Sermones que Iluminan

Pascua 3 (C) – 2013

April 14, 2013


Hoy, en este tercer domingo de Pascua, la palabra de Dios que hemos proclamado y escuchado está cargada de imágenes espectaculares nos motivan a seguir profundizando en el misterio de la resurrección del Señor Jesucristo, misterio que solo podemos entender y aceptar desde la fe, partiendo del testimonio de unos discípulos, testigos presenciales que compartieron con Jesús su vida y ministerio. Más tarde afirman categóricamente que el crucificado ha resucitado y que se les apareció de diferentes formas y en diferentes lugares.

Jesucristo resucitado es el centro de nuestra fe, es la razón de existir de la Iglesia y de nuestra predicación. “Toda la vida de Cristo se juega en el capítulo de la resurrección. Con ella todo toma sentido, sin ella todo se reduce a la nada. Ni la encarnación seria el nacimiento del Hijo de Dios, ni su muerte sería una redención, ni sus milagros serían milagros, ni su misterio existiría verdaderamente, si Jesús no hubiese resucitado. Sin ese triunfo final, Jesús quedaría reducido a un genio del espíritu, o quizá a un gran aventurero, por no decir un loco iluminado”. (José Luis Martin Descalzo, “Vida y Misterio de Jesús de Jesús de Nazaret”, Ediciones Sígueme, tomo III, página 360, Salamanca, 1994).

El Evangelio que hemos leído nos describe de una forma asombrosa y magistral la tercera aparición de Jesús resucitado a siete de sus discípulos que estaban pescando en el lago de Tiberiades como se le había nombrado al mar de Galilea en honor del emperador Tiberio César. Después de los miedos, angustias e incertidumbres que habían vivido días antes por la muerte de su maestro, estos discípulos habían regresado a sus labores habituales, en este caso la pesca. Algunos entendidos piensan que los discípulos se encontraban en Galilea guiados por las palabras del ángel a las mujeres que fueron al sepulcro la madrugada del domingo: “Vayan y digan a sus discípulos, y a Pedro: él va a Galilea para reunirlos de nuevo; allí lo verán, tal como les había dicho”. (Marcos 16: 6-7). Es decir, que ellos estaban en Galilea esperando ver de nuevo a Jesús.

Lo cierto es que los discípulos estaban pescando y después de una larga noche de pesca, tirando las redes al mar, agobiados por el cansancio y la frustración deciden regresar a la orilla del lago. Allí se encuentran con Jesús resucitado (aunque en el instante no lo reconocieron), conversando con ellos acerca de su realidad, no habían pescado nada. Jesús le muestra un camino diferente y les ordena: “Echen la red a la derecha de la barca y pescarán”. (Juan 21:6). Obedecieron al llamado de Jesús, se fueron otra vez a pescar y se realizó el milagro de la pesca milagrosa. Atraparon tantos peces que las redes por poco se rompen. Ante el asombro por el milagro, Juan “el discípulo a quien Jeas quería mucho” descubre en aquel peregrino de la orilla, la presencia real del resucitado y le dice a Pedro: “¡Es el Señor!” (Juan21:7). Al instante Pedro se puso su ropa, se tiró de la barca, se olvidó de ésta y de los peces y corrió hacia Jesús. Jesús sorprende a Pedro y a los demás con una comida fraternal, les dice: “Vengan a desayunar”, tomó en sus manos el pan y se lo dio a ellos; lo mismo hizo con el pescado (Juan 21:12-13). ¡Qué momento tan emocionante! ¡Cuántos pensamientos encontrados, qué derroche de amor y fidelidad de parte del Maestro alrededor de esta comida! Tan fructífero fue este encuentro que al finalizar, Pedro, después de ser cuestionado sobre su amor al maestro, es perdonado y restaurado en su ministerio. Jesús sabía que Pedro lo amaba y que tenía un corazón noble aunque había fallado, pero como lo había negado tres veces, tres veces debía confesar que le amaba, porque el amor es el signo más grande de la fe. Jesús le encargó a Pedro el cuidado de sus corderos alimentándolos y dándole aliento de vida. Hay que destacar que Jesús solo le pregunta a Pedro por su amor; también el día que nos presentemos ante tribunal de Dios, como dice san Juan de la Cruz: “Al final de la tarde nos examinarán en el amor”. Sin amor a Jesús no podemos ser buenos pastores ni buenas ovejas. El encargo de Jesús a Pedro vele también para nosotros. Como bautizados todos debemos escuchar y hacer nuestro el llamado de Jesús a Pedro: Apacienta mis corderos; sígueme. A todos se nos da algún carisma mediante el cual podemos apacentar a nuestro prójimo.

El encuentro y reconocimiento de Jesús como Señor y Mesías, transformó la vida de los discípulos hasta el punto de perder el miedo y entregar sus vidas por la causa del resucitado. “Tenían una absoluta confianza de que habían entrado en una relación personal con él, una relación a niveles más profundo de fe, adhesión y compromiso, y de que a través de esa relación, habían recibido un entusiasmo, una vitalidad, un fuego que le hacía ver con toda claridad, que Jesús había triunfado para siempre sobre el odio, la injusticia y la muerte.” Larranaga Ignacio, “El Pobre de Nazaret”, página 308-309; Ediciones Paulinas, Lima, Perú, 2007.

Como a los discípulos en el lago de Tiberiades, como a Saulo de Tarso en el camino de Damasco hoy Jesús se aparece a nosotros en nuestras propias realidades, en nuestros afanes, luchas, dudas y temores y nos invita a cambiar el rumbo de nuestras vidas, a enderezar lo que se ha torcido, a dejar muchas redes de este mundo que nos impiden un encuentro personal con él.

Él es fiel a su palabra y cumple lo que promete. Si lo reconocemos como Señor obedeciendo su palabra y entregándonos a él de todo corazón podemos librarnos de temores y preocupaciones inútiles y alabar a Dios aún en medio de persecuciones y pruebas cantando el cántico de los redimidos: “Tú eres digno de tomar el rollo y de romper sus sellos, porque fuiste sacrificado, y derramando tu sangre redimiste para Dios gente de toda parte, lengua y nación. De ellos hiciste un reino, hiciste sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra. Al que está sentado en el trono y al cordero sean dados la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos” (Apocalipsis 5:9. 13 B). En su visión Juan presenta a Jesús como un cordero inmolado que está de pie, que ha vencido y que tiene autoridad y poder sobre todo: el Cordero que fue sacrificado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza (Apocalipsis 5:12). El poder y la autoridad de Jesús le vienen como consecuencia de su sufrimiento y muerte por nuestros pecados. La restauración de Pedro a su ministerio (Juan 21:15ss) y la conversión y misión de san Pablo (Hechos 9:1-18) son signos evidentes del poder de Cristo resucitado sobre el pecado y la muerte.

Durante el tiempo pascual (desde el día de Pascua hasta Pentecostés) en la aclamación inicial de todas nuestras celebraciones litúrgicas repetimos una y otra vez: ¡Es verdad, el Señor ha resucitado! (LOC, página 277). Ojalá que esta aclamación no sea solo de los labios hacia fuera, sino que la sintamos en nuestros corazones y la manifestemos en el diario vivir, de tal manera que podamos decir con el salmista: Has cambiado mi lamento en danzas; me has quitado el luto, y me has vestido de fiesta (Salmo 30:12).

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan