Sermones que Iluminan

Epifanía 2 (A) – 2011

January 16, 2011


Llegaron los pastores a ver a Jesús y lo miraron en silencio. Esos primeros instantes después del nacimiento de un niño de por sí son milagrosos. Y este nacimiento había sido anunciado por un coro celestial. ¿Qué hubieran podido haber dicho? Era un momento de asombro. Más tarde llegaron los reyes magos y las narrativas de los evangelios describen su llegada sin haber registrado la conversación. La imagen que ha quedado grabada en nuestra consciencia colectiva es la de tres hombres de gran poder y riqueza arrodillados frente a un niño pobre, en un establo humilde, en un país bajo el yugo del imperio romano. En silencio vienen con ofrendas de oro, incienso y mirra.

La semana pasada celebramos el bautismo de Jesús. Con ese evento empieza el diálogo entre una humanidad pecadora y nuestro Redentor, la encarnación del amor absoluto de Dios. La primera conversación de Jesús según lo registra el evangelio de Mateo gira en torno a la obediencia a Dios. Juan no se siente digno de bautizar a Jesús. La respuesta de Jesús es igualmente clara: Dios quiere que sea Juan quien bautice a Jesús. En el mismo momento que comienza el diálogo entre Jesús y el resto de la humanidad representada por Juan, también vemos que se inicia el diálogo entre Dios y Jesús: “Este es mi hijo”.

Escuchar las lecturas del evangelio es como ver un amanecer o ver cómo se va abriendo una rosa. El misterio de la encarnación empieza con la presencia física y concreta del Mesías. Nuestra primera reacción es de asombro. La semana pasada empezamos a conocer a un Jesús joven comprometido a su llamado: Jesús se involucra con nosotros en el contexto de responder a los deseos de Dios.

Según el diccionario, “epifanía” significa varias cosas: es una manifestación o percepción de un ser divino; es captar intuitivamente una nueva realidad que a la vez es sencilla y deslumbrante. Nos hemos estado dando cuenta de que la Epifanía es mucho más que la fiesta celebrada el 6 de enero. Es un proceso de encuentro cada vez más revelador.

Hoy vemos por qué llamamos al primo de Jesús, Juan el Bautista. Desde el principio de su propio ministerio venía insistiendo en que su tarea era anunciar al verdadero Mesías. Fue fiel a su llamado y tanto habló de Jesús que despertó la curiosidad de personas tales como Simón y Andrés.

Hoy presenciamos el primer encuentro entre Jesús y estos hombres. Jesús todavía no se ha convertido en una presencia controvertida, ni siquiera ha hecho mucho para darse a conocer. Sin embargo, hay algo en él que invita a Simón y a Andrés a ir más allá de la adoración. Va caminando Jesús enfocado ya en su destino, cuando siente los pasos de personas que vienen detrás de él, se detiene y pregunta: ¿Qué buscan?

En este tipo de situación, y especialmente si se trata de personas que no conocemos pero parecen ser buena gente, generalmente practicamos cierto nivel de cortesía: “Buenas tardes. Soy Fulano. ¿En qué les puedo ayudar?” Jesús es más brusco. De inmediato va al grano, casi que de manera agresiva. ¿Qué buscan? Es un reto, es una insistencia de parte de Jesús que el que quiera estar con él debe tener mucha claridad en cuanto a su razón para conocerlo. Es una pregunta sería que resuena a través de los siglos. ¿Qué buscan?

Simón y Andrés también llegan con una pregunta: ¿Dónde te quedas? ¡Es una pregunta tan distinta! Si conocemos donde se queda una persona, sabemos mucho de ella. Nos podemos formar una idea de la persona en base al vecindario donde vive. Podemos caerle de visita. Podemos pasar por enfrente de su casa y observarla sin que se dé cuenta.

¿Qué buscan? ¿Dónde te quedas? Ellos desean saber algo concreto sobre Jesús. Él los invita a entrar más profundamente en el misterio de vida que él ha venido a proclamar.

Tal vez conozcan el fresco magnífico en la capilla celestina que muestra la mano de Dios extendida hacia la humanidad y la mano de una persona esforzándose por tocar la mano de Dios. Ese intercambio entre Jesús y Simón y Andrés es así: todos haciendo un esfuerzo enorme con un espacio mínimo de separación. Y sin embargo, esa pequeña brecha deja tan clara la diferencia entre Dios y la humanidad.

Esa brecha no asusta a Jesús. Su respuesta a la pregunta de Simón y Andrés es otra invitación: “Vengan a ver”. No les da la dirección, los invita a seguirlo, les pide que adopten una actitud más activa, que acepten el riesgo de ir a un lugar desconocido y vean por sí mismos. Ambos hombres están dispuestos a ir con él y la historia nos pinta una imagen linda de tres personas que se pasan una tarde conociéndose y forjando una nueva amistad.

¿Qué buscan? Vengan a ver. La invitación de Jesús al discipulado y a la evangelización sigue tomando la forma de una pregunta y un reto a lo largo de la historia de la Iglesia.

¿Qué buscan? Es una pregunta tan penetrante. Es un llamado a un nivel de responsabilidad personal tan enorme. Si nos detenemos a examinar lo que andamos buscando en la vida, tal vez nos demos cuenta de que nuestros horizontes son demasiado limitados o hemos estado buscando cosas que nos van a llevar por mal camino. Saber lo que buscamos es conocernos a nosotros mismos con un nivel de honestidad a veces difícil de enfrentar. A lo mejor hemos pasado una buena parte de nuestras vidas buscando repuestas fáciles y amistades superficiales. Al confesar abiertamente lo que hemos estado buscando, tal vez oigamos la voz de Dios que muy pasito nos dice que él quiere más para nosotros de lo que hemos estado dispuestos a pedir. A veces, hasta hemos dejado de buscar y estamos sentados con una pasividad enorme esperando que la vida nos llegue en bandeja de plata.

¿Qué buscas? Las grandes preguntas de la fe—y ésta es una de ellas—son el medio que tiene el Espíritu Santo para efectuar las transformaciones del alma que solamente puede lograr la gracia y el amor de Dios. Estas preguntas nos abren a la gracia de Dios que nos convierte en sus discípulos.

Vengan a ver. A lo mejor, el lugar donde se sentaron a charlar los tres era un parque. La vida de Jesús fue vida de itinerante y los evangelios nos recuerdan que Jesús nunca tuvo una vivienda permanente. Siempre fue caminante, buscando los lugares olvidados, los espacios marginados donde se congregaban las personas de poco valor en la sociedad de su época. Al llamar a estos dos hombres a ir a ver esos lugares, los estaba preparando para el ministerio.

Si estamos dispuestos a ir a ver con él esos espacios en nuestra propia cultura y en nuestra propia sociedad, a lo mejor no nos vamos quedar cómodos en las bancas y en los salones bonitos donde nos congregamos como Iglesia. Más bien, Jesús nos va a llevar a los estacionamientos donde se congregan los jornaleros, a las cárceles, a los colegios que no preparan a nuestros hijos para que conozcan el éxito.

Andrés y Simón, primeros discípulos de Cristo habían salido en busca del Mesías y estaban dispuestos a ir a ver. Y pasaron una tarde magnífica hablando con su nuevo amigo, conociendo algo del reino de Dios. Quiera Dios que en nuestro propio tiempo y en este lugar, lo encontremos también y tengamos la gloria de poder sentarnos a hablar largo con él y luego poder decir: “Este es Jesús. El Mesías. Mi buen amigo”.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan