Sermones que Iluminan

Epifanía 2 (A) – 19 de enero de 2020

January 19, 2020


«Israel, tú eres mi siervo, en ti me mostraré glorioso.» Esta afirmación del profeta Isaías captura muy bien el mensaje central de las lecciones bíblicas que la iglesia nos ofrece para continuar celebrando este tiempo de Epifanía. La Epifanía es una estación litúrgica privilegiada para descubrir a Dios en Jesucristo, para ver su gloria y descubrir también en nosotros el llamado a ser sus siervas y siervos, discípulas y discípulos.

Desde la Navidad hemos venido celebrando la presencia de Dios hecho hombre. Mientras le adoramos nos preguntamos ¿Quién es ese niño nacido en Belén de Judá? ¿Quién ese ser tan anunciado por los profetas y ansiosamente esperado por todos? ¿Qué hace que personalidades, como los sabios de oriente, hayan venido a visitarlo? En otros tiempos, la imagen de Dios puede ser la de un Dios lejano, del cielo, de más allá de las nubes, o la de un abuelo de barba blanca; pero, en Jesucristo, y a medida que celebramos su manifestación al mundo, vamos descubriendo un Dios diferente, cercano, de la tierra, de nuestro pueblo, parecido a nosotros, con carne, huesos, fragilidad, ternura, sonrisas y llanto; ése es el verdadero Dios encarnado, el Dios-con-nosotros.

Es así como, para continuar con este descubrimiento y gloria de Dios, el evangelio de hoy nos ofrece momentos significativos. En primer lugar, nos presenta a Juan, el Bautista, dando testimonio de la persona de Jesús. Él proclama: “¡Miren, ése es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”. Para Juan, Jesús es el Cordero, no únicamente en referencia a la tradición hebrea del cordero sacrificado por la liberación de la esclavitud de Egipto, sino el Nuevo Cordero, perfecto, que será sacrificado para liberarnos de toda esclavitud, ya no política, ni social, ni económica, sino de la esclavitud de nuestra misma humanidad y espiritualidad alejada del amor de Dios y causante de un mundo gobernado por el odio, la mentira, la violencia y la muerte. Jesús es el Cordero que con su sacrificio se hace modelo que inspira a sacrificarnos en nuestra propia búsqueda de libertad y de vida. Dios, en la persona de Jesús que es el Cordero, actúa en solidaridad con los oprimidos y esclavizados por los nuevos faraones de hoy; es el que guía y moviliza en contra de los nuevos movimientos faraónicos que violentan nuestra dignidad y pisotean nuestros valores como militantes del Reino. Para el Bautista, el grito de proclamación de Jesús como el Cordero, es el anuncio de la llegada de aquél que ofrece una liberación nueva, total y definitiva.

Pero no sólo es el Cordero de Dios. El Bautista es testigo de que Jesús, el mismo que nació en Belén y a quien acaba de bautizar, es el Hijo de Dios, el muy amado del Padre de quien recibe su Espíritu. A partir ese momento inicia una nueva era, de tal modo que todos los que sean bautizados en Cristo recibirán el Espíritu de Dios y serán parte del pueblo santo donde habita el Señor.

Tras el episodio del Jordán, el evangelio continúa con la consecuencia inevitable que implica ser bautizado. Después de ser llamado “Maestro” por un grupo de discípulos de Juan, es decir, de ser identificado como aquél que enseña y dirige, que conduce en las promesas de Dios, aquellos discípulos, un tanto inquietos, le preguntan: “¿dónde vives?” o, dicho de otra manera, ¿quién eres? déjanos conocer dónde moras para saber más de ti. A lo que Jesús responde: “Vengan a verlo.”  Y es que, para conocer a Jesús, se debe ir, caminar, debe haber un movimiento hacia él. No podemos pretender llegar a un profundo y maduro conocimiento de Jesús quedándonos en la espera inmóvil, creyendo que el misterio de Dios será revelado a nosotros sin ningún esfuerzo personal. Quien está inquieto por conocer más a Dios debe actuar, dejarse llevar por el Espíritu para saber el lugar dónde Cristo habita, cómo vive, quién es.

Luego, el texto nos dice que “Fueron, pues, y vieron dónde vivía, y pasaron con él el resto del día”. Sabemos que el Maestro llevó un estilo de vida de sencillez, con propósito, no dedicada a cuidar posesiones, tierras y cosas, sino una dirigida por el Espíritu, entregada al genuino y atento crecimiento del amor, el servicio, la justicia y la vida digna en cada hija e hijo de Dios. Permitámonos pensar que Jesús era Maestro de generosidad abundante y hospitalidad ejemplar. ¡Qué bello testimonio! Sus discípulos encontraron en Jesús acogida, verdad, ilusión y misión.

La experiencia de caminar con Jesús, del conocimiento del Maestro, impulsa al anuncio: “hemos encontrado al Mesías”. La proclamación de Andrés es la expresión de quien ha visto en Jesús el cumplimiento de las promesas anunciadas por los profetas, al liberador del pueblo. Jesús de Nazaret es el Mesías, el esperado y anunciado, el ungido de Dios, el nuevo David quien vendría a gobernar con justicia, verdad y rectitud. Jesús es aquél a quien realmente valdría la pena seguir, ser su discípulo, dar la vida, abrazar su causa y anunciarle.

Finalmente, Simón, el hermano de Andrés, recibe de Jesús una nueva identidad: Cefas, Pedro, Piedra. Esto nos deja saber que el encuentro con Jesús cambia la vida; las cosas ya no son las mismas y tampoco la idea de Dios. Quien le sigue más de cerca, quien lo deja todo por él, ve su vida con una nueva claridad que lo lleva a hallar la realidad de Dios y de sí mismo.

La Epifanía de Jesús tiene un propósito: que nosotros, tal como Juan, Andrés, Pedro y los demás discípulos y discípulas, vayamos, veamos, nos movamos y descubramos a Cristo y a nosotros mismos para que podamos con mayor claridad vivir y anunciar al mundo quién es ese Dios en Jesucristo que nos inquieta tanto, por quien venimos a orar semana tras semana y por quien nos comprometemos a amar y a servir.

Motivados por la Palabra de hoy, escuchemos atentamente el llamado personal y comunitario que nos hace Dios a acercarnos, quedarnos y aprender más de este gran Maestro del amor, para dar un testimonio vivo y actual de la persona de Jesús, quien es Dios, que vive, actúa y reina por los siglos de los siglos. Amén.

El Reverendo Fabio Sotelo sirve en las Comunidades Episcopales de San Beda y San Eduardo en la Diócesis de Atlanta, Georgia. Tiene una licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad de Santo Tomas, Bogotá, Colombia, Una Licenciatura en Teología del Seminario Santa María, Emmitsburg, Md., y actualmente adelanta un doctorado en Liturgia en la Universidad del Sur, Sewanee, Tennessee.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan