Sermones que Iluminan

Pascua 5 (B) – 2012

May 07, 2012


Si yo corto de mi vid, que tengo en mi jardín, una rama con flores, ya pronta a dar frutos, y la pongo a parte, no tendré los frutos esperados. Solo dará fruto mientras permanezca unida a la mata. Es lo que escuchamos de labios de Jesús en el evangelio de este domingo, tomado de Juan: “Una rama no puede dar uvas de sí misma, si no está unida a la vid; de igual manera, ustedes no pueden dar fruto, si no permanecen unidos a mi” Juan 15: 1-8).

Esta parábola de la vid, el Señor la utiliza para explicar la unidad, elemento esencial en su vida con el Padre y el Espíritu Santo, también esencial en la vida de toda persona, religiosa o no, máxime si esa persona forma parte de la Iglesia de Jesús.

Él es esa vid, cuya savia corre por los sarmientos, que unidos a él dan fruto en abundancia. El amor de Dios mantiene unida a la vid y le permite dar abundantes frutos. Juan en su primera carta, referente a lo anterior, dice: “Queridos hermanos, debemos amarnos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios” (1 Juan 4: 7-21). En esto consiste en ser cristiano, en mantenernos unidos a Jesús, alabándolo y dando fruto, porque la rama que no da fruto se corta. Desde el Bautismo hemos sido adheridos a esa vid que es Jesucristo, somos sus ramas destinadas a dar fruto en abundancia.

Cualquier árbol frutal es buena imagen para dar entender lo que dice el evangelio de este domingo. A veces el árbol se seca por falta de riego, especialmente por descuido de quien cuida los árboles del jardín necesitados siempre del riego de la Palabra, del cuidado espiritual, del seguimiento, de la presencia para asistir en caso de necesidad.

Bien dice el adagio popular: El ojo del amo, engorda al buey. La presencia del jardinero, su cuidado, su generosidad, su experiencia aplicada a cada instante, su amor, su cariño, son actividades y actitudes necesarias para que el árbol de los frutos esperados. Hay que cuidar cada rama, podarla con cuidado, limpiarla de parásitos, para que fructifique generosamente.

Jesús es como la savia, que corre a través de los tejidos de las ramas. Ramas saludables, ramas abundantes en savia, serán ramas generosas en frutos. Jesús es la savia, es la Palabra que corre abundante a través de las ramas de la vida llevando vida, salud, amor, paz,  por todo el árbol, por toda la vid, que más tarde se convertirá en frutos abundantes, dulces y maduros a la sazón. Así como la savia no puede faltar en la vida del árbol, así también la Palabra es esencial en la vida de la Iglesia, donde el Señor infunde el espíritu de su Palabra para mantenerla viva, activa y fructificante.

Él mantiene la unidad de su Iglesia, de sus sarmientos, para que logren dar fruto abundante. Un sarmiento desmembrado no da fruto, se seca, y termina en la hoguera.  No es mucho el fruto que damos los cristianos en la forma en que vivimos, desunidos, desmembrados, cada uno por su lado, dando frutos agrios en vez de frutos dulces, si estuviéramos unidos a Cristo y a la vid. Es lo que leemos en el evangelio de Juan: “Yo soy la vid, y ustedes son las ramas. El que permanece unido a mí, y yo unido a él, da mucho fruto; pues sin mi ustedes no pueden hacer nada. El que no permanece unido a mí, será echado fuera y se secará como las ramas que se recogen y se queman en el fuego” (Juan 15: 1-8).

El verdadero dinamismo cristiano se muestra en la permanencia del creyente en Jesús o de la palabra de Jesús en el discípulo. Ser discípulo es dar gloria al Padre y ofrecer frutos en el mundo. El cristiano juega el papel de sarmiento en la presente parábola. Debe permanecer unido a Cristo para dar fruto, por si solo no hará nada. Y aunque de fruto por sí solo, su fruto no será bueno ni dulce ni llamativo ni radiante. En otras palabras, no será atrayente para ser consumido.

El sarmiento, cristiano, debe permanecer unido a Cristo para recibir constantemente la savia de su Palabra que riegue todo su ser, para que nutra y le haga florecer, y florecido, asegure la fructificación abundante que a su vez, nutra a todos los demás, especialmente a aquellos a quienes no ha llegado Jesús. De esto nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando Felipe,  es enviado por el Señor a compartir sus frutos con un hombre de Etiopia: “Después de esto, un ángel del Señor le dijo a Felipe: ‘Levántate y vete al sur, por el camino de Jerusalén a Gaza’…Felipe se levantó y se fue, y en el camino se encontró con un hombre de Etiopia” (Hechos 8: 26-40). Más adelante, el libro de los Hechos continua diciendo: “El Espíritu le dijo a Felipe: ‘Ve a acércate a ese carro’. Cuando Felipe se acercó, oyó que el etíope leía el libro de Isaías, entonces le preguntó: ¿Entiende usted lo que está leyendo? El etíope le contestó: ¿Cómo lo voy a entender sino tengo quien me lo explique?”

Decía anteriormente que el dinamismo cristiano se muestra en la permanencia del creyente con Jesús. Felipe, como discípulo del Señor, responde al llamado, donde es necesario que muestre sus frutos al personaje que es puesto en su camino, a quien debe compartir todo aquello que ha recibido de Jesús. Si fuese un sarmiento separado no habría escuchado el mensaje, no habría tomado tampoco la iniciativa de acercarse al etíope, y mucho menos, de ayudar a quien no conocía, hasta ese momento, a Jesús.

En la vida diaria el Señor nos llama a seguirle, nos llama a realizar un trabajo con alguien o por alguien, nos invita a escucharle. Escucharemos al Señor y realizaremos lo que se nos manda, si estamos unidos a él. Desmembrados no haremos nada, solos actos egoístas, que dividen más y más, sin amor, sin el Espíritu de su Palabra, sin sabor, sin la dulzura del evangelio, sin el dinamismo de quien vive unido a Cristo.

Pensemos por un instante en la necesidad de predicar, de orar, de dar testimonio, de ayudar a otros, de amar a quien nos odia, solo con un mismo y único objetivo: la unidad de los cristianos bajo un mismo y único pastor, Cristo Jesús. Lo demás será en vano, será “vanidad de vanidades”.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan