Sermones que Iluminan

Epifanía 3 (A) – 2020

January 26, 2020


El tema central de hoy es el “encuentro”. No solamente el encuentro comunitario en el que participamos los miembros de la Iglesia al compartir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino el encuentro con la Palabra.

En este contexto de “encuentro” el profeta Isaías proclama un mensaje de esperanza. La situación en Israel no es la mejor, el enemigo avanza hacia Jerusalén. El profeta anuncia el fin de la opresión: “Porque tú has deshecho la esclavitud que oprimía al pueblo, […] la tiranía a que estaba sometido”. La liberación se logra gracias a una intervención de Dios: “como cuando destruiste a Madián”, recuerda el profeta.

El “día de Madián” se convirtió en símbolo de la intervención victoriosa de Dios a favor de su pueblo. Ahora, el profeta, anuncia una nueva intervención de Dios, un encuentro: él da un rey a su pueblo. Éste será como un nuevo amanecer que disipa las tinieblas de la noche. En esta época, el nuevo rey se convierte en un hijo adoptivo de Dios: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”, dice el Salmo 2. Todos los calificativos del nuevo rey son ante todo calificativos divinos. Él delega su poder paterno al rey haciendo reinar el “Shalom”, la paz. Pero esta paz no se podrá instalar de manera durable si no está fundada sobre el derecho y la justicia. En el nacimiento de Jesús, la comunidad cristiana ve el cumplimiento de la profecía de Isaías como un “encuentro” con ese rey que es el príncipe de paz, anunciado por el profeta, quien se ha encarnado para instaurar su reino de derecho y justicia.

El evangelio de hoy hace eco a esta promesa presentándola en clave de “encuentro”. Mateo comienza el relato del ministerio público de Jesús con su venida a Galilea, donde expone el contenido esencial de su mensaje y su exhortación más importante: la conversión “porque el reino de los cielos está cerca”. Si ha llegado ese reino, significa entonces que el rey ha llegado, por tanto, se ha cumplido la promesa hecha por medio de Isaías donde este rey, que es rey de paz, ha venido a “encontrarse” con los suyos e instituir su reino. “El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz; una luz ha brillado para los que vivían en sombras de muerte”.

Es indiscutible que el centro de la predicación de Jesús lo constituye el anuncio de la llegada del reino de los cielos. Jesús habló incesantemente de él y lo explicó a través de parábolas. Por lo tanto, si pretendemos saber qué era lo que Jesús mismo entendía por reino de los cielos, debemos comprender que se trata de la soberanía de Dios en la criatura, soberanía que depende solo de la acogida o actitud abierta. Por tanto, si Jesús es el rey anunciado por Isaías, que ha venido a instaurar su reino de justicia y paz, exige conversión y acogida incondicional a su mensaje que no es otro que el mensaje del amor de Dios encarnado que obliga en libertad, a aquél que ha salido a su “encuentro”, a acogerlo desde la interioridad de su existencia, plasmándolo en actos concretos en la exterioridad de la misma existencia.

El contexto en que Jesús hace su anuncio está dominado por la espera del final de los tiempos. La concepción de reino no era ni uniforme ni unívoca, se diversificaba según diferentes corrientes dentro del judaísmo. Sin embargo, Jesús concibe el reino que ha venido a instaurar de manera diferente a todas ellas. Se trata de la revelación de Dios mismo en la existencia humana, donde Jesús es el gran garante al revelar en su propia existencia, en sus obras y palabras, el acontecer de Dios en su cotidianidad.

Por tanto, convertirse y acoger el reino de Dios, significa dejar que Dios sea el soberano en todas las dimensiones de la persona humana, hasta el punto de “revelarlo”, transparentarlo, en la cotidianidad. Jesús revela que Dios Padre reina en él en su cotidianidad: ¿le estamos revelando en nuestra cotidianidad?; “el reino de los cielos ha llegado”: ¿ha llegado a nuestra vida y a la de nuestra comunidad? Quienes nos reunimos hoy a celebrar la cena del Señor, ¿lo hacemos como consecuencia de la llegada de ese reino a nuestra vida?

Tener un “encuentro” con Jesús significa acoger el reino, dejar que Dios sea rey en todas las dimensiones de nuestra vida, que bordee y vea toda nuestra existencia: familiar, profesional, afectiva, sexual, económica, de fe. ¡Jesús ve y conoce a quienes va a llamar! Sabe quiénes somos, sabe que es posible que en nosotros acontezca el reino y lo transparentemos. Esto es lo que se llama un “encuentro” con Jesús.

Quien toma la iniciativa en el llamado, es Jesús. Es quien ve a cada uno en su realidad. A Simón y a su hermano Andrés los ve “echando las redes”; a nosotros nos ve como padres de familia, ciudadanos, empleados, esposos, clérigos, como lo que cada uno de nosotros es. Jesús no tiene prejuicios, llama a pescadores quienes eran considerados impuros en la época, es decir, sobre los que no podía acontecer el reino. Jesús para salvar, para acoger, para hacerse soberano en nosotros, para instaurar su reino no tiene escrúpulos ni prejuicios; nos llama como somos y nos acoge como somos.

Y nos dice: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. No somos nosotros los que podemos hacer posible esta realidad. ¡No! Es por la acción del reinado de Jesús en nosotros, a partir de ese “encuentro” personal, que se hace posible. Es una promesa a futuro que se empieza a construir en el presente: “los haré”. Es Jesús quien afecta el proyecto de vida y lo direcciona hacia el proyecto del reino.

Simón y Andrés, al igual que Santiago y Juan, dejan lo que tenían y le siguen. Los primeros dejan las redes: su riqueza, seguridad y medio de sustento; los segundos dejan a su padre: seguridad afectiva, económica y posiblemente labora. ¡Y le siguen! También nosotros le seguimos. Pero ¿a dónde le siguen ellos y a dónde nosotros? A veces la respuesta al “encuentro” es emocional. Dejamos todo y le seguimos, pero no sabemos a quién seguimos, a dónde le seguimos, para qué le seguimos, por qué le seguimos y sus consecuencias.

Se le sigue como discípulo para asumir su mismo destino: negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguirle. El destino de aquél que tiene un “encuentro” con Jesús es el destino de negarse, convertirse; es asumir la dificultad de la decisión, de la cruz, de morir con Jesús y resucitar con él. “Encontrarse” con Jesús es seguirle hasta la cruz, pero también hasta la resurrección.

Ése es el reino de los cielos: transparentar a Jesús a partir de nuestra negación, de nuestro abandono en la cruz y de nuestra esperanza en la resurrección, donde Dios es plenamente soberano en cada uno. La resurrección es consecuencia del “encuentro”, de la conversión, de la acogida del reino y de transparentarlo en cada una de nuestras acciones y relaciones.

¡El reino de los cielos ha llegado!

El Rvdo. Pablo Velázquez Abreu es profesor de Sagrada Escritura y Teología. Predicador de retiros, congresos y seminarios. Apoya su labor ministerial por medio de Tecnologías de Información y Comunicación (Tic’s) de las cuales es asesor. Actualmente acompaña procesos formativos, comunicaciones y evangelizadores en la Diócesis de Colombia.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan