Sermones que Iluminan

Jueves Santo – 1 de abril de 2021

April 01, 2021

LCR: Éxodo 12:1-4, (5-10), 11-14; Salmo 116:1, 10-17 (LOC); 1 Corintios 11:23-26; San Juan 13:1-17, 31b-35

Hoy, Jueves Santo, recordamos los hechos ocurridos el día anterior a la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo; recordamos dos de sus más grandes legados: La Santa Comunión y el nuevo mandamiento. Jesús sabía que la hora de su sacrificio en la cruz se acercaba y por tanto se dispuso a celebrar la última cena con sus discípulos. Ésta tendría lugar en el marco de la celebración de la cena pascual.

Como sabemos, la cena de la pascua es parte central de una de las fiestas más importantes de los judíos: el “Passover” o Pésaj. La cena pascual, descrita en detalle en la primera lectura de hoy, es un recordatorio de la noche anterior a la liberación del pueblo de Israel de su esclavitud en Egipto. Esa noche, la sangre del cordero pascual, untada en el marco de las puertas de las casas de los israelitas, salvó la vida de sus hijos mayores, y su carne les sirvió de alimento para la larga jornada hacia la libertad, lo que ocurrió al día siguiente. La cena pascual, entonces, fue la última cena del pueblo de Israel durante su esclavitud y le preparó para su liberación. Nuestro Señor Jesucristo y sus discípulos, como judíos que eran, observaban fielmente esta fiesta, por esto les convocó para celebrar su última cena pascual con ellos.

Debido a que la última cena ocurrió el día anterior a la muerte de nuestro Señor en la cruz, es decir, a su sacrificio por el cual nos liberó de la esclavitud del pecado, la última cena pasó a convertirse para nosotros, los cristianos, en nuestra cena pascual: ésta es la cena mediante la cual se afirma nuestra liberación del pecado y nuestra redención; ésta es la cena durante la cual el Cordero de Dios nos alimenta espiritualmente con su carne y nos protege de la muerte en el pecado mediante su sangre. Así como Dios mandó a los israelitas a celebrar el Passover todos los años y por siempre, nuestro Señor Jesús nos mandó celebrar esta Santa Comunión cada vez que nos reunamos en memoria suya.

Es importante observar que, al establecer el Sacramento de la Santa Comunión, Jesús terminó de una vez y para siempre el derramamiento de sangre inocente que ocurría con la cena del Passover: Jesús se convirtió en el Cordero Pascual que quita los pecados del mundo, quien se da a nosotros vivo y realmente presente en el pan y el vino que compartimos, los cuales fortalecen nuestra alma para la jornada de liberación del pecado en nuestras vidas. Al darse a sí mismo como nuestro alimento espiritual, Jesús nos invita a todos, sin distinción ni barrera de ninguna clase, a recibir la Santa Comunión.

Es tan central este acontecimiento, que no sólo los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas nos narran este hecho, a través del cual Jesús transforma los elementos básicos y cotidianos del pan y el vino mediante su presencia real en ellos para la alimentación y fortalecimiento de la vida de todo cristiano, sino que también es narrado por Pablo en el texto que leímos hoy, de la primera carta a la comunidad de Corinto, siendo ésta la narración más antigua de la institución de la Eucaristía.

Sin embargo, Jesús, en el evangelio de San Juan que hemos leído hoy, en el marco de esta última cena, nos deja además una gran enseñanza y un nuevo mandamiento. Una vez terminada la cena, Jesús se puso a lavarles los pies a los discípulos, lo cual les llenó de asombro y de resistencia a Pedro cuando llegó su turno, seguramente por un sentimiento muy sincero de no ser digno de ello. Jesús, sin embargo, le dice que, si no le permite servirle, no puede ser discípulo suyo. Y es que, en los tiempos bíblicos, lavarle los pies a alguien no era un acto de humillación como se puede entender en algunos contextos contemporáneos. Para muchos, la reacción de Pedro es completamente lógica; incluso se puede observar la misma dificultad para participar en el lavado de los pies en iglesias donde se incluye esta actividad en la celebración del Jueves Santo. En los tiempos bíblicos, el lavado de pies era una muestra muy profunda de hospitalidad. Recordemos cómo Lot, en el libro del Génesis, ofrece lavarle los pies a los tres ángeles que lo visitan, y en el Evangelio de San Lucas, Jesús reprocha a Simón, el fariseo, por no haberle ofrecido agua para lavarse los pies mientras que una mujer se los lavó con sus lágrimas.

Con el lavado de los pies, Jesús quiso enseñar a los discípulos a ser humildes, a ayudarse y apoyarse unos a otros en toda circunstancia sin consideraciones de privilegio o de posición de autoridad. Jesús les dijo: “¿Entienden ustedes lo que les he hecho? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y Señor, les he lavado a ustedes los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo les he hecho.”

Pero Jesús no sólo nos enseñó a llevar una vida de servicio y humildad, no sólo nos dio ejemplo hasta el final, en la Cruz, también nos mandó que nos amáramos los unos a los otros, diciendo: “Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros.  Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros, todo el mundo se dará cuenta de que son discípulos míos.” Estas palabras son similares a las que Jesús dirigió a Pedro cuando éste se negó a dejarle que le lavara los pies: “Si no te los lavo, no podrás ser de los míos.” Para ser un verdadero discípulo de Jesús, es necesario amar y servir al prójimo, como Jesús nos amó y se entregó por nosotros.

Jesús, momentos antes de ser arrestado para luego ser condenado a muerte en la cruz, nos deja estas últimas enseñanzas, las cuales encierran en sí todas las que dio a lo largo de su vida pública: La vida del cristiano se caracteriza por el amor de unos para con otros. El cristiano muestra su amor, devoción y consagración a Dios no con palabras solamente, sino con actos de amor, generosidad, misericordia y compasión. El seguidor de Cristo se compadece de los que sufren y comparte con ellos lo que tiene. El seguidor de Cristo no guarda rencores ni busca venganza, sino que perdona, como Jesús nos perdonó.

Así que ahora, cuando recordamos estos misterios en las últimas horas antes del comienzo de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, propongámonos, de todo corazón, seguirlo, cargando nuestra propia cruz a cuestas, dando pasos firmes hacia el calvario, con el gozo de su presencia constante a través de la Santa Eucaristía y con el firme propósito de honrarlo y obedecerlo a través de nuestro esfuerzo por amarnos unos a otros como él nos amó y se entregó por nosotros. Amén.

El Rvdo. Edgar A. Gutiérrez-Duarte es Vicario de la Misión St. Luke’s-San Lucas en Chelsea, Massachusetts. Sirve como director del Comité Diocesano para Ministerio Hispano, y es miembro de la Junta de Directores de la Colaborativa de Chelsea, organización que sirve a inmigrantes y trabajadores del área.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan