Sermones que Iluminan

Epifanía 6 (A) – 2017

February 19, 2017


Cuando alguien nos pide un favor, es natural que esa persona espere que nuestra respuesta sea afirmativa. Pedimos porque nos hace falta algo o porque necesitamos de alguien. Dios nos pide que en nuestra existencia cotidiana elijamos la vida, una vida que nos colmará de alegría. Tal vez al pensar que es Dios quien nos pide elegir este tipo de vida, sintamos temor, pues sabemos que Él es un Dios exigente, que recoge donde no ha sembrado. Sin embargo, debemos estar tranquilos. Él nos conoce y sabe de los grandes dones con los cuales nos ha revestido. Su bendición está con nosotros y estamos invitados a no tener miedo porque en Él viviremos eternamente felices.

En domingos anteriores, el evangelio nos daba las pautas para vivir en la dicha, en la felicidad y en la bienaventuranza. Luego se nos invitaba a darle sabor a nuestra vida y a la vida de los demás, siendo la sal de la tierra y luz del mundo.

Hoy, el salmista nos recuerda que al elegir y seguir la vida que Dios nos propone a la manera de Jesús, y en especial como miembros de su Movimiento, aprenderemos a llevar a cabo lo que es más justo en favor de quienes piden nuestra ayuda. Siguiéndole a Él, le buscaremos de todo corazón y serviremos con fidelidad.

Cierto día un discípulo le preguntó a su maestro: ¿Qué debo hacer para aprender a perdonar a mis hermanos? Su maestro le contestó: si no condenas a nadie nunca tendrás necesidad de perdonar. ¿Quién de nosotros ha presenciado una pelea entre dos niños que se disputan por un juguete? Ese juguete que momentos antes ninguno de los niños había notado, de repente se convierte en el centro de atracción para ellos y es la causa de una pelea que generalmente termina con el llanto de los dos interesados rivales.

A nosotros a veces nos sucede lo mismo que a esos niños. Algo que no notábamos de nuestra vida familiar, laboral o en nuestra relación de pareja, de un momento a otro se convierte en el centro de atención en nuestras vidas, y al no poder salir victoriosos, la frustración y el enojo inunda nuestra mente. Olvidamos los bellos momentos que esa persona nos ha proporcionado y damos comienzo a una confrontación sin sentido.

El evangelio de hoy nos indica que solamente en el amor a Dios y en la escucha atenta a sus palabras, nuestros sentimientos de división se aplacarán y al perdonar como Cristo nos perdonó, podremos recobrar la paz y la alegría para con esa persona a quien ofendimos o quien nos ofendió. Si nos mantenemos fieles a Dios y a las personas que amamos, entendiendo que todos somos diferentes, aprenderemos a no juzgar y así no tendremos necesidad de perdonar como le respondió el maestro a su discípulo.

La dicha y la felicidad que Jesús nos invita a vivir, debe contraponerse a los deseos de envidia y división entre nosotros, al enojo con nosotros mismos por no tener lo que queremos y peor aún, al enojo con los demás porque tienen más que nosotros. Esos sentimientos nos pueden llevar a cometer acciones que ponen en peligro nuestra libertad y nuestra convivencia.

Debemos aprender a reconocer que la riqueza más grande la recibimos en nuestro bautismo. Somos hijas e hijos del Rey y entre nosotros, somos hermanos en la fe. Viviendo en esa riqueza de ser hijos y hermanos no dará lugar a que en nuestra mente o en nuestro corazón se alberguen sentimientos de rencor o envidia hacia nuestros semejantes.

Tal vez la falta de ejercer nuestra condición de bautizados mediante la escucha y la vivencia de la Palabra de Dios, nos haga olvidar que todos estaremos sentados en la misma mesa, compartiendo el mismo pan. Si ese olvido nos ha alejado de Dios o de algún hermano, debemos ponernos en paz con ambos, para entonces compartir el mismo alimento.

La celebración de la Cena del Señor es el momento más importante de nuestra vida espiritual y no debemos permitir que lo destruya ningún sentimiento de división. Siempre es mejor llegar a un buen acuerdo, que tener un mal pleito. Como anotábamos anteriormente no debemos comportarnos como niños egoístas y malcriados. En una sana conciliación y viviendo la caridad podemos ganar más que en un juicio desgastante y egoísta.

Todos estamos llamados a darles una nueva oportunidad a quienes nos han ofendido, pues así también podemos gozar de la posibilidad de ser perdonados cuando hayamos ofendido a un hermano. El encierro en nosotros mismos trae tristeza y desolación y estamos llamados a vivir en la alegría de los hijos de Dios. Aprendamos a dejar atrás todo rencor entre nosotros.

Si nos esforzamos a ser fieles a las enseñanzas que recibimos de nuestros padres en la vivencia de la fe, tendremos herramientas para no engañar a Dios y a quienes decimos amar y con mayor razón a esa persona a quien le hemos prometido nuestra entrega en el amor y la fidelidad durante todos los días de nuestra vida.

Recordemos que las cosas no son malas en sí mismas, recordemos que son nuestros deseos o intenciones sobre ellas las que nos hacen caer en el error. Todo nuestro ser debe estar dispuesto a hacer el bien; no podemos permitir que ninguna de nuestras extremidades o partes de nuestro cuerpo cause daño a nuestro prójimo ni a nosotros mismos, estamos invitados a construir y no a destruir. Es por esta razón que no podemos darnos el lujo de negarnos, a quien necesite de nuestra ayuda y en especial en estos tiempos difíciles para nuestros hermanos emigrantes. Digamos ¡Sí, aquí estoy Señor para hacer tu voluntad! y ¡Sí aquí estoy para ti, para siempre servirte a ti que eres mi hermano!

Entre todos aprenderemos a construir sin rivalidades porque somos de Cristo como dice el apóstol Pablo. Cada uno de nosotros tenemos una parte importante que aportar en la construcción del Reino de Dios y si no cumplo con mi aporte, nadie lo hará por mí.

Trabajemos juntos para producir abundantes frutos en el amor para la vida del mundo y respondamos siempre al llamado de Dios diciendo: ¡Sí! ¡estoy dispuesto! ¡Estoy dispuesto con tu ayuda Señor!

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan