Sermones que Iluminan

Epifanía 2 (A) – 2017

January 15, 2017


El evangelio de hoy nos muestra cómo la identidad de Jesús se revela a través de Juan el Bautista. También podemos apreciar la manera como Juan prepara a sus testigos para la llegada de Jesús. El resultado es admirable porque dos de sus discípulos empiezan a seguir a Jesús.

Si nos damos cuenta Juan es consciente que él debe empequeñecerse para que Jesús sea agrandado. Juan está muy claro de su llamado; y por ende, nos muestra un modelo de servicio y de ministerio maravilloso al apoyar la transición de sus discípulos para que sigan a Jesús. Es hora que sus discípulos sigan al verdadero maestro.

¿Cuántos de nosotros hemos dejado atrás nuestros propios deseos o nuestras agendas personales para verdaderamente seguir a Jesús?

A muchos de nosotros y nosotras nos cuesta mucho trabajo navegar las transiciones de la vida. Todos hemos experimentado transiciones en algún momento. En algunos casos, la transición se presenta de forma disruptiva, que le da un vuelco al ritmo de la vida que llevamos. Otras veces nos abre las puertas a posibilidades que nunca contemplamos en primer lugar. Hay transiciones que nos sitúan en lugares desconocidos.

Las transiciones nos obligan a hacer una pausa y nos desafían a reflexionar acerca de nuestras vidas y los hechos acontecidos hasta ese momento. El matrimonio, el nacimiento de un hijo o de una hija, graduaciones de la escuela o la universidad son cambios que nos hacen trascender. Pero también pueden presentarse eventos tan dramáticos que nos cambian la vida completamente, un accidente, sobrevivir un cáncer, un divorcio, y la pérdida de un ser querido.

Si nos ponemos a analizar detenidamente, durante esas transiciones ha habido personas importantes que nos ayudaron, nos aconsejaron y caminaron durante esos tiempos de transición. La gracia de Dios se revela de una manera maravillosa a través de esas personas; así que la transición se hace más llevadera.

Juan confió en el plan que Dios tenía para él y esa confianza se la manifestó a sus discípulos. Así que cuando llegó el momento de guiarlos hacia Jesús no dudaron. Todo lo contrario, la proclamación de guiarlos al “Cordero de Dios” fue la señal que hizo que los discípulos se sintieran confiados en seguir a Jesús.

En el evangelio de Juan, encontramos cómo su narrativa constantemente nos revela el símbolo del Cordero Pascual. En nuestra Eucaristía lo encontramos en el momento culminante de la fracción del pan. Siguiendo este momento se dice: “Cristo nuestra Pascua se ha sacrificado por nosotros”.

Ésta es solo una descripción muy breve de la agonía que Jesús tuvo que sufrir en nuestro lugar, para que nuestros pecados fueran eliminados. Sin el sacrificio de Jesús, no tendríamos ninguna esperanza de reconciliación con Dios, ni de que Él aceptara nuestras vidas a cambio de la vida de Jesucristo, quien está ahora sentado a su diestra. Tampoco tendríamos esperanza de ser sanados del dolor y el sufrimiento, y no tendríamos ninguna razón para recibir el Espíritu Santo, entender la verdad de Dios, y servir a Cristo como sus seguidores aquí y ahora.

No debe extrañarnos, entonces, que Pablo haya usado las palabras que usó para despertar a los corintios y volverlos a la realidad espiritual. Ellos tal vez no se daban cuenta de la profundidad del sacrificio de Jesús, o lo habrían entendido tal vez en algún momento pero hasta este entonces se les había olvidado.

Cualquiera que fuera la situación, los corintios necesitaban que se les recordara el dolor y la agonía que Jesús había tenido que soportar por ellos. Esta comunidad debía arrepentirse y reconocer la gran magnitud de aquel extraordinario sacrificio. Y ahora, a nosotros se nos exhorta que entendamos este mensaje, lo abracemos y lo vivamos diariamente como seguidores de Jesús.

El otro punto que debe resaltarse del evangelio, está relacionado con la búsqueda y el encuentro con Jesús. Jesús pregunta: ¿Qué están buscando? A lo que los discípulos contestan con otra pregunta: ¿Maestro, donde te estás quedando? Este intercambio de preguntas tiene un profundo significado porque está relacionado con la búsqueda constante que tenemos los seguidores de Jesús de su permanencia en nuestras vidas. Y cómo a pesar de las dificultades y los obstáculos nuestra constancia está en esa relación fuerte con Dios. Nuestras oraciones, el estudio de las escrituras y el servicio a los otros, son formas de sentir la presencia de Jesús en nuestras vidas.

Ese anhelo de la permanencia de Jesús es lo que nos alienta a mantenernos unidos en ese lazo inquebrantable de la presencia de Jesús en cada uno de nosotros, de mantener vivo a Dios con nosotros no como un evento aislado sino como una realidad siempre presente en nuestras vidas.

Jesús contesta: “Vengan y vean”. La invitación de Jesús es una puerta abierta constante no sólo a los discípulos de ese tiempo, sino también a todos nosotros. Vengan y vean por ustedes mismo y comprueben que el verbo se hizo carne y habita entre nosotros. En cada uno de sus seguidores fieles en el día de hoy, en cada uno de aquellos que comparte y vive el mensaje de las buenas nuevas día tras día. Ese “vengan y vean” es el mensaje que debemos encontrar en cada Iglesia Episcopal cuando se nos extiende la bienvenida, esa aceptación de encontrarnos donde estemos en nuestro caminar espiritual.

Los discípulos de ese entonces no titubearon cuando Jesús les dijo: “vengan y vean”. Ese acto de fe y entrega es al que Jesús nos está desafiando constantemente. Como le damos la bienvenida al Cordero de Dios en nuestras vidas, al único que se ha entregado por nuestra salvación, al único que incondicionalmente nos abre la puerta y nos invita constantemente a seguirle.

Y recuerden que si quieren conocer a Dios, “vengan y vean” a Jesús. Porque Jesús es el camino, la verdad y la vida.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan