Sermones que Iluminan

Epifanía 3 (B) – 24 de enero de 2021

January 24, 2021

[RCL]: Jonás 3:1–5, 10; Salmo 62:5–12 (= 62:6–14 LOC); 1 Corintios 7:29–31; San Marcos 1:14–20


Las lecturas de los textos bíblicos de este día, tercer domingo después de Epifanía, nos están motivando la necesidad de provocar un cambio. Ese cambio, urgente por demás, inicia en la mente y el corazón de cada uno de nosotros.

En la primera lectura, por ejemplo, nos encontramos con la espiritualidad del libro de Jonás, uno de los profetas llamados menores (tan sólo contiene cuatro capítulos en un par de páginas de la Biblia) pero con un mensaje poderoso. Más que un relato histórico, se trata de la enseñanza sobre la misericordia de Dios, quien perdona a todos, incluso a los malos, con tal de que se conviertan. Pero Jonás no es un profeta cualquiera, es el profeta que se rebela contra la voluntad de Dios quien le había enviado a predicar el arrepentimiento a los ninivitas en su ciudad. Nínive era una ciudad corrupta y según los criterios del profeta merecían el castigo divino, así que decidió desobedecer y huir de Dios. En su plan de huida de la misión que el Señor le había encomendado, se embarca hacia Tarsis -lo que significaba el fin del mundo-, donde tal vez Dios no le alcanzaría.

Pero Dios insiste y hace que Jonás cumpla su misión. Una vez en la ciudad, el profeta no se anda con rodeos y les lanza un pregón apocalíptico: “Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada”. Contra todo pronóstico, los ninivitas creen en Dios y decretan ayuno y penitencia para grandes y pequeños, hombres, mujeres y animales. Como resultado Dios tiene misericordia y les retira la amenaza de destrucción y muerte. En lo profundo de la personalidad de Jonás se produce un cambio, pues él esperaba que Dios le cobrara caro a Nínive su desobediencia; pero Dios es misericordioso y obra siempre la justicia y el derecho.

Un anuncio similar hace Pablo, en la lectura de la epístola, al dirigirse a la comunidad de Corinto. En un lenguaje con resonancias apocalípticas, dice: “Hermanos, lo que quiero decir es esto: Nos queda poco tiempo”. El momento es apremiante, señala el apóstol, porque la representación de este mundo se termina. De la misma manera, en el evangelio, Jesús insiste en que se ha cumplido el plazo y está cerca el reino de Dios: “Ya se cumplió el plazo señalado, y el reino de Dios está cerca. Vuélvanse a Dios y acepten con fe sus buenas noticias”. Prescindiendo del sentido escatológico que puedan tener las palabras de Pablo y de Jesús -ya que con Cristo tiene lugar la plena irrupción del reino de Dios-, también nuestro tiempo es apremiante con relación a la hora de Dios. En efecto, estamos viviendo momentos de tensión a nivel mundial, pero esto no significa que es el fin del mundo.

Hay motivos para pensar que también en nuestros días el momento es apremiante. Por un lado, estamos viendo cómo la niebla espesa de la incredulidad va cubriendo los valles de la humanidad y ocultando el rostro de Dios. Nuestra ciudad urbana, como Nínive, está llegando al tope de su resistencia. Por otro lado, la crisis económica, la contaminación, la pandemia aún fuerte, la violencia, la inseguridad ciudadana, las drogas y, sobre todo, la corrupción y falta de valores éticos, están degradando la vida y poniendo al ser humano contra las cuerdas. Más que una destrucción repentina y anuncio sobre el fin del mundo, lo que nos amenaza es una destrucción progresiva y lenta que nace del deterioro de las fuentes de la vida y de los valores morales.

Nínive puede representar muy bien nuestro mundo eminentemente urbano e industrial, aparentemente alejado de Dios y de toda institución religiosa. De igual manera, Jonás puede representar para nosotros el evangelizador de nuestros días. Por eso, así como Dios se eligió al profeta Jonás para anunciar el arrepentimiento, Jesús llama a sus discípulos para hacer parte de su movimiento. Marcos señala que “cuando vio a Simón y a su hermano Andrés… Les dijo Jesús: Síganme, y yo haré que ustedes sean pescadores de hombres.” Más adelante llamó a Santiago y a Juan, los hijos de Zebedeo. Así, hoy Dios sigue motivándonos, dándonos profetas y evangelizadores, aunque la tarea nos parezca difícil, imposible de realizar o hasta injusta.

Y ¿qué debemos anunciar? El contenido del mensaje de Jesús, y por tanto el de sus seguidores, es la Buena Noticia del reino de Dios. Pero ¿qué es esto? ¿cómo se puede resumir? Esa Buena Noticia es que Dios existe y es nuestro Padre, siempre dispuesto a acogernos; esa Buena Noticia es también, que todos nosotros somos hijos de Dios y tenemos que amarnos como hermanos; esa Buena Noticia es que Dios Hijo ha venido a liberar, a sanar, a dignificar, a dar esperanza, a salvar. Y ese mensaje se hace presencia y encarnación en la persona de Jesús.

Finalmente ¿por qué somos nosotros los nuevos apóstoles a quienes Jesús llama a ser pescadores de hombres? Por nuestro pacto bautismal. Hoy somos los nuevos Jonás, los nuevos pescadores a los que Jesús ha reunido. Él, en esta mañana, nos recuerda ese pacto, ese llamado, y nos dice por nombre propio, que abandonemos nuestras ataduras, nuestras inseguridades y temores, que nos liberemos y que caminemos junto a él, Camino, Verdad y Vida, para anunciar esas Buenas Nuevas de vida renovada, ya no a Nínive, ya no a Galilea o a Judea, sino a una humanidad de hoy: cansada, enferma, indiferente, consumista, hedonista, que necesita la voz firme pero esperanzadora de nuevos profetas y discípulos.

No temamos dar la respuesta afirmativa al Señor. El mundo de hoy necesita el compromiso valiente y cariñoso de los bautizados para lograr la conversión de una humanidad que se pierde fácilmente en sus propias vanidades y egoísmos. A veces, simplemente, lo que necesitan es la voz de un profeta o apóstol que les recuerde que son hijos muy amados de Dios, hermanos de Cristo y templos del Espíritu.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan