Sermones que Iluminan

Pascua 3 (A) – 2011

May 08, 2011


Nos encontramos todavía en el tiempo glorioso de Pascua. No en el de la antigua pascua de los judíos, sino en el de la nueva Pascua de Resurrección llevada a cabo por nuestro salvador Jesucristo.

En este tiempo pascual vamos a seguir las lecturas de tres libros. La primera siempre tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, la segunda sacada de la primera carta de san Pedro y finalmente, después del pasaje evangélico de hoy, los evangelios del resto de los domingos se tomarán de san Juan.

La primera pregunta que podríamos hacernos es ¿por qué vamos estar hablando de la resurrección de Cristo durante siete semanas? Eso es lo que dura el ciclo pascual. La razón es sencilla. La resurrección de Cristo es fundamental en nuestra fe. Es lo que da consistencia a nuestra fe y a nuestro vivir. Las historias de la resurrección también confirman la vida y enseñanzas de Jesús. Por eso, los discípulos exclamaban, ¡ahora creemos!

Es conveniente que nos traslademos en el tiempo al ambiente en que se encontraban los apóstoles y discípulos de Jesús. Habían convivido con él durante unos tres años, habían sido testigos de su amor, de su misericordia, de su compasión hacia todos, especialmente hacia los más pobres y humillados. Había obrado el bien con todos. Había predicado una religión de sinceridad, de apertura, de amor hacia todos sin exclusiones. En su abrazo amoroso cabían todos: judíos, romanos, griegos, sirios. Para él todos eran hijos de Dios. La fama de su bondad se había extendido por doquier. Y he aquí que el final de su vida es de lo más vergonzoso que nos pudiéramos imaginar. Termina crucificado en la cruz como uno de los peores criminales y revoltosos. Por eso ahora, los apóstoles no se cansan de repetir la historia de Jesús y concluir diciendo: ¡está vivo, ha resucitado!

Hoy se habla mucho de la “memoria histórica”. Es decir, los pueblos tienen que recordar los acontecimientos de su historia para aprender de ellos y convencer a todo el mundo de que los hechos fueron una realidad y no una invención. Hemos visto, como de vez en cuando surgen personas que se atreven a negar el holocausto perpetrado por los nazis contra el pueblo judío. ¿Cómo se podría ocultar que millones de personas fueron asesinadas por un sistema diabólico? Por ello, ha sido necesario plasmarlo en películas y documentales, para que todo el mundo sea testigo de un crimen de proporciones gigantescas. De esa manera podemos aprender a evitar algo semejante.

Vemos a los apóstoles de Jesús usar la misma estrategia. En todos los discursos repiten brevemente la vida de Jesús. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, Pedro pide la atención de todos de esta manera: “Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa…Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designo previsto y sancionado por Dios…lo matasteis en una cruz… Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos” (Hechos 2:14,22-24). Mensaje breve, sencillo, pero al grano. En poquísimas palabras dice lo esencial para que todos lo aprendan y transmitan hasta los confines de la tierra.

El evangelio presenta la historia de los dos peregrinos de Emaús. Un pasaje que rebosa encanto y frescura, muy típico de san Lucas. Su arte de narrar se convierte en el mejor sistema de enseñanza. Coloca la historia en un camino que probablemente los discípulos recorrieron con frecuencia. Un camino familiar. Y luego, pasa a enumerar elementos ya muy familiares a los apóstoles. Esta historia la escribe Lucas para convencer no a los apóstoles que ya no dudaban, sino a los primeros conversos que no habían conocido a Jesús. A alguien como nosotros. Por eso, repite los mismos elementos históricos: se trata, dice, de “Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaran” (Lucas 24:19-20). Ahora quedaba una duda, ¿qué habrá sido de él, pues algunas mujeres del grupo fueron al sepulcro y no lo encontraron? ¿Dónde estará? Por eso, estos dos discípulos estaban abrumados por la duda. Sus sueños y esperanzas se habían desvanecido.

A partir de este momento, comienza la segunda parte de este precioso relato. Jesús, que se les aparece como un forastero, empieza a explicarles que según las escrituras el Mesías tenía que padecer antes de entrar en su gloria. Más tarde, sentado a la mesa con ellos, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (Lucas 24:30). Esa era la muy conocida costumbre practicada por Jesús durante su vida siempre que compartía una cena con alguien. Entonces “se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lucas 24:31).

Ante una experiencia tan profunda, ante un acontecimiento que les devolvía la esperanza y la alegría no les quedaba otra opción que compartirla con los apóstoles. Así, se pusieron en camino de regreso a Jerusalén para contar lo acaecido a los demás apóstoles y a los demás compañeros. Cuando entraron en la sala escucharon este estribillo: “Es verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (Lucas 24:34). Ya no cabía la duda. La aparición de Jesús a los de Emaús, vino a confirmar a todos en su fe.

En este pasaje del evangelio de san Lucas se nos presentan unos elementos muy importantes para nuestra fe. Tenemos que recordar constantemente la vida de Jesús y lo que hizo por nosotros. Tenemos que aceptar el hecho de que todo discípulo de Jesús, a imitación de él mismo, ha de sufrir en esta vida antes de entrar en la eterna. Tenemos que ver en las Sagradas Escrituras un tesoro espiritual de reflexión y meditación que siempre nos conducirá a Jesús. Y, finalmente, tenemos que la “fracción del pan” es la prenda de la presencia del Resucitado. Al partir el pan reconocieron a Jesús.

Estos elementos no se pueden desligar ni separar; caminan unidos, entrelazados y culminan en la Eucaristía. Es en torno a la mesa donde pasamos los mejores momentos cuando estamos en familia. Es en torno a la mesa del Señor cuando, como hermanos, compartimos su mensaje divino de salvación.

Finalmente, el evangelio de hoy nos recuerda nuestra condición de peregrinos. La fe es un encuentro con Jesús, que se manifiesta en el camino de la vida ordinaria. Tenemos que caminar en la vida por sendas de rectitud y con atención porque Jesús se nos puede hacer presente en cualquier momento.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan