Sermones que Iluminan

Epifanía 5 (A) – 2020

February 09, 2020


Hace algunos domingos, veíamos cómo unos sabios de oriente fueron a visitar a Jesús recién nacido, para ofrecerle oro, incienso y mirra.  Con esta celebración, dimos apertura al “Tiempo de Epifanía”, que tiene como meta llevarnos de forma pedagógica, domingo a domingo, al conocimiento de la persona de Jesús.  Se nos ha revelado, en este tiempo, que Jesús es Dios, Hombre y Rey, y por eso los sabios le presentaron sus ofrendas; asimismo, que vino de un hogar humilde en el que creció de acuerdo con las tradiciones religiosas y culturales de su pueblo; y, en la adultez, hemos visto al Hijo de Dios, empezar a recorrer los caminos de Galilea constituyéndose en Maestro, llamando a hombres y mujeres humildes y sencillos a ser sus discípulos.

El texto que leímos hoy, más que mostrar elementos de la personalidad de Jesús, presenta características de sus discípulos; sin embargo, hay que tener en cuenta que este relato es la continuación del pasaje conocido como las Bienaventuranzas, con las que se introduce el Sermón del monte. Esta lectura no fue realizada el pasado domingo porque la fiesta de la Presentación del Señor tuvo prelación.

En el Sermón del monte, Jesús empieza a enseñar a quienes le seguían, que ellos son bienaventurados al trabajar por la justicia, la construcción de paz, o si son maltratados por buscarlas; también les dijo que son dichosos aquellos que se mantienen con un corazón limpio o cuando son atacados por causa de Jesús y su mensaje. Aquéllos que actúan de esta forma, obtendrán por recompensa un premio que excederá sus trabajos y sufrimientos: el Reino de los Cielos, donde recibirán consuelo por ser fieles a Dios. Cuando cada cristiano, en su vida concreta, pone en práctica las recomendaciones de Jesús, es decir las Bienaventuranzas, está experimentando en su vida concreta dicha recompensa, la cual llegará a plenitud en la eternidad.

Los discípulos de Jesús son aquellas personas que construyen el Reino de Dios aquí y ahora, anunciando su nombre y las obras de justicia y de paz. Son quienes, en ocasiones, están dispuestos a sufrir un poco por cumplir con su tarea y, aun así, siguen siendo fieles a la misión que se les ha encomendado porque son testigos de las obras magníficas que ha realizado Dios y esperan fielmente su promesa del Reino de los Cielos. Es a estos discípulos a quienes hoy, el Maestro, les dice que son sal y luz.

Tradicionalmente la sal ha tenido dos usos: conservar alimentos y dar sabor; la luz, por su parte, ilumina en todas direcciones y permite que lo oculto se revele. Cuando Jesús dice a los discípulos que son sal, les está comunicando que su tarea es conservar lo bueno que hay en el mundo, evitando que desaparezca o se vea contaminado; pero también les está invitando a darle sabor al mundo, llenando de esperanza a todos aquellos que pasan por momentos difíciles, tristes y de dolor. En otras palabras, darle sabor a la vida de aquellos que no le encuentran sentido por las dificultades en las que se hayan inmersos. Cuando Jesús indica que quienes construyen el Reino de los Cielos son luz, está diciendo que están llamados a llevar la presencia de Dios a cualquier lugar, con la intención de que lo oculto salga a la luz, que quienes no ven empiecen a gozar de la visión, las víctimas de injusticias y guerras vean que la paz y la justicia florece y que muchos vean la gloria de Dios en los lugares en los que antes no podían verla.

Esta idea de ser sal y luz, concluye a renglón seguido con la indicación de que si la sal pierde sabor no sirve y hay que botarla, y que si la luz se pone en un lugar donde no puede brillar y alumbrar a otros no sirve para nada. Todos los que asistimos a la Eucaristía, meditamos la Palabra de Dios de forma regular, oramos y nos comprometemos en hacer el bien en virtud de nuestro bautismo, nos sabemos llamados por el Maestro a ser sus discípulos, hermanos y hermanas constructores del Reinado de Dios en medio de este mundo a veces convulsionado. Podríamos decir que aquellos cristianos que avanzan en el mundo con el ánimo firme de transformar la realidad, de hacer un mundo mejor, lleno de posibilidades para todos, de paz y de hermandad, están cumpliendo con su tarea de ser sal y luz del mundo. Mientras que aquellos que ven las injusticias, la guerra, la discriminación, el sufrimiento y siguen de largo, son como la sal que ha perdido su sabor o la luz que se oculta y no ilumina a nadie.

Hoy el Señor con su palabra viene a darnos ánimo, nos dice: yo confío en ti, sé que eres sal que tiene sabor, que puede ayudar a que este mundo conserve lo bueno que hay en él; tengo la certeza de que tu presencia hará que muchos no pierdan la esperanza y se unan a ti para hacer el bien y construir el Reino de Dios donde estén presentes. Jesús no interpreta el mundo como algo contra lo cual hay que luchar; él ve en cada ocasión adversa al Evangelio una posibilidad de bendición y un espacio novedoso para manifestar su gloria. Los cristianos no debemos tener miedo del mundo pues Dios está con nosotros y es nuestra tarea hacer de él un lugar mejor para todos; hacer de este mundo la casa de los hijos de Dios.

Así, por ejemplo, cuando leemos la Sagrada Escritura, encontramos que el apóstol Pablo, hacen referencia a la Ley y que quienes creen en Cristo ya no son esclavos de ella sino hijos de Dios. Esto no significa que los cristianos estemos en contra de la Ley de Dios o del Estado, sino que, reconociendo que ellas están dadas para hacer el bien, estamos llamados a hacer algo más de lo que indica la ley, pues somos sal y luz. Si la ley nos dice que no debemos robar, los cristianos no sólo no robamos, sino que cuidamos la propiedad de otros; si la ley dice que honremos a nuestros padres, no sólo los honramos, sino que los cuidamos como un regalo de Dios; si la ley nos dice que santifiquemos las fiestas, no sólo guardamos el domingo para adorar al Señor, sino que lo alabamos todos los días. Por eso Jesús dijo que él no vino a abolir la ley sino a darle cumplimiento.

Pidamos al Señor que nos anime a seguir siendo sal y luz en medio de cada una de nuestras comunidades y familias, y que no nos contentemos solamente con cumplir los mínimos que indica la ley, sino que hagamos más de lo que se nos pide. Amén. 

El Rvdo. Nelson Serrano Poveda, M.A.R., es psicólogo de profesión y diácono en transición de la Diócesis Episcopal de Colombia. Actualmente es clérigo adscrito a la Catedral Episcopal de San Pablo, en Bogotá.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan