Sermones que Iluminan

Miércoles de Ceniza – 17 de febrero de 2021

February 17, 2021

[RCL]: Joel 2:1–2, 12–17; Salmo 103 o 103:8–14; 2 Corintios 5:20b–6:10; San Mateo 6:1–6, 16–21

Hoy es miércoles de Ceniza. La liturgia de este día marca, en la tradición de nuestra iglesia, el inicio de un viaje, de unos cuarenta días, lleno de oportunidades para la reflexión, el crecimiento y la práctica de nuestras disciplinas espirituales. En este viaje recorremos un camino que nos conduce al Triduo Pascual, momento en el cual recordamos la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. El miércoles de Ceniza es la puerta por donde entran los que viajan, al camino se le llama cuaresma, nosotros somos los viajeros y nuestro equipaje son la fe, la palabra de Dios y nuestras prácticas.

La razón de ser de los ritos que celebramos en este día, incluyendo la imposición de la ceniza, ha sido la misma desde que esta tradición empezó: ayudar a quienes participamos en ellos a ponderar la necesidad de hacer las paces con Dios por el arrepentimiento y recordarnos cuál es nuestro destino final que, bien vale la pena aclarar, no es la muerte. De modo que mientras más conscientes entramos en el espíritu de la cuaresma más crecen nuestras oportunidades de recoger frutos de vida el domingo de Resurrección.

La cuaresma es un llamado al cambio desde lo más profundo del corazón. Las palabras “recuerda que eres polvo y al polvo volverás”, que pronuncia el ministro cuando nos impone la ceniza, no son una sentencia de muerte sino un recordatorio de nuestro origen y destino final; son palabras de vida que invitan al despertar de la conciencia y a recordar el aspecto transitorio de nuestro estar aquí. Regresar al estado de bondad que tuvimos antes de ser maleados por el pecado, es volver enteros a las manos de nuestro Creador, donde Dios es otra vez alfarero y nosotros su arcilla. Ese regreso es -y nunca dejará de ser- la realidad más cierta de nuestro peregrinaje y el enlace con la promesa futura.

Es por esto, que la conversión es siempre tema central en la estación de la cuaresma. La conversión demanda cambios que nos ayudan en el proceso de la reconciliación con Dios, con los demás, con nosotros mismos y con el universo que nos rodea. Si al final de esta estación litúrgica experimentamos crecimiento en algunos aspectos de nuestra vida espiritual, entonces habremos hecho de ella una experiencia fructuosa.

Por segundo año consecutivo estamos celebrando esta liturgia del miércoles de Ceniza bajo una situación de pandemia. Las pandemias, sin importar su origen o época, siempre son mala noticia. Cualquiera pensaría que quienes la hemos logrado sobrevivir adoptaríamos una actitud más mansa y humilde, menos agresiva, de más cordialidad con los otros; que entenderíamos de una vez por todas la fragilidad de la vida y la interdependencia que nos une como compañeros de viaje en el mismo barco. La dolorosa realidad es que no es así, muchas personas no entienden y siguen siendo desafiantes, soberbios y violentos; algo les empaña la razón y les nubla el pensamiento, no pueden ver, están ciegos.

La buena noticia es que hay quienes están aprendiendo una manera diferente de ver la vida, cuya sensibilidad por la causa humana ha crecido y su entendimiento del papel preeminente de Dios en la vida de los seres humanos se ha reafirmado. Esas personas abren puertas, extienden manos de solidaridad, construyen puentes para la paz y su sola presencia evoca esperanza. Ellos están entrando en esta estación de cuaresma con la actitud correcta y con propósitos muy definidos; saben lo que quieren y conocen cuál es la parte de su interior que más necesita ser trabajada y así lo piden humildemente en sus oraciones, como parte de su búsqueda diaria por encontrarse consigo y con Dios; no se hacen eco de rumores infundados, sino que buscan la verdad de las cosas, aunque esa verdad lesione sus propios intereses y les imponga cambio en su actuar y parecer.

Para ellos el arrepentimiento no es una transacción de conveniencia transitoria o sugerida por el tiempo litúrgico, sino un principio de vida permanente y disciplina del alma. En ese sentido la conversión y el cambio son para ellos herramientas imprescindibles para salvarse y ser felices. Su búsqueda de Dios en tiempos como éstos es fruto de un acto de la convicción y no de la desesperación; entienden que la verdad es lo único que hace a la persona completamente libre y que seguir los decretos de Dios es el mejor camino para encontrarse con esa verdad y disfrutar a plenitud los frutos de la conversión.

Hacia finales del siglo sexto antes de Cristo, el profeta Joel -de cuyo libro leímos la primera lectura- proclamaba la necesidad que tiene el pueblo de hacer un cambio de corazón. Ese cambio necesita venir de adentro y tiene que ser radical. Ante el peligro inminente de invasiones de ejércitos enemigos y plagas, el profeta llama a la conversión: “Pero ahora —lo afirma el Señor—, vuélvanse a mí de todo corazón. ¡Ayunen, griten y lloren! ¡Vuélvanse ustedes al Señor su Dios, y desgárrense el corazón en vez de desgarrarse la ropa! Porque el Señor es tierno y compasivo, paciente y todo amor, dispuesto siempre a levantar el castigo.” Ese llamado a volver a Dios, conversión, es una línea constante que atraviesa la narrativa bíblica desde el libro del Génesis hasta el libro de la Revelación o el Apocalipsis. Ha estado latente desde la gran caída y seguirá latente mientras tengamos existencia.

El profeta sugiere que debemos cambiar desde adentro hacia afuera y utiliza un lenguaje analógico para simbolizar el sentido radical de ese cambio: “desgarrar el corazón.” La expresión, más que implicar una simbología externa, apunta a una revolución interior cuyos efectos repercuten en todo lo que nos rodea. Esa revolución, que viene desde dentro de nosotros mismos, es la que desencadena, según el profeta, la acción del perdón que viene de Dios.

No estamos sugiriendo que esta pandemia sea un castigo de Dios, porque no lo es. Esa imagen del Dios que castiga la corrigió Jesús cuando nos introdujo al Padre amoroso, enseñándonos a llamarle Padre nuestro. Lo que estamos sugiriendo es que nos adentremos en esta experiencia de cuaresma con plena conciencia de que somos personas en necesidad de ser redimidos y reconciliados con Dios, que somos seres necesitados los unos de los otros. Vivir con plena conciencia de lo mucho que necesitamos a Dios y a los demás, es la diferencia entre vida y muerte.

Adentrémonos pues, en esta aventura de cuarenta días, con corazones y mentes abiertos, a la escucha de la Palabra, conscientes de la realidad que nos rodea, y atentos y dispuestos a seguir las directrices de Dios.

El Rvdo. Simón Bautista es canónigo misionero para la Iglesia Catedral de Cristo, en Houston, Texas.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan