Sermones que Iluminan

Epifanía 5 (A) – 2011

February 06, 2011


La Catequesis del Buen Pastor es un programa de formación cristiana para niños basado en la pedagogía de María Montessori. María Montessori formuló una serie de teorías sobre el aprendizaje de los niños en base a la observación científica. Al estudiar con cuidado a los niños y cómo aprenden, llegó a la conclusión de que la responsabilidad del adulto en el aprendizaje es de facilitador. Abrimos espacios y le damos a los niños las herramientas para que en el proceso de exploración, y guiados por su propia curiosidad, aprendan sobre el mundo a su propio ritmo.

La fundadora de la Catequesis, Sofía Cavaletti, tomó esos principios y los aplicó a la formación religiosa que conduce a la primera comunión. La Catequesis se presenta en el atrio, un salón de espacio callado y tranquilo, con materiales hermosos, donde niños y niñas de 3 a 12 años pueden explorar las narrativas de la vida de Cristo, las parábolas del reino de Dios y los principales elementos litúrgicos y sacramentales de la Iglesia.

Una de las presentaciones más hermosas es sobre el Bautismo. Se hace un poco después de la Pascua de Resurrección. Los niños entran al atrio que se encuentra en oscuridad. Solamente está prendido el cirio pascual y los pequeños se sientan en círculo a su alrededor. La catequista les cuenta que cuando Jesús vino a estar con nosotros en el mundo, empezó a brillar una luz nueva, una luz muy hermosa. Pero el Viernes Santo pasó algo muy horrible. A Jesús lo crucificaron y murió. En ese momento, apaga el cirio pascual y queda el salón a oscuras. Pregunta la catequista: “¿Qué sabemos nosotros que no saben sus amigos?” Ya que se ha discutido muchas veces en otras ocasiones, los niños responden: “¡Que resucitó al tercer día!” La catequista vuelve a encender el cirio y dice que al resucitar Jesús demostró que la luz era hermosa y también muy, muy fuerte, que no había nada en el mundo que la pudiera apagar.

La presentación ahora pasa a hablar de la obra nueva que comenzó ese domingo de Pascua: la obra de llevar la luz a todo el mundo, a todas las personas. Esa obra la lleva a cabo la Iglesia. Al decir estas cosas, la catequista enciende una velita pequeña y se la entrega a un niño o niña, diciéndole: “Merceditas, el día de tu bautismo, recibiste la luz de Cristo”, y sigue prendiendo y repartiendo velitas hasta que cada niño tenga su propia velita. El contraste entre la oscuridad que hubo al principio de la presentación, y la luz que brilla en el salón cuando están encendidas todas esas velitas es maravilloso.

Sofía Cavaletti y María Montessori comprendieron que es importantísimo para nuestro aprendizaje vivir lo que se está estudiando de manera concreta y encarnada. Muchas veces el salón lleno de niños queda totalmente callado por varios minutos mientras todo el mundo mira sus velitas. Al preguntarles si quieren decirle algo a Diosito en ese momento, los niños irrumpen en oraciones de agradecimiento, oraciones sencillas y conmovedoras.

Hoy el evangelio nos dice que tenemos que ser luz del mundo. Es fácil sentirse abrumados por semejante responsabilidad: ¿Cómo voy a ser luz cuando tengo tantos problemas en mi vida? La oscuridad a mi alrededor es enorme: guerras, desastres naturales, contaminación ambiental. Todos estos problemas son tan complejos que ¿qué puedo hacer yo si escasamente valgo como lucerito? Antes bien, lo que me hace falta es más luz en mi propio existir.

La presentación de la Catequesis del Buen Pastor nos recuerda que la luz que se nos ha pedido compartir es la luz de Cristo, la luz que se nos dio el día que fuimos bautizados. Nosotros no tenemos que crear esa luz. Ya la recibimos, y el costo de esa luz ya lo pagó nuestro Redentor. Solitos somos apenas un rayito de luz en el universo de oscuridad. Pero para alguien que anda perdido ese solo rayito puede ser suficiente para dar nueva vida y esperanza.

Tal vez conozcan la historia del hombre que andaba caminando por la playa y vio que habían quedado atrapadas centenares de estrellitas de mar sobre la arena. Empezó a echarlas al mar, una por una. Era un trabajo lento. Pasó una persona que se burló de él diciéndole que no iba a lograr salvarlas a todas. El primer señor se agachó tomó otra estrellita y la puso en el agua y se volteó y dijo: “Lo sé pero, por lo menos, pude salvarle la vida a esa estrellita”. De eso se trata. Somos ministros, no somos el Mesías. Solamente se nos invita a dar lo que podamos dar para que brille la luz.

Muchos luceritos juntos dan mucha luz. Cada una de las personas que se ha congregado aquí es miembro del cuerpo de Cristo. A veces nos cuesta trabajo comprender cuánta capacidad tenemos a nuestro alcance como comunidad consagrada a las obras de fe. Juntos podemos ser una luz potente que pone de relieve las injusticias del mundo, ilumina los lugares de esperanza y bondad y ayuda al perdido a que encuentre un nuevo porvenir. Jesús nos regaló su luz en el día de nuestro bautismo. Nos pide que ese regalo que nos dio lo regalemos nosotros también.

Bueno, ya sabemos que nuestro llamado es a ser luz, a ser una fuerza dinámica de transformación en el mundo. En cierto sentido, lo que sigue después en la lectura que escuchamos del Evangelio de Mateo pareciera echarle un baldado de agua fría a ese mensaje. Ser luz es lanzarse sin temor en toda dirección. Los rayos de luz que irradian del sol no seleccionan hacía donde se van a extender. Sencillamente salen y brillan.

Ahora bien, así mismo estamos listos para salir a encender el mundo con nuestras obras, con nuestra fe, pero primeo debemos leer el resto del pasaje de Mateo que dice:

“No crean que he venido a suprimir la Ley o los Profetas. He venido, no para deshacer, sino para traer lo definitivo. En verdad les digo: mientras dure el cielo y la tierra, no pasará una letra o una coma de la Ley hasta que todo se realice. Por tanto, el que ignore el último de esos mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos.”

Ser sal o ser luz, es estar dispuesto a ir a lugares desconocidos, tal vez inseguros, lugares donde es fácil encontrar complejidad y ambigüedad. Si es así, ¿por qué será que inmediatamente después de llamarnos a este tipo de discipulado, Jesús nos echa en cara la ley, los doce mandamientos que tanto tienen que ver con las viejas maneras de ser fiel? ¿No es el amor más fuerte que cualquier ley?

Jesús sabe muy bien, que la ley y la luz de su amor no se contradicen. Por lo contrario, se complementan. Al ser bautizados hemos recibido su luz. Pero tenemos que vivir según las leyes de Dios para abrir cada vez más espacio en nuestras vidas para que pueda brillar la luz. Los diez mandamientos nos piden que vivamos para los demás, dejando a un lado nuestros peores impulsos, llevando vidas menos complicadas para tener más fuerza, más energía para brindársela al mundo.

Hermanos y hermanas: hemos recibido la luz de Cristo en nuestros corazones. Hay que practicar la disciplina de cumplir los mandamientos que forjan la virtud y el buen carácter y que nos vuelven más dispuestos a aceptar toda la luz que Jesús nos brinda. Nuestras vidas tienen que ser transparentes para que toda esa luz brille, transforme, dé frutos y glorifique a Dios en este lugar y momento. Ese es nuestro llamado. Que Dios nos dé la fuerza para responder, para ser luz que brilla en la oscuridad.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan