Sermones que Iluminan

Epifanía 2 (B) – 2012

January 16, 2012


Todavía nos queda el agradable sabor a Navidad, pero ya estamos en la estación de la Epifanía. El maravilloso plan de Dios de darse a conocer y salvar a la humanidad. En el camino que vamos recorriendo, por las dificultades y los problemas de cada día, perdemos fuerza y energía. Pero es bueno tener en cuenta que la vida es tiempo de gracia y de salvación, en la que Dios nos habla a través de distintos acontecimientos cuyo significado hemos de descubrir.

Dios no tiene horario para escogernos como testigos de su palabra. Puede llamarnos por la mañana, por la tarde o en la noche de nuestras vidas. Solo desea que estemos atentos a su llamada.

La liturgia de hoy se inicia con la bella historia de Samuel, elegido por Dios de manera especial para ser su portavoz. No buscó él la palabra, sino que la palabra salió a su encuentro, y lo halló atento, receptivo y vigilante. Él escuchó al Señor en el inmenso silencio de la noche. Ni voces ni ecos, escuchó plenamente la voz de Dios y se dejó instruir.

En aquel tiempo, dice el primer libro de Samuel: “Raras veces se oía la palabra de Yahveh. Las visiones no eran frecuentes” (3-1). La llamada profética de Samuel nos ayuda a recordar, que para cada ser humano Dios reserva algo especial, es decir, una tarea única y específica en el plan de salvación. Todo mensajero de Dios debe estar siempre a la escucha de la palabra divina.

El siervo, nos dice Isaías, “deberá abrir su oído, cada mañana, para sintonizar con esta palabra” (Isaías50: 4s). Esta disponibilidad, significa abrirnos a la voluntad de Dios y cumplir con la misión encomendada. La palabra divina no siempre es de para bien, trae consigo sacrificio y desprendimiento.

En los años presentes abunda el dolor. Muchos hombres y mujeres solamente sirven como fuerza de trabajo poco apreciada. Al no tener un oficio o responsabilidad de qué sentirse orgullosos se consideran justamente frustrados. No se siente llamados y necesarios para algo grande: con esto les falta uno de los componentes más importantes para llevar una vida de fe.

En circunstancias como estas Dios nos habla y nos da a conocer sus proyectos, a través de los acontecimientos de cada día. La fe nos induce a organizar nuestra vida y a preguntarnos humildemente qué quiere Dios de mí. Aún así, con todo lo que cargamos de dolor nos sigue llamando a colaborar en su obra.

En este mismo orden, el apóstol Pablo en su primera carta a los corintios nos exhorta a huir de todo aquello que pueda impedir la obra del Espíritu en nosotros. Es una orientación a mantener viva nuestra fe, ya que hemos sido “comprado pagando un precio muy alto” (1Corintios 6:20; 7:23). Es decir, a través del sacrifico de Jesús en la cruz.

De esta manera, conectamos con el evangelio de hoy y encontramos a Jesús escogiendo sus primeros seguidores, que se convertirán en sus primeros discípulos que conformarán su equipo de trabajo. Este evangelio es la obra de Juan el Evangelista, al que no hay que confundir con Juan el Bautista.

Juan, preocupado por darnos a entender el significado profundo de las actuaciones de Jesús, se fija en detalles que a veces no nos llaman la atención. Al ver que la Biblia empezaba con el poema de la creación, distribuido en siete días él también consideró que Jesús había venido para una nueva creación del mundo y relató esta primera semana de Jesús contando los días.

El primer día Juan Bautista afirmaba: “Hay uno en medio de ustedes a quien no conocen” (Juan 1:26). Y durante la semana vemos cómo Andrés, Simón, Juan el Evangelista, Felipe y Natanael descubren a Jesús.

La gran pregunta del descubrimiento de Jesús es “¿qué buscan?” (Juan 1:38). Juan Evangelista, no olvidó esta primera palabra que Jesús les dirigió. Muchas veces queremos saber quién es Jesús, y él nos pregunta sobre lo que llevamos adentro, porque de nada sirve encontrarlo si no estamos dispuestos a entregarnos.

La entrega supone una preparación interna para hacer una opción responsable. Estos hombres han empezado a convivir con Jesús y con el tiempo aprenderán que él es el Maestro, el Mesías, el Hijo de Dios.

Esto mismo vale también para nosotros, mientras vamos caminando, en las distintas experiencias que trae consigo la vida, progresamos en el conocimiento de Jesucristo.

Hay un detalle pastoral que sale a relucir en este evangelio de un profundo valor de fe. Juan Bautista conocía, a grandes rasgos, el alcance de su misión profética y no tenía absolutamente nada de celoso, había orientado de una manera humilde a sus discípulos a que siguieran a Jesús.

Esta es una señal evidente del verdadero profeta. No se trata tanto de ganar fama personal, sino de ganar para Dios, para que crezca y se extienda el reino.

Los dos primeros discípulos llamados por Jesús quedaron transformados por aquella experiencia y fueron contagiando a los demás. Así es como también muchos de nosotros encontramos el camino para llegar a Jesús, porque otra persona nos habló de él o nos comprometió en una tarea apostólica.

Estos discípulos reconocen a Jesús. Sería más exacto decir que él ha reconocido a lo que el Padre había puesto en su camino.

Todos necesitamos de la luz para movernos y saber por donde caminamos. El evangelio es la luz que debemos seguir, dando testimonio y contagiando a los demás con fe y alegría. Así nos resultará más fácil y más llevadera la responsabilidad en la misión del reino de Dios.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan