Sermones que Iluminan

Epifanía 1 (A) – 2011

January 09, 2011


“En cuanto Jesús fue bautizado y salió del agua, el cielo se abrió y vio que el Espíritu de Dios bajaba sobre él como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo, que decía: ‘Este es mi Hijo amado, a quien he elegido’” (Mateo 3:16-17).

En este primer domingo después de Epifanía celebramos el bautismo del Señor. El recuento de Mateo nos presenta a Jesús que llega al río Jordán, allí le pide a Juan que le bautice. Este relato aparece también en Marcos 1:14-15 y en Lucas 3: 21-22. Si leemos los tres textos en forma paralela encontramos algunas diferencias de detalles, hay ligeros cambios fraseológicos. Por ejemplo, en Mateo se lee “este es mi hijo amado, a quien he elegido”, como si la voz que sale de la nube hablara con terceros; mientras que en Marcos y Lucas se lee “tú eres mi hijo amado, a quien he elegido”, como si la voz hablara directamente con Jesús. En Mateo aparece un diálogo entre Jesús y Juan previo al bautismo, ese diálogo no aparece ni en Marcos ni en Lucas. En Lucas el Espíritu Santo desciende sobre Jesús mientras oraba; en Mateo y en Marcos, mientras salía del agua.

La fuerza de lo ocurrido aquel día en el río Jordán no queda mitigada con la diferencia de matices que le imprimen sus relatores. De suyo Mateo, Marcos y Lucas se mantienen perfectamente alineados en los tres elementos esenciales del evangelio de hoy: Jesús se somete al bautismo de Juan, el Espíritu Santo baja en forma de paloma sobre él, y Dios lo reafirma como el elegido. Lo que aparece escrito en el profeta Isaías: “Aquí está mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien me deleito. He puesto en él mi espíritu para que traiga la justicia a todas las naciones” (Isaías 42:1-2), Dios lo ratifica sobre la persona de Jesús a la orilla del Jordán.

El momento del bautismo es clave en el ministerio de Jesús, se convierte en un punto de referencia entre antes y después, en un lugar de arranque. En el bautismo Jesús recibe la fuerza del Espíritu Santo, y al recibirlo es proclamado como el elegido a quien Dios ama y en quien se complace. A partir de la experiencia del bautismo Jesús emprende un viaje que culmina con su pasión y muerte en la cruz, y posteriormente su resurrección y ascensión a los cielos, no sin antes señalarnos a todos los valores del reino y los principios básicos para alcanzar la salvación. Desde allí, desde las aguas del Jordán, nace y comienza otra historia, la historia de Jesús el Nazareno, la historia que le da sentido a nuestra historia y experiencia cristiana.

Desde el momento del bautismo Jesús queda lleno del poder del Espíritu Santo, habla inspirado por el Espíritu y actúa con el poder del Espíritu. La presencia del Espíritu lo acompaña a todo lo largo de su ministerio público, esta es una realidad que se prolonga en el trabajo de los testigos de Jesús y que ilumina nuestra comprensión del misterio salvífico del cual Jesús es portador. En el bautismo se desencadena la fuerza de salvación que Jesús trae consigo, él reconoce esa fuerza y se pone en marcha.

Sería muy difícil comprobar si el evangelista Mateo tenía conciencia alguna de que el bautismo de Jesús, narrado en la parte final del capítulo tres de su evangelio, sería el prototipo del bautismo que practicamos hoy en la iglesia. Lo que sí podemos afirmar es que las aguas del Jordán alcanzan trascendencia inimaginable a partir del bautismo del Señor, y que son referencias perpetuadas a lo largo y ancho de la historia cristiana; que el Jordán mismo es una especie de fuente abuela de todas las fuentes bautismales donde siguen naciendo nuevas criaturas para el cielo nuevo y la tierra nueva augurados por Jesús.

¿Y qué decir del poder del Espíritu, de aquella fuerza que invadió a Jesús al salir de las aguas, de aquel cielo abierto, de aquella voz reafirmativa del Hijo amado en la persona de aquel a quien Juan el Bautista? ¿Sigue todo eso presente en cada acto bautismal que realizamos, se ha prolongado y perpetuado en el tiempo? ¿Qué nos dice nuestra fe respecto al bautismo que practicamos en las iglesias hoy día?

Hermanos y hermanas, en este momento necesitamos auxiliarnos de lo que dicen las Sagradas Escrituras, ellas son claras con respecto a la necesidad y los efectos del bautismo en todos aquellos que lo reciben. El mismo Señor Jesús nos dice: “El que crea y se bautice se salvará” (Marcos 16,16). En diálogo con Nicodemo Jesús también afirma: “En verdad, en verdad te digo, el que no nazca del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3,5). Su último encargo a los discípulos enfatiza la necesidad de bautizar: “Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28, 19). El apóstol Pablo nos recuerda que al bautizarnos establecemos una relación especial con Cristo “…y por el bautismo han venido a estar unidos con Cristo y se encuentran revestidos de él” (Gálatas 3,27).

Revestidos de Cristo, de su gracia, de su amor, de su poder y de su condición filial. El bautismo da poder a aquellos y aquellas que viven su experiencia cristiana con plena conciencia del efecto transformador de la fe y de la confianza en el resucitado. En ese sentido los cristianos seguimos, necesitamos seguir, siendo una fuerza de cambio en el mundo. Si miramos lo que hizo Jesús inmediatamente después de su bautismo, nos daremos cuenta de que jamás se detuvo; que los tres años que transcurrieron de su vida pública estuvieron llenos de eventos y actividades, y que abrazó por entero el proyecto del reino de Dios y a los pobres para quienes ese proyecto se reveló como noticia de esperanza. Si aceptamos que en el bautismo se revela un poder especial en Jesús, y que al bautizarnos nosotros nos revestimos de Cristo, entonces nosotros somos portadores de un poder especial que necesitamos poner a funcionar para el bien del mundo, especialmente para el bien de los que más sufren y padecen los efectos del egoísmo humano.

Que no nos quede duda alguna, mis hermanos, existimos suficientes bautizados y bautizadas en el mundo como para poder afectarlo positivamente con la fuerza que llevamos dentro. De hecho lo hemos estado haciendo por mucho tiempo ya en el seno de nuestras familias, en nuestras comunidades particulares, en nuestros trabajos y escuelas, en nuestras comunidades eclesiales; pero necesitamos empujar un poco más fuerte si queremos superar las fuerzas del mal que amenazan de hacer de este mundo una pesadilla que va a perseguir a las generaciones futuras. No tengamos miedo de mostrar el poder que tenemos, el que nos da Cristo a través del bautismo, no tengamos miedo de actuar con y bajo el poder del Espíritu Santo.

En la página 228 del Libro de Oración Común, el celebrante invita a la congregación a dar la bienvenida a los bautizados de la siguiente forma: “Démosles la bienvenida a los que han sido bautizados”. A esa invitación la comunidad responde así: “Nosotros te recibimos en la familia de Dios. Confiesa la fe de Cristo crucificado, proclama su resurrección y participa con nosotros en su sacerdocio eterno”.

Que el poder de Cristo nos guíe hoy, mañana y siempre.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan