza en el humo del incienso y en el tremar de todo el recinto.

Hay un momento en el cual Isaías “ve” a Dios y su temor y admiración no son por haber “visto” a Dios, sino por haber quedado con vida. Existía el concepto de que quien viera a Dios, moría instantáneamente. Isaías, sin embargo, no sólo sigue vivo, sino que en medio de esta experiencia así tremenda, siente el llamado de Dios; no de una forma directa; de hecho Dios no llama a Isaías, sino expone la necesidad de enviar a alguien a anunciar su Palabra al pueblo: “¿A quién enviaré? Y ¿quién irá de parte nuestra”? e Isaías se ofrece voluntario para ir a esa misión: “Aquí estoy, Señor, envíame a mí” (Isaías 6:8).

Isaías, como el resto de creyentes del Antiguo Testamento, representa el concepto o la idea de un Dios terrible; él es Todopoderoso, es señor, está por encima de todo, pero es terrible y fuerte, su presencia o, mejor aún, su cercanía, puede resultar peligrosa para el ser humano, por eso hay que evitar todo posible acercamiento a ese Dios. Por supuesto que esta forma de ver a Dios revela una etapa bastante tardía en el pensamiento religioso de Israel. Es decir, cuando se pasó de la intuición de un Dios cercano, amable y tierno, a la idea de ese Dios lejano, solemne, “intocable”; en fin, un Dios que manda y hay que obedecerle.

No así en Jesús. La gran novedad de la experiencia religiosa de Jesús es la de concebir a Dios como un padre. Esto le atrajo problemas y enfrentamientos con las autoridades religiosas de su tiempo quienes consideraron que era un blasfemo por llamar “abbá”, “padre”, a Dios; sin embargo, es esta precisamente la vía por la cual Jesús “recupera” la auténtica imagen de Dios para dejársela a sus seguidores.

En Jesús, Dios vuelve a ser lo que siempre fue: el Padre bondadoso, tierno, maternal, cercano y sensible respecto a la realidad de sus hijos e hijas. Ese es el Dios en que nosotros tenemos que creer, él es Padre y Madre al mismo tiempo y en su corazón cabemos todos; no puede ser ni cierto, ni legítimo, ni justo, cuando la religión intenta, como lo ha hecho a través del tiempo, establecer brechas y barreras entre Dios y sus hijos e hijas. Nuestro Dios es amor, bondad y misericordia; y sobre todo, el Dios que nos revela Jesús es tan humano y tan cercano a nosotros; no podemos por tanto permitir que nos lo disfracen de otro modo.

Y bien, Jesús como hijo, como segunda persona de la Trinidad, es quien nos revela la parte tan humana y tan cercana de Dios que se ha hecho carne para establecer su morada entre nosotros. En el fondo, eso es lo que nos quiere decir el evangelista Juan en su prólogo al Evangelio que acabamos de escuchar.

Podemos decir que todo el ministerio de Jesús, toda su obra se orienta a desarrollar las obras de Dios entre los suyos; pero sobre todo a recuperar a Dios para el pueblo y al pueblo para Dios. Cumple así Jesús una función liberadora, pero además, salvadora. Aunque el concepto sobre el cual más se enfatiza es que Jesús nos ha salvado del pecado, en el fondo la salvación que ha obrado Jesús es la de continuar sujetos a un dios creado por la injusticia de un sistema que hace creer una cosa cuando en realidad le interesa otra; es decir, hace ver bueno lo que es dañino y dañino lo que es bueno.

Esa era la realidad religiosa del tiempo en que vive y cumple su tarea el Hijo de Dios. La gente creía en un Dios impuesto por la clase religiosa que les había hecho creer que así era Dios, exigente, intransigente, huraño, legalista… y a ese dios, la gente tenía que rendirle honor y gloria. Sin querer, el pueblo adoraba a un dios falso, no porque el pueblo lo hubiera inventado, sino porque los intereses de la clase político-religiosa necesitaba que las cosas funcionaran así.

Antes de pensar en una salvación diferida para el día de la muerte, pensemos, entonces, en esa salvación mucho más simple e inmediata que es volver a tener a nuestro lado la presencia tierna y amorosa de Dios, ¿no es eso motivo de gozo y alegría para cualquier creyente? Demos gracias a Jesús porque ha cumplido fielmente con su misión como hijo acercándonos de nuevo al Padre y acercándonos a todos entre sí como hermanos y hermanas.

Y en todo esto, está siempre presente el Espíritu. Él es el motor que hace que se dé esa dinamicidad interna en la comunidad Trinitaria, pero interviene también en la incorporación de la humanidad a esa comunidad. En la mentalidad de Pablo, el Espíritu desempeña muchas funciones, pero en primerísimo lugar, el papel más grande que desempeña el Espíritu es permitirnos exclamar ‘Abbá, Padre’. Eso quiere decir, que si el Espíritu inunda cada corazón, nuestra respuesta es solidarizarnos con todos los que llevan ese Espíritu en su corazón y así vivir como verdaderos hermanos y hermanas.

Superamos así, esa fe intimista que nos aísla del resto de creyentes. Si ante todo, la Trinidad es una comunidad de amor que se proyecta en la humanidad y en el mundo, nuestra fe en esa Trinidad tiene que proyectarse también al medio, al entorno en que vivimos para que otros experimenten y vivan con alegría esa gran experiencia del amor de Dios manifestado de una manera trinitaria.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan