Sermones que Iluminan

Domingo de la Trinidad (B) – 30 de mayo de 2021

May 30, 2021

LCR: Isaías 6:1–8; Salmo 29 o Cántico 6; Romanos 8:12–17; San Juan 3:1–17

En la comedia mexicana “Águila o sol”, Cantinflas interpreta el papel de Polito, un jovencito huérfano que se ve obligado a ganarse la vida haciendo trabajos muy humildes. En el momento culminante de la película, Don Hipólito, un hombre adinerado, descubre tres lunares que Cantinflas lleva en el pecho. En ese momento se da cuenta de que ése es el hijo que una época de extrema pobreza él se había visto obligado a abandonar. “¡Soy tu padre, hijo de mi alma!”, dice Don Hipólito, mientras le da a Cantinflas un abrazo lleno de emoción y de alegría.

Saber quién es nuestro padre y quién es nuestra madre es parte importante de nuestra identidad. Nuestros padres explican mucho de lo que somos: nuestros rasgos físicos, el color de nuestra piel, la manera de hablar y hasta el modo de ser. Nos reconocemos en nuestros padres, y ellos se reconocen en nosotros.

Dos de las escrituras que leímos hoy nos invitan a nacer de nuevo, no como hijos de un padre y una madre terrenal, sino como hijas e hijos de Dios. Muchos estudiosos de la Biblia vinculan este renacer espiritual con el sacramento del bautismo. En el bautismo renacemos del agua y del espíritu. Pero la verdad es que muchos de nosotros fuimos bautizados cuando éramos bebés, en una ceremonia que no recordamos. Sólo cuando crecemos entendemos bien qué significa ser hijo de nuestros padres terrenales (por ejemplo, cuando están viejitos y tenemos que cuidarlos); de manera similar, sólo cuando maduramos espiritualmente empezamos a entender cabalmente qué significa ser hija o hijo de Dios.

En la carta a los Romanos, capítulo 8, versículo 14, el apóstol Pablo nos dice que todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos e hijas de Dios. O sea: es nuestra forma de pensar y de actuar la que determina nuestra filiación. Cuando nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios -que a veces llamamos el Espíritu Santo-, entonces Dios nos hace hijas e hijos suyos. ¿Y cómo será ese “dejarse guiar” por el Espíritu Santo? Eso lo aprendemos en la lectura del evangelio de Juan, que incluye uno de los relatos más famosos de toda la Biblia: el relato de un hombre importante, un gobernante de los judíos llamado Nicodemo, quien viene a Jesús de noche.

Nicodemo ya creía en Jesús, porque había visto las señas que realizaba. Pero había algo más que, tal vez, todavía no había descubierto: una realidad espiritual que Jesús llamaba “el reino de Dios”. Algunos, a veces piensan que Jesús dice que a menos que nazcamos de nuevo, no podemos entrar en el reino de Dios, pero eso no es lo que Jesús le dice a Nicodemo. ¡Jesús le dice que, si no nacemos de nuevo, no podemos ver el reino de Dios! El reino de Dios que aquí se describe no parece ser un reino futuro. Jesús parece estar diciéndole a Nicodemo: “El reino de Dios ya está aquí, entre ustedes; pero su presencia es invisible y sólo lo puedes ver con tus ojos espirituales”.

Tal vez podríamos comparar nuestra vida a un vuelo nocturno sobre la cordillera de los Andes. Para aviones sin radar, ese es un vuelo muy peligroso, porque podría acabar estrellándose contra una montaña. En la oscuridad de la noche, el radar nos permite ver realidades que están a nuestro alrededor, pero que parecen invisibles: las cumbres de las montañas, los volcanes y los valles.

De la misma manera que el radar guía los aviones, el Espíritu de Dios puede guiar nuestro trayecto espiritual, o sea, el camino de nuestra vida. Con esa guía, haremos nuestro recorrido consciente de las realidades espirituales que nos rodean. Por ejemplo, sabremos que el propósito de la vida no es aprovecharse del prójimo, sino ayudarlo; sabremos que a Dios no le importa si somos pobres o ricos, sino que seamos humildes y generosos; sabremos que en lugar de burlarnos de los que son diferentes, debemos mostrar respeto por la dignidad de todo ser humano, incluyendo a los que piensan distinto de nosotros, a los que van a otra iglesia, a los que votaron por otro candidato.

Dejarnos guiar por el Espíritu significa que ya no vivimos vidas de rencillas y egoísmos, sino que nos esforzamos por la paz, el perdón y el amor. Cuando nos dejamos guiar por ese Espíritu, no dejamos de vivir en el reino de los hombres, sin embargo, todo es distinto, porque estamos siguiendo un camino nuevo que Dios nos hace sentir en el corazón.

Podemos pesar que emprender ese camino nuevo es un acto de conversión que ocurre una sola vez, pero la verdad es que emprender ese camino nuevo es una tarea cotidiana: debe realizarse día tras día, cada vez que elegimos seguir a Dios. Cuando realizamos un acto inspirado por el amor, Dios confirma que somos hijas e hijos suyos; cada vez que dejamos de lado el rencor, esa paternidad se reafirma; cada vez que actuamos con integridad y ayudamos al necesitado, se ratifica nuestra filiación divina. Y algo similar ocurre cuando nos reunimos en la iglesia para alabar a Dios: cuando participamos de la Eucaristía, renovamos nuestro pacto bautismal; durante el Padrenuestro, cuando decimos “Padre nuestro que estás en el cielo,” reafirmamos esa paternidad y volvemos a nacer como hijas e hijos de Dios.

En la película “Águila o sol”, Don Hipólito reconoce a su hijo por tres lunares que el personaje de Cantinflas lleva en el pecho. Dios nos reconoce por una marca que llevamos en el corazón; en lugar de tres lunares, se trata de la marca de la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. El Espíritu de Dios nos susurra en el oído y en el corazón, y nos dice lo mismo que Don Hipólito le dice a Cantinflas en la película: “¡Soy tu padre, hijo de mi alma!”.

¿Podemos sentir el abrazo de nuestro Padre celestial? ¿Qué cosas podríamos hacer esta semana para estar más cerca de Dios?

Hugo Olaiz es editor asociado de recursos latinos/hispanos para Forward Movement, una agencia de la Iglesia Episcopal.

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Editor, Sermones que Iluminan