Sermones que Iluminan

Epifanía 4 (B) – 2012

January 30, 2012


A lo largo de la historia de la salvación, Dios Padre ha cuidado de todos los pueblos, haciendo presentes en medio de ellos a profetas que han sabido analizar y mostrar el mensaje. No han faltado tampoco los falsos profetas que en lugar de mostrar la Palabra de Dios se han mostrado a sí mismos. La radical diferencia estará siempre en su compromiso con la alianza.

En efecto, la obra salvadora de Dios integra a muchos colaboradores y varias alianzas pero todo se reduce a dos grandes alianzas. Por una parte, Moisés líder y profeta de la antigua alianza, libertador de Israel; por otra parte, Jesús hijo de Dios, líder y profeta de la nueva alianza, liberador de la humanidad con su muerte y resurrección.

Profundizando en la primera lectura, por revelación de Dios, Moisés nos anuncia tiempos nuevos para el futuro de la humanidad diciendo: “Suscitaré un profeta de entre sus hermanos. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande” (Deuteronomio 18:15).

La tradición judía vio aquí el anuncio de un profeta excepcional, un segundo Moisés, identificado a veces con el Mesías, cuya venida es esperada en el futuro. Cuando apareció Juan el Bautista, muchos se adelantaron y le preguntaron: “¿Eres tú el profeta?” (Juan 1,21). Pero desde muy temprano los primeros cristianos comprendieron que Cristo era “el profeta” (Hechos 3,22).

El relato termina proclamando que nadie puede arrogarse este privilegio de la profecía engañando así al pueblo, pero también afirmando que nadie puede cerrar sus oídos a la auténtica palabra profética. A ambos Dios les pedirá cuenta.

También hoy tratamos de forzar y dominar a la divinidad, queremos hacernos un dios a nuestra propia imagen y semejanza. Buscamos con anhelo a un Dios domesticado que esté de acuerdo con nuestra forma de pensar y de actuar. Pero una divinidad domesticada no es Dios. Tratar de manipular la palabra divina es una acción muy degradante.

Este mensaje de la primera lectura nos conecta de forma directa con el evangelio de hoy. Todo se sitúa en la sinagoga de Cafarnaún, el pueblo donde Jesús se había mudado y que se convertiría en el centro de sus operaciones pastorales.

El día privilegiado de una sinagoga era el sábado, cuando se celebraba la palabra. Nadie estaba especialmente invitado para hablar de la palabra. El jefe de la sinagoga podía designar a su gusto a cualquier judío de buena reputación, cuya enseñanza juzgara que fuera beneficiosa.

Es impresionante lo que a respecto señala el evangelio: “Llegaron a Cafanaún, y en el sábado Jesús entró en la sinagoga, y comenzó a enseñar” (Marcos 1,21). Jesús no fue a enseñar, sino al contrario se puso a enseñar. La gente quedó asombrada no por el nivel de la enseñanza, sino porque lo hacía con autoridad.

Jesús aprovecha la ocasión para darse a conocer, porque no enseña a la manera de los maestros de la Ley, los cuales repiten, interpretan, dan su opinión apoyándose en la de otros. Jesús habla partiendo de sí mismo: “Se ha cumplido el plazo. Ha llegado el reino de Dios. Tomen otro camino” (Marcos 1,15).

En esta parte, san Marcos resalta la presencia de la enseñanza de Jesús y la valoración que de esa presencia hacen los oyentes en comparación con los escribas que eran los participantes regulares. El interés no va por el contenido, es decir, por el porqué de la enseñanza, sino por el cómo de la misma, ya que enseñaba partiendo de sí mismo.

Realmente, Jesús es el nuevo Moisés, el más grande de todos los profetas, el gran catedrático de la palabra, de la enseñanza con autoridad, como dice el evangelio de hoy. Todos los cristianos dependemos de su palabra. La gran riqueza es que ciertamente le demos valor y credibilidad a su mensaje.

Jesús habla con autoridad, y con la misma autoridad expulsa a los demonios lo que contiene una enseñanza. Pues diariamente nos encontramos con las fuerzas que esclavizan al ser humano y se oponen a la verdad.

La mayor parte de las veces el espíritu del mal trata de disimular su presencia y, mientras nadie amenace sus posiciones, vemos solamente una sociedad humana presa de su corrupción y de sus miserias. En realidad, el enemigo no duerme. Ve con anticipación quiénes son los que pueden debilitar su imperio y, a penas empiezan a manifestarse despierta contra ellos a los malos, los mediocres, los que solo piensan en matar y destruir.

Los antiguos veían en muchos desórdenes físicos y mentales del ser humano un influjo de espíritus malos. Pero Jesús ha venido de parte de Dios, para liberarnos del mal en todas sus manifestaciones.

Así es cómo, al presentarse en algún lugar, se manifiesta también el malo, incluso, en la misma casa de oración, como nos dice san Marcos: “Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: ¿Qué quiere de nosotros Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?, yo te conozco, y sé que eres el Santo de Dios. Jesús, lo reprendió diciéndole: ¡Cállate y deja a este hombre! El espíritu inmundo obedeció y con fuerza salió de él” (Marcos 1: 21- 28).

El espíritu del mal conoce a Jesús de nombre y apellido. Este enfrentamiento fue impresionante y vendrán muchos más, hasta el día en que toda la sociedad judía se ponga de acuerdo para eliminar al Hijo de Dios.

Lo que sí está claro es que Jesús es el profeta por excelencia, sabe de lo que habla, corrige lo enseñado hasta el momento con respeto y humildad, y trae una doctrina nueva. Como cristianos comprometidos y responsables, el evangelio nos plantea el uso de la palabra como forma de enseñanza.

Enseñar es mostrar. Es hacer que alguien conozca a otro alguien, le descubra, establezcan relación, pero hacerlo con la palabra entraña un gran riesgo de no saber encontrar la forma adecuada, de provocar el efecto contrario al buscado, de ser confundido con los charlatanes vendedores de cualquier cosa.

Jesús lo hacía siempre con autoridad. Sabía que hablar de Dios era hablar al ser humano concreto, con sus desalientos y desamores y también sus alegrías. Sabía que hablar de Dios era hablar de la vida real, concreta y profunda con sus temores, sus violencias, miedos y miserias; no para ocultarla sino para hacernos ver que los efectos del espíritu inmundo nos encierran en la dinámica del sin sentido y los efectos del espíritu de Dios nos permiten romper las cuerdas que nos atan a este mundo sin sabor. Finalmente, Dios es el Señor de todo y todo lo pone al servicio de la humanidad.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan