Sermones que Iluminan

Epifanía 6 (A) – 2011

February 13, 2011


En cierta ocasión una persona estaba llenando un crucigrama y preguntó: ¿Qué palabra de cuatro letras significa una reacción emocional muy fuerte hacia una persona difícil de tratar? Alguien que pasaba por allí dijo: “La respuesta es, ´odio´”. De repente, una señora que estaba muy cerca escuchó la respuesta y grito: “¡No, la respuesta es ´amor´!”

En la vida, cada uno de nosotros se encuentra a menudo llenando ese mismo crucigrama. Sin embargo, aunque las dos respuestas encajan, la forma de responder solo dependerá de usted.

La lectura del Antiguo Testamento nos recuerda esta misma verdad. Nosotros tenemos la opción de elegir entre la vida y las adversidades. Elegir la vida significa que reorganicemos nuestras acciones de tal forma que respetemos la dignidad de cada ser humano, y que a su vez nuestra vida en comunidad ofrezca un espacio para que toda persona pueda experimentar el amor y la gracia de Dios. No existe mayor mandamiento para la Iglesia de Dios que el mandamiento de Jesús de amarnos los unos a los otros como Dios nos ama. Jesús nos asevera, que a través de ese amor, otros sabrán que somos sus discípulos.

Y es precisamente este, el ángulo desde el cual debemos entender las palabras de Jesús en el pasaje de hoy. El evangelio nos presenta una porción de lo que tradicionalmente conocemos como el Sermón de la Montaña. En él Jesús aborda temas tales como, la ira, el asesinato, los deseos carnales, el adulterio, y jurar en falso. Aunque cada uno de estos tópicos requeriría un estudio y exposición por separado, es importante notar que en su conjunto, ofrecen una oportunidad para reflexionar sobre lo que significan para nosotros, desde el punto de vista comunitario.

Debemos aclarar que con anterioridad al pasaje de hoy, Jesús había manifestado que no había venido a abolir la ley, sino a llevarla a su máxima realización, a su cumplimiento. No se trata en absoluto, como algunos creyentes suelen pensar, que Jesús está suavizando la Ley y los mandamientos dados a través de Moisés. Jesús no está sugiriendo que interpretemos los “diez mandamientos” como las “diez sugerencias”. Por el contrario, lo que Jesús hace es acudir a la autoridad de las Escrituras para ofrecer una nueva interpretación de la Ley, la cual se basa en la ética del amor y la reconciliación.

Y la ética a la que Jesús nos llama es a enraizar nuestras vidas en el amor y la reconciliación. Por eso nos alerta, en la lectura de hoy, con estas palabras: “Si mientras llevas tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a llevar tu ofrenda” (Mateo 5:23-24).

Jesús, en vez de enfocarse en acciones tales como, el acto de matar, el adulterio, el divorcio y los falsos juramentos, orienta, más bien, su enseñanza a los riesgos que estos actos representan para la unidad de nuestra vida comunitaria. Nos invita a reflexionar en sus consecuencias, en el mal que ellos nos hacen. De ahí que la manera en que nos relacionamos e interactuamos unos con otros en nuestra vida común y diaria sea un elemento crucial en nuestra vida espiritual como comunidad de fe, y Jesús nos invita a que aceptemos el amor mutuo y la reconciliación como los medios que inspiran e informan el modo en que nos tratamos los unos a los otros.

La reconciliación es un acto que intenta reparar una relación quebrantada. Jesús nos enseña que restaurar nuestras relaciones es más importante que hacer ofrendas de sacrificio. Es esta misma perspectiva de la reconciliación humana a la que Jesús nos invita a reflexionar con respecto al adulterio y toda acción que hace que las relaciones humanas sean quebrantadas. Para Jesús la importancia de las relaciones humanas está por encima de legalidades o reglas sociales.

Si tomamos el divorcio como un ejemplo, nos daremos cuenta que el divorcio es algo muy doloroso en la vida de cualquier persona involucrada en el proceso. Es imposible imaginarse a una pareja, a sus hijos, a su familia, a sus amistades y a su comunidad disfrutando o sintiéndose inmune ante el dolor causado por el divorcio de una pareja. El divorcio es un proceso lleno de momentos amargos y de dolor, causado por el quebrantamiento de una relación. El amor de Cristo nos ofrece el modelo para ser y actuar de tal forma que nuestras relaciones sociales e intimas se fundamenten en el amor y respeto mutuo, para que florezcan y se fortalezcan en vez de ser quebrantadas.

Hablando francamente, la vida nos presenta muchos retos y a menudo no encontramos soluciones a los problemas que enfrentamos. No existen soluciones mágicas para afrentar el sufrimiento, la soledad, la pena y el dolor que atravesamos ante una separación; pero sí hay una esperanza. Nuestra esperanza está basada en el papel que, como comunidad de fe, estamos llamados a ejercer a través del ministerio de la reconciliación, y siguiendo el modelo de la nueva ética del amor a la cual Jesús nos invita a participar. Jesús insistió en esa nueva ética de amor como la forma de mantener nuestras relaciones humanas y nuestra relación con Dios. La misma vida de Jesús es el modelo primordial a imitar. Jesús buscó formas de expresar el amor ilimitado e incondicional de Dios. Esta nueva ética de Jesús nos invita a amar a otros de la misma forma que Dios nos ama: pacientemente, llenos de misericordia, extendiendo oportunidades para el perdón y la reconciliación y procurando el bienestar común.

Algunos piensan que los que venimos a la iglesia somos una especie de “santos” que no necesitamos la guía y gracia de Dios. Pero nosotros sabemos que no es cierto; la vida suele ser más compleja de lo que quisiéramos, y las relaciones humanas, tanto dentro como fuera de una comunidad de fe, pueden ser un verdadero reto ante la fe que profesamos. Pero nuestro consuelo nos llega en la convicción de que Dios es un Dios relacional, que no nos creó para estar aislados, enojados, apartados, llenos de resentimientos y desconfianzas, llenos de heridas y sufrimientos, sino para que en comunidad podamos experimentar la gracia y el amor de Dios. La verdadera esperanza, y debemos atrevernos a decir que es también la esperanza de Dios, es que ustedes y yo podamos activar esa misma gracia y amor dentro de nosotros y crear juntos no solo una comunidad de amor, saludable y prendida en la llama del amor, sino también que reconozcamos que Dios es una fuente inagotable y creativa de amor de quien surge un poder relacional que nos da un sentido de comunidad único; un sentido en el cual dejamos de ser una raza humana para convertirnos en una gran familia humana.

Hermanos y hermanas, Dios en su Palabra hoy nos pide que elijamos entre el odio y el rencor o el amor y el perdón. No obstante, las dos opciones siempre estarán a su alcance, pero la forma de responder solo depende de usted.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan