Sermones que Iluminan

Pascua 4 (A) – 3 de mayo de 2020

May 03, 2020


La lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, que acabamos de escuchar, nos trae recuerdos gratos de lo que se siente al dar los primeros pasos en la plantación de una iglesia hasta llegar a formar comunidades de fe como la nuestra y otras a nuestro alrededor. El evangelio, a su vez, nos invita a reflexionar sobre Jesús como nuestro “Buen Pastor”. Jesús, siendo Él mismo el pastor y la única puerta de entrada, nos convierte en su más amado tesoro, su redil, es decir, la comunidad de fe.

Aunque somos una misma Iglesia, cada congregación tiene su propio ritmo. La riqueza particular se concreta de muchas formas: el ministerio de las mujeres, el estudio bíblico, el desarrollo de programas de entrenamiento, las escuelas dominicales, el servicio comunitario, el levantar nuevas comunidades de fe. Lo que caracteriza cada comienzo es el espíritu con el que se trabaja y que genera un ambiente impregnado de alegría, de pasión, de inspiración; un ánimo imparable y generalizado que vibra y permea cada paso, cada decisión que se toma con fe y esperanza. Se siente el Espíritu de Dios presente en todo, moviéndose en nuestras almas, guiando, inspirando, llevando de la mano y logrando que su misión divina se realice.

Nada nos detiene en nuestro caminar. Los primeros tropiezos se resuelven sin herir ni excluir a nadie. Así como hemos escuchado, en la primera lectura, sobre el asombro y la maravilla de las primeras comunidades de fe, “a causa de los muchos milagros y señales que Dios hacía por medio de los apóstoles”, nosotros también nos sentimos asombrados y maravillados, más aún, no dejamos de alabar a Dios y expresarle nuestra inmensa gratitud por los muchos regalos de su gracia divina que nos llegan con milagrosa y amorosa ternura.

Aunque los bienes, propiedades y dinero no se comparten hoy de la misma manera que lo hacían los primeros cristianos según las necesidades de cada cual, aún se conserva ese enorme deseo de estar reunidos a diario, ya sea en el templo o en otro lugar para, “con alegría y sencillez de corazón”, aprender de las enseñanzas del evangelio, celebrar que Dios nos hace crecer unidos, fervientes en la oración y compartiendo el pan de vida y de salvación. Esa sencillez de corazón, que es muy nuestra, unida a la alegría de reunirnos y al deseo de llevar a cabo la misión de Dios para nosotros, constituyen la esencia de lo que es sentirnos comunidad de fe. Como lo describe Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, así es la Iglesia de Cristo.

El evangelio de hoy, por su parte, recuerda a la Iglesia el elemento esencial por el cual ha sido configurada como comunidad de fe. El evangelista nos presenta a Jesucristo siendo Él mismo la puerta, la única por la cual se entra a su redil. Y aunque esta imagen la entendieron perfectamente las comunidades pastoriles de su época, hoy día también nosotros, reconocemos esa misma imagen: Jesús es quien nos da la bienvenida parte hacer parte suya; Él es nuestro Buen Pastor. Somos su amado redil, reconocemos su voz, respondemos a su llamado, le seguimos y nunca nos dejaríamos llevar por ningún otro pastor que tratara de alejarnos de su amor pues no reconoceríamos aquella extraña voz.

Como nuestro Buen Pastor, Jesús nos guía, nos protege, nos acuna en su regazo materno; no nos abandona en ningún momento, siempre está presente y nos mantiene unidos bajo su mirada amorosa y, si por alguna razón nos extraviamos del camino hacia otros pastos, no se cansa de buscarnos hasta encontrarnos y rescatarnos de nuestros tropiezos y al hacerlo, se regocija al encontrarnos, nos cura las heridas y con gran gozo nos vuelve a su amado redil. También sabemos que es el Pastor que ofreció su vida por sus ovejas, para darnos vida eterna. Por eso Él es el camino y la vida. Él es el pan de vida y de salvación.

Sentir en lo más profundo de nuestro ser que para siempre podemos contar con el amor infinito de Jesús, nuestro Buen Pastor, nos llenará de alegría y de gratitud en los momentos de felicidad, y también de fortaleza en tiempos de lágrimas. Él siempre será nuestro compañero, siempre estará a nuestro lado ayudándonos a sobrellevar los sufrimientos; su compasión nos hará entrar en la calma que permite, poco a poco y paso a paso, sanar toda herida y restaurar nuestra humanidad violentada o nuestra dignidad pisoteada.

Jesús, con dulzura infinita, nos sostendrá en la toma de decisiones, aclarará nuestras dudas y nos revelará, en las incertidumbres, nuevos caminos nunca imaginados. Nos levantará el ánimo en los momentos en los que nos encontramos en un valle de lágrimas, bajo el peso de cargas físicas, emocionales y espirituales. Junto a él sentiremos que podemos poner nuestras cargas en sus sagradas manos, siempre listas a recibir y transformar nuestras vidas para que las podamos vivir con plenitud.

Como canta el salmista, Jesús nos proveerá todo lo que necesitamos, nada nos faltará y su amor infinito nos “infundirá aliento”, nos llevará a “verdes pastos” y “aguas tranquilas”; no tendremos que temer ningún mal porque su “misericordia” nos acompañará cada día de nuestras vidas.

Hermanos y hermanas, permitamos que Jesús, nuestro Buen Pastor, vaya delante de nosotros en el camino de nuestras vidas; confiemos profundamente, confiemos sin titubear en su amor que es infinito y en su firme lealtad hacia cada uno de nosotros, aunque pensemos no merecerlo. Nunca dudemos de su constante presencia entre nosotros y nosotras pues vino a ofrecernos vida y vida en abundancia. Aprendamos a reconocer su voz en el silencio de nuestras almas y nutrámonos del alimento que nos ofrece porque de esa manera nos sentiremos fortalecidos, podremos sobrellevar nuestras penas y no sentiremos miedo de tomar decisiones en los momentos en que se presenten barreras, traumas y dolencias en nuestras vidas.

Escuchemos y aprendamos de sus enseñanzas y seamos también nosotros puertas de entrada al llevar su Palabra a otras personas, al unirnos para ser parte de grupos de inicio, de apoyo o de acompañamiento en la misión de Dios para nuestras comunidades. Sintamos la seguridad que Jesús, nuestro Buen Pastor, nos infundirá aliento, avivará y compartirá nuestra dicha de seguirle de cerca confiados en su amor infinito. Amén.

La Rvda. Ema Rosero-Nordalm es diácona en la Diócesis de MA y del servicio en español de la Catedral de San Pablo, Boston MA. Se desempeña como entrenadora y mentora de Academia Ecuménica de Liderazgo para Latinos Episcopales. Ema es la Representante de Justicia Social para la Junta Nacional de Mujeres Episcopales (2018-2021) y forma parte de la junta directiva del Episcopal City Mission y del Grupo Asesor de los Oficiales del Obispo Primado sobre la Implementación de la Comunidad Amada (2019-2021).

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan