Sermones que Iluminan

Pascua 4 (C) – 2013

April 21, 2013


Muy amados hermanos/as: con el gozo que nos da la resurrección de Jesús, celebremos este encuentro eucarístico, donde él se nos da en doble alimento: su cuerpo y sangre y también en su palabra.

A lo largo de estas semanas de Pascua hemos venido reflexionando sobre los diversos aspectos y figuras del Jesús resucitado y de los efectos de la resurrección para la comunidad de seguidores suyos. Para este domingo, la liturgia nos trae una de las figuras o alegorías más hermosas sobre la manera cómo se ha percibido a Dios a lo largo del Antiguo Testamento y cómo, ya en el Nuevo, la comunidad percibe a su maestro Jesús; se trata de la alegoría del pastor.

Para los habitantes de Palestina, temas o ideas como ovejas, rebaño, pastos, pastor… son de la vida cotidiana, de la esencia misma de su vida ya que muchos humildes campesinos derivan su sustento de la actividad pastoril. Ellos saben cuánto cuidado hay que tener con estos animalitos para mantenerlos bien, dada la precariedad de condiciones geográficas, aridez de la tierra, carencia de agua la mayor parte del año, sobre todo, en la región de Judá.

Pues bien, a partir de esas imágenes pastoriles, ya en el Antiguo Testamento, los mismos profetas se habían valido tanto de la imagen del rebaño como del pastor para describir esa íntima, tierna y familiar relación de Dios con su pueblo. Por experiencia, la comunidad creyente sabe que un rebaño necesita un pastor, de lo contrario, las ovejas se dispersan, corren todo tipo de riesgos y pueden finalmente perecer; así también debe mantenerse el pueblo, unido y dispuesto a dejarse guiar por su pastor. Un pueblo sin guías, sin líderes que lo orienten es comparado con un grupo de ovejas sin pastor; por eso, el libro de los Números advierte, “… que la congregación del Señor no sea como ovejas que no tienen pastor” (Números 27:17).

En la época de la monarquía, los reyes fueron denominados “pastores”; pero no todos supieron desempeñar ese papel; según el criterio de los profetas, muchos terminaron apacentándose a sí mismos, dando completamente la espalda a la suerte de sus ovejas, por eso el Señor les pedirá cuentas (Ezequiel 34: 8). Tanto reyes como sacerdotes son el centro de las críticas de los profetas dado que especialmente ellos debían ser los guías, los pastores del pueblo; sin embargo, otros intereses distraían su función y por eso, más de una vez son duramente denunciados (Jr 2:8; 25, 34 y 36; 49:20; 50:6 y 45; 51:23; Ez 24:2 y 10).

En vista de la irresponsabilidad de los pastores de Israel, el pueblo empieza a deducir que el único pastor que se ocupa verdaderamente de ellos es el Señor; así lo reconoce el pueblo cuando ora con el Salmo 23, como lo hemos hecho hoy también nosotros: “El Señor es mi Pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar, guía mis pasos por senda segura…” (Salmo 23:1). Y así lo denominan cuando se dirigen a él en tono de súplica: “¡Oh Pastor de Israel, escucha, tú que conduces a José como a un rebaño! ­Tú, que estás entre los querubines, resplandece…” (Salmo 80:1).

Pero el sentimiento quizás más tierno y conmovedor en esa relación y confianza del pueblo hacia su pastor, lo encontramos en la predicación del Segundo Isaías cuando está animando a la comunidad israelita para regresar a su tierra después de los años de exilio en Babilonia; para suscitar esa confianza y abandono en la manos de Dios, el profeta les anuncia: “Como un pastor, apacentará su rebaño; con su brazo lo reunirá. A los corderitos llevará en su seno, y conducirá con cuidado a las que todavía están criando” (Isaías 40:11), ¿habrá acaso una imagen más tierna y conmovedora que ésta en todo el Antiguo Testamento?

Pues bien, un ambiente así, de solicitud y cuidado al pueblo por medio de sus dirigentes, fue el que debió encontrar Jesús; con todo, como ya sabemos, el ambiente era demasiado diferente al soñado por los antiguos profetas; los evangelistas nos describen claramente la situación de vejación y abatimiento de la gente y el sentimiento más profundo de Jesús: “…cuando vio las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban acosadas y desamparadas como ovejas que no tienen pastor” (Marcos 6:34; Mateo 9:36).

Con ese trasfondo es fácil para nosotros entender el ministerio de Jesús, captar a profundidad los alcances y las dimensiones de su opción de vida y de su misión. De acurdo con esto, es apenas obvio que cada palabra suya, cada signo y cada gesto que realiza, va dejando ver la calidad de su tarea mesiánica; pero también va cada vez más avanzando hacia el juicio de los anti-pastores, de aquellos de siempre que sólo se ocupan de pastorearse a sí mismos dejando en completa desprotección a las ovejas, como bien lo había advertido ya el profeta Ezequiel.

Después de la muerte y resurrección de Jesús tienen más fuerza, entonces, sus palabras, más claridad sus gestos y acciones y, por tanto, mayor impacto de compromiso para nosotros hoy. Hemos visto en el relato del libro de los Hechos, cómo Pedro es llamado a casa de una difunta de la comunidad cristiana. Pedro, con autoridad la llama por su nombre y le ordena levantarse. Por supuesto no podemos tomar el relato al pie de la letra; lo hemos de entender a la luz de las actitudes pastorales de Jesús y, posteriormente, a la luz de su resurrección.

Lo que intenta describir el pasaje de Hechos es lo que significa para la vida de la comunidad: seguir a Jesús muerto y resucitado. Hoy escuchamos la respuesta de Jesús a unos judíos que lo interrogaron, les dice: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen; yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrancará de mi mano” (Juan 10:27-28). Y es que Jesús como único Buen Pastor, asumió en vida el compromiso de ser vida para sus seguidores, “he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (Juan 10:10), por ese compromiso, entrega su propia vida voluntariamente y Dios le restituye su vida para que todos y todas los que creen en él tengan esa vida abundante.

Pedro es, entonces, el símbolo del discípulo de Jesús que ha asimilado perfectamente el sentido de la resurrección y vive integralmente el compromiso de la fe. No se trata de que después de la resurrección, los discípulos quedaron encargados de “hacer milagros”; se trata de que al asumir la fe en la resurrección, se vive y se actúa de una manera tal, que la vida personal se tiene que transformar y, por tanto, la vida de los demás también.

Dos condiciones son importantes para mantener vigente y actual ese impacto de la resurrección de Jesús en el discípulo y en la comunidad: la primera: sentir y saber que se pertenece al rebaño de Jesús, que se cumpla en cada uno de nosotros esa expresión de Jesús “yo conozco a mis ovejas y ellas me siguen” (Juan 10:27); esto significa que no se concibe cómo un discípulo de Jesús pueda estar aislado de la comunidad; si bien, la fe en el resucitado es un don personal, la vivencia de esa fe se realiza y tiene sentido en la comunidad.

Y la segunda condición es: la fe en la resurrección y en el resucitado, no nos puede dejar inmóviles: al estilo de Pedro y los demás discípulos, esa fe es el motor de una nueva vida que va transformando las realidades de muerte en nuevas manifestaciones de vida.

Con fe sincera y agradecida, digamos hoy al Resucitado, gracias por aceptarnos en su redil, gracias por conocernos a cada uno y por permitirnos seguirle; gracias por donarnos su espíritu y transformar nuestra vida.

¡Danos, oh Jesús muerto y resucitado, la gracia de ir transformando las realidades de muerte en manifestaciones de vida para que el mundo también crea y viva el sentido de tu resurrección! Amén.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan