Sermones que Iluminan

Epifanía 1 (A) – 2020

January 12, 2020


“Ahora entiendo que de veras Dios no hace diferencia entre una persona y otra, sino que en cualquier nación acepta a los que lo reverencian y hacen lo bueno”.

En los Hechos de los Apóstoles, Pedro, todavía impactado y conmovido por los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección de Cristo y por el evento de la venida del Espíritu Santo, hace esta afirmación que debemos recordar en nuestra práctica cristiana. Y es que Dios no hace diferencia entre unos y otros, la diferencia la hacemos nosotros, ciegos e incapaces de ver que en el misterio de la encarnación Dios se igualó, en la persona de su Hijo, en todo al ser humano, menos en el pecado. Dios quiso traer un poco de balance a un mundo ya marcado por la desigualdad. Lo hizo naciendo en el seno de una familia pobre, lejos de su hogar natural, en el silencio de la noche, rodeado de animales en la soledad de un establo. Y a los pobres, a los marginados de la tierra, les dio el privilegio de ser los primeros en ver lo divino hecho carne, lo trascendente accesible al ojo y tacto. El misterio desvelado en el rostro de Jesús recién nacido es Dios que vino para establecer su morada como uno de nosotros.

Es así como Dios abrió los ojos de Pedro. No únicamente para reconocer a Jesús resucitado y descifrar su mensaje, sino para ampliar su entendimiento acerca del alcance de su salvación. Pedro ya puede ver que Dios no es uno exclusivo de los judíos, sino que la abundancia de su amor y la acción redentora de Jesús tienen una dimensión universal, que afecta a todo el ser humano en todos los lugares y épocas sin distinción de ningún tipo. Que el mensaje de Pedro tuvo resonancia en las comunidades cristianas de los primeros años, lo podemos evidenciar en una cantidad considerable de textos del Nuevo Testamento en los cuales los escritores ponen especial énfasis en la práctica radical de la hospitalidad, el compartir generoso, el trato afable a toda persona y la igualdad que, ante los ojos de Dios, tenemos todos los seres humanos. Uno de esos énfasis lo hallamos en la carta de Pablo a los Efesios: “Por eso ustedes ya no son extranjeros, ya no están fuera de su tierra, sino que ahora comparten con el pueblo santo los mismos derechos, y son miembros de la familia de Dios.”

Todo parece indicar que Pedro y Pablo encontraron en las comunidades cristianas de su tiempo el contexto perfecto para llenar de contenido y dar forma a las palabras del Maestro: “ama a tu prójimo como a ti mismo”, “Hagan ustedes con los demás como quieren que los demás hagan con ustedes”. Cuando aspiramos, perseguimos y luchamos por un trato justo e igual, estamos tratando de materializar el sueño de Dios al crearnos y la obra de Cristo al redimirnos. Ésa es la epifanía que está experimentando Pedro cuando dice “ahora entiendo que de veras Dios no hace diferencia entre una persona y otra.”

¿Qué ha pasado con el ser humano? ¿Por qué hemos perdido el respeto por la vida ajena hasta el punto de explotar a los demás y llegar a hacer de ellos esclavos de nuestras propias apetencias y ambiciones? ¿Por qué hemos creado tantas categorías y estatus de diferenciación entre nosotros que no sirven más que para dividir?

Cuando la civilización cristiana llegó al continente americano, también lo hizo la esclavitud que despojó de la libertad y dignidad a los nativos de estas tierras. A los primeros misioneros les tomó mucho tiempo encontrar el camino y el valor de reclamar, para los indígenas y los negros traídos de África, el trato digno y el respeto debido como legítimos destinatarios de las palabras de Jesús: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Pero ¿quién puede tener vida en abundancia sometido a esclavitud y alienado de sus derechos básicos? pues como afirma Pablo: “Cristo nos dio libertad para que seamos libres”. Tal vez, el problema fundamental de muchos de nuestros misioneros coloniales fue de interpretación, miedo o ceguera, o simplemente aprendieron a convivir en su statu quo, acomodándose a un evangelio de medio camino. A nosotros, cristianos de esta época, puede pasarnos lo mismo si nos conformamos solo con la práctica de nuestras devociones y no nos interesamos por entender y enfrentar, desde la fe, las causas que crean la desigualdad social que consume a nuestros pueblos y los mantiene en un estado permanente de éxodo masivo.

La buena noticia es que Dios nunca ha abandonado a los pobres y marginados, ni ha dejado de llamar a personas sensibles de la tragedia humana para llevarles un mensaje de esperanza. Encontramos muchos ejemplos de ese tipo de intervención divina, no sólo en las historias bíblicas, sino en las comunidades de fe esparcidas por el mundo entero.

Como los Israelitas, a quienes Dios envió profetas para que fortalecieran al pueblo durante los infortunios del destierro y la corrupción de las instituciones, a los indígenas les dio voces proféticas como la de Fray Antón Montesinos quien, en Santo Domingo, criticó la crueldad de los colonialistas; a los afroamericanos estadounidenses envió al Dr. Martin Luther King para guiarlos en la lucha por los derechos civiles en esta nación; a los latinos trabajadores de la agricultura en los Estados Unidos les dio la voz y la valentía de César Chávez; para los salvadoreños, durante la violencia política, despertó al arzobispo Romero y lo convirtió en la voz de los sin voz; cuando el cristianismo universal necesitó de un rostro que nos recordara la importancia de la caridad y el cuidado a los pobres llamó a la Madre Teresa de Calcuta.

Montesinos, Luther King, César Chávez, Óscar Romero, Teresa de Calcuta y muchos más, no solo reverenciaron a Dios, también hicieron lo bueno como señala el apóstol Pedro. Hacer lo bueno atrae cambios positivos en la vida de quienes nos rodean, de nuestras comunidades y de la sociedad en general. Cuando hacemos lo bueno, lo justo y lo correcto por el bien de nuestros hermanos, cuando reclamamos un trato digno para toda persona sin importar la raza o el estatus legal, cuando exigimos respeto a los inmigrantes que llegan a nuestras fronteras, cuando acogemos a todos los que entran por nuestras puertas sin importar la apariencia, estamos recordándole al mundo esa cualidad tan bonita de Dios quien no hace diferencia entre las personas.

Hoy, día que celebramos el bautismo del Señor, es una buena ocasión para reafirmar el compromiso de velar por la dignidad de todas las personas reclamando para ellas el trato propio que se les debe dar como imagen de Dios; que él nos dé la gracia de vivir a plenitud nuestras promesas bautismales y de encontrar nuestro lugar en el trabajo de construcción del Reino. Amén.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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