Sermones que Iluminan

Pascua 2 (A) – 19 de abril de 2020

April 19, 2020


Celebramos el Segundo Domingo de Pascua y hemos escuchado la predicación de Pedro proclamando a Cristo Resucitado; lo que contrasta con el episodio de la duda de Tomás. ¿Cómo es posible que se nos muestren estas dos experiencias tan distintas en un domingo de Pascua? Los acontecimientos que se narran, tanto en el libro de los Hechos como en el evangelio de Juan, tienen contextos distintos pero que aluden a una sola realidad: la resurrección de Jesús.

En el primer caso, Pedro y los demás seguidores de Jesús han recibido el Espíritu Santo y, libres ya del miedo a las autoridades, proclaman con valentía a Cristo Resucitado. En el segundo, el evangelista Juan nos sitúa en los días en que Jesús resucitado se muestra a sus discípulos y discípulas. Tomás, uno de sus seguidores, se resiste a creer; él quiere ver y tocar las heridas en el cuerpo del Señor. La duda de Tomás se disipa con la segunda aparición del Señor resucitado, quien le dice: “Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado. No seas incrédulo; ¡cree!”.

La resurrección del Señor es y seguirá siendo motivo de reflexión, porque es el centro de la predicación de nuestra fe. Sin embargo, para llegar a proclamar que Cristo ha resucitado, es necesario pasar por un proceso, y los textos bíblicos de este domingo nos ayudan a entenderlo así.

Tanto Pedro como Tomás vivieron la experiencia de compartir con el Señor en los distintos momentos de su ministerio terrenal; los dos fueron testigos de su predicación y milagros en medio de la gente.  ¿Acaso eso no era suficiente para creer que Jesús era el enviado del Padre? Sin embargo, también Pedro, quien en su momento fue capaz de confesar que Jesús era el Hijo del Dios viviente, negó ser su seguidor momentos previos a la crucifixión ¿Por qué? Y Tomás, testigo de los milagros del Señor y quien también le escuchó decir que sería entregado en manos de pecadores y que resucitaría ¿Cómo se explica su duda?

Pedro, Tomás y los demás seguidores de Jesús nos representan a cada uno de nosotros en nuestro caminar en la fe. El Señor nos ha llamado y, en los primeros momentos a su lado, sentimos que nada va a impedir seguirle hasta el fin. Sin embargo, cuando se presentan las dificultades en nuestro seguimiento, las reacciones son variadas: algunos optamos por hacernos a un lado para evitar los conflictos, otros actuamos como si no pasara nada, otros esperamos que las cosas vuelvan a estar bien o simplemente nos rendimos.

Nosotros también demandamos pruebas. Queremos ver señales o recibir mensajes claros de Dios que nos confirmen que nos escucha. La experiencia de Tomás fue traumática; él fue testigo del arresto de Jesús y supo de su dolorosa muerte en la cruz. Entonces para Tomás resultaba inconcebible que el Señor pudiera superar semejante prueba. En la mente del apóstol no había lugar para el “sin sentido” y por eso demanda pruebas de sobrevivencia. Tomás vive un trauma y debemos verlo como la respuesta que cualquier ser humano tendría frente a la tragedia. Es común juzgar la conducta de Tomas como una duda de fe.

En nuestras comunidades eclesiales hay muchos que, al igual que Tomás, han pasado por el trauma de sentir la ausencia de Dios frente a la tragedia. ¿Será que perdieron la fe de un día para otro?  Indudablemente que no. El dolor y el abandono tocan las fibras más profundas del corazón humano, al punto de interrogar a Dios. Las palabras del Señor en la cruz, que escuchábamos hace unos días, nos ayudan a entender esta realidad: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. La historia está llena de aparentes silencios de Dios en momentos de calamidad y sufrimiento. A pesar de ello, los creyentes seguimos confesando que Cristo Resucitado vive y está en medio de nosotros.

Pero esto lo logramos por la fuerza que nos imprime el Espíritu. Y es que la resurrección del Señor y la acción del Espíritu Santo en Pentecostés son realidades inseparables. No podemos entender una sin la otra. Así lo confirma el relato del libro de los Hechos, en las palabras del apóstol Pedro cuando, en su primera predicación lleno del Espíritu, recibió el poder para proclamar la resurrección: “Pero Dios lo resucitó, liberándolo de los dolores de la muerte, porque la muerte no podía tenerlo dominado”.

La fe en Cristo Resucitado pasa pues por varias etapas en la vida del creyente. Y la primera es el encuentro con el Jesús humano y terrenal; el Señor que llora ante la tumba de Lázaro y sana a los enfermos porque siente en sí mismo su dolor. En la experiencia del Nazareno se confirma el amor de Dios por sus hijos y su voluntad de restaurarlos. Los evangelios están llenos de momentos de gran contenido humano y estamos llamados a contemplarlos para sentir la cercanía de Dios en la vida de cada uno, siendo su muerte en la cruz, como víctima de la injusticia de este mundo, la máxima expresión de la experiencia humana del Señor.

Dichosos Tomás y Pedro que tuvieron contacto con Jesús en la tierra y a la vez le contemplaron resucitado; aun así, ambos necesitaron la acción de Espíritu Santo para confirmar su fe en él y así proclamar su resurrección. Sin embargo, las generaciones que les siguieron nunca vieron ni escucharon a Jesús, sólo recibieron el mensaje y eso fue suficiente para creer, porque se abrieron a la acción del Espíritu. Así lo constata la Primera carta de Pedro en la que leemos: “Ustedes aman a Jesucristo, aunque no lo han visto; y ahora, creyendo en él sin haberlo visto, se alegran con una alegría tan grande y gloriosa que no pueden expresarla con palabras, porque están alcanzando la meta de su fe, que es la salvación”. La fe cristiana está fundada en el ministerio terrenal de Jesús, en los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección y en la acción renovadora del Espíritu Santo.

Así las cosas, enfocarnos única y exclusivamente en el Jesús de la historia, sería vivir solamente una parte de nuestra jornada de fe. Somos discípulos y discípulas que, al igual que Tomás y Pedro, acabamos de pasar por el trauma de contemplar la Pasión y Muerte del Señor y, a pesar de nuestras dudas y temores, recibimos con gozo las Buenas Nuevas de la Resurrección. Cada día, sin embargo, es un caminar bajo la acción del Espíritu que nos anima en las pruebas. Y con las palabras de la epístola entendemos que la fe de nosotros “al ser así probada, merecerá aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo aparezca”.

Que la celebración de la Pascua de Resurrección sea para todos nosotros y nosotras el tiempo para preguntarnos si nuestra fe está anclada en el modelo de la vida terrenal de Jesús, en su entrega incondicional hasta la muerte, en el gozo de su resurrección y en la acción cotidiana del Espíritu Santo.

Si es así, caminamos a la meta de nuestra salvación.

El Rvdo. Álvaro Araica es Vicario de la Iglesia Episcopal Cristo Rey y Asociado para el Ministerio Hispano en la Diócesis Episcopal de Chicago.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan