Sermones que Iluminan

Domingo de la Trinidad (C) – 2010

May 30, 2010

Leccionario Dominical, Año C
Preparado por Luis González

Proverbios 8:1-4; 22-31; Salmo 8; Romanos 5:1-5; Juan 16:12-15

Durante el año litúrgico usamos las lecturas para reflejar los actos de Dios, o lo que Dios espera de nosotros, o de lo tanto que nos ama Dios. Hoy día la celebración es única, y celebramos la Santa Trinidad – celebramos lo que es el misterio de Dios. ¿Cómo se puede describir la Trinidad? ¿Qué dice nuestra fe? ¿Qué creemos? ¿Qué dice nuestro corazón?

Para comenzar nuestra reflexión, podemos encontrar una descripción de la Santa Trinidad en los antiguos documentos de la iglesia. Escrito en el cuarto siglo, el Credo de San Atanasio se atribuye a Atanasio, un gran teólogo y Obispo de Alejandría en Egipto quien murió en el año 373. El credo ahora se conoce como el Credo de San Atanasio, y nos ofrece una descripción teológica y técnica de la Trinidad. El texto de este credo se encuentra en el Libro de Oración Común, en la página 758. Escrito originalmente en latín, contiene la declaración de nuestra fe: “que adoramos un solo Dios en Trinidad, y Trinidad en Unidad, sin confundir las Personas, ni dividir la Substancia.”  En otras palabras, Atanasio nos explica que Dios es tres divinas personas – Dios es Padre, y Dios es Hijo, y Dios es Espíritu Santo.  Además y simultáneamente, estas tres divinas personas son distintas – el Padre es distinto al Hijo, el Hijo es distinto al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo es distinto al Padre. Aunque divinas personas distintas, es un Solo Dios. En dos páginas, Atanasio nos ofrece una teología que consideramos especialmente este Día de la Trinidad y que podríamos considerar a lo largo de nuestras vidas.

Podemos aprender mucho de estos discursos teológicos de la Trinidad, pero también debemos considerar que actualmente la Trinidad es central en nuestras vidas como cristianos. Comenzando con nuestro Bautismo, recibimos la oración, “te bautizo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.” Así de importante es la Trinidad en nuestra fe – la Trinidad nos unge para iniciar nuestra vida cristiana. Y desde entonces tenemos presente a la Trinidad todos los días y nos bendice todos los días – quizás para comenzar nuestro día, quizás para terminar nuestro día, y también en esas ocasiones que nos sentimos necesitados. Cada vez que hacemos la señal de la cruz y nos persignamos en “el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo” nos rodea la Trinidad y está presente con nosotros.

También en una forma más profunda y por la gracia de la Trinidad, sabemos que Dios siempre está con nosotros. Dios nos rodea, y la Trinidad nos ayuda a comprender este acto de fe. Tenemos a Dios Padre por encima de nosotros y al Padre le suplicamos por nuestras necesidades. Cuando miramos hacia arriba y oramos al “Señor Dios,” lo hacemos esperando que por su amor paterno el Señor pueda atender nuestras súplicas.  Además tenemos a Dios Hijo junto a nosotros. Cuando pensamos en Dios quien conoce lo que es el sufrimiento humano, pensamos en Dios Hijo. Fue el Hijo de Dios quien nos enseño a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y nos dio la esperanza de la vida eterna. Así entonces tenemos a Dios Padre que nos cuida por encima de nosotros y a Dios Hijo nuestro salvador y nuestro ejemplo de cómo vivir. Y, finalmente, también tenemos al Espíritu Santo, de quien está escrito en Romanos 5:5: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” Es decir, con el Espíritu Santo podemos sentir la gracia, el poder, y el amor de Dios por dentro de nosotros.

Esta promesa de un Espíritu Santo santificador es la misma promesa que Jesús les dejo a los discípulos en el evangelio de hoy. Jesús se despide de ellos reafirmando la Trinidad. “Cuando venga el Espíritu de la verdad,” Jesús les dice a sus discípulos, “él los guiará a toda verdad…” Además, Jesús les dice, “Él mostrará mi gloria, porque recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes. Todo lo que el Padre tiene, es mío también; por eso dije que el Espíritu recibirá de lo que es mío y se lo dará a conocer a ustedes.” Esta es la promesa de Jesús a sus discípulos. Esta es la promesa de Jesús para nosotros. Por la gracia del Espíritu Santo recibiremos la verdad de Dios. Hay que abrir nuestros corazones para recibir el Espíritu Santo que es Dios y el santificador de los fieles. Él nos dará a conocer a Dios Padre, el creador del cielo y la tierra, y nos dará a conocer el Dios Hijo, nuestro salvador y redentor del mundo. Cuando proclamamos nuestra fe – “que adoramos un solo Dios en Trinidad, y Trinidad en Unidad” – proclamamos nuestro amor singular a Dios Padre, a Dios Hijo, y a Dios Espíritu Santo.

Oremos: Dios todopoderoso, Padre celestial, te damos gracias por este testimonio, y te rogamos nos mantengas firmes en su verdad; por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos.

Amén.

— Luis González es miembro del Consejo Diocesano de la Diócesis de San Diego y Pastor Laico en la Catedral de San Pablo (St. Paul’s Cathedral), en San Diego, California.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan