Sermones que Iluminan

Pascua 5 (B) – 2015

May 04, 2015


Cualquier persona puede reconocer la famosa pintura al fresco de la creación de Adán por Miguel Ángel en la que muestra una escena donde un dedo de la mano de Dios se estrecha para alcanzar y tocar otro de la mano de Adán.

El evangelio de hoy evoca esta escena en la que estos dos dedos se encuentran con un sentido de confianza e intimidad. Todos nosotros en algún momento hemos jugado el papel del “extraño”. Piensen en un momento en que ustedes se encontraron perdidos en medio de una multitud. Y recuerden el alivio que sintieron de repente al encontrar súbitamente un rostro familiar, alguien conocido en medio de la multitud. La imagen del evangelio sobre la viña y sus ramas refleja esa experiencia y nos dice mucho más.

En la novela El final de Howard por Edward Morgan Forster nos encontramos con el personaje Margaret Schlegel. Margaret está comprometida con viudo y mucho mayor en edad, Henry Wilcox. Ella se reúne con su prometido a la mañana siguiente después de haber aceptado su declaración de compromiso y se da cuenta que Henry es un hombre que ha vivido su vida sin introspección o sin mucho conocimiento sobre sí mismo. Mientras Margaret contempla el estado del alma de Henry, finalmente le ofrece una solución bien clara que es el epígrafe de la novela: “Piense sólo en conectar”. Ese fue todo su mensaje. “Conecta la prosa y la pasión y ambas serán exaltadas, y el amor humano será visto en lo alto. No viva una vida fragmentada. Solo conecte…”

Y “conectar” es precisamente de lo que trata la imagen de la viña y sus ramas en el evangelio de hoy. Todos conocemos por experiencia la diferencia entre sentirnos conectados y sentirnos aislados. Existe algo en el ser humano que nos hace añorar por conexiones por el resto de nuestra vida. Existe una conexión íntima entre una madre y su bebé creciendo en su vientre que es mucho más profunda, más íntima que la conexión que puede existir en una pareja. Nuestras vidas comienzan primero con una conexión a la vida de nuestras madres y una vez que dejamos el vientre pasamos el resto de nuestra vida buscando conexiones, conexiones íntimas, significativas y con miedo a morir en soledad y sin conectar con alguien.

Nosotros queremos estar cerca de alguien, estar con alguien. Nosotros queremos ser sostenidos por alguien, abrazar a alguien. Nosotros queremos conectarnos. Nuestra condición humana nos impulsa a conectarnos. Y de la forma que satisfacemos esta experiencia humana es formando relaciones; relaciones con nuestras familias, en la sociedad, en la comunidad, con amistades y parejas.

Es precisamente en ese lugar profundo y misterioso de nuestro corazón y la vida que Dios desea conectarse con nosotros; estrechando su dedo para tocar el nuestro. Es ahí, desde lo profundo de nuestro corazón donde nace nuestro deseo de conectarnos a Dios, quien finalmente nos resulta el rostro familiar, en los momentos de “multitud” de la vida. San Agustín dijo: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Lo cual es como decir: existe una fuerza infatigable en nuestros corazones por conexiones y que solo puede satisfacerse a través de nuestro acercamiento a Dios, de quien toda la vida, toda la benevolencia brota y en quien todas las cosas encuentran su significado, y a través de quien todas las cosas y todas las personas están conectadas.

Esta conexión con Dios no reemplaza y ni nos hace sentir que no tengamos necesidad de conexiones con amistades, con las personas que amamos o aún con los extraños. ¡No, no al contrario! De hecho todos nuestros amigos, personas amadas y extraños se supone que nos conduzcan a Dios porque en sus rostros podemos descubrir el rostro de Dios. Porque Dios es amor y aquellos que habiten en su amor, habitan en Dios y Dios en ellos. Es una fantástica “Confusión Divina” a la que nos lleva el estar conectados.

Un sacerdote aconsejando a una joven que había experimentado una tragedia le dijo: “Yo no sé si yo tengo una respuesta ante su tragedia, pero cuando yo era un niño solía tomar el periódico de mis padres para buscar la parte donde habían dibujos cómicos. Yo ponía los dibujos ante mis ojos y mientras me fijaba en ellos por un largo rato, ellos me parecían como muchos puntos en vez de un dibujo. Entonces alejaba lentamente el dibujo de mi rostro y comenzaba a ver la historia en los dibujos. Podía ver cómo los puntos conectados unos a otros creaban la imagen, la cual a su vez, creaba la historia”. El sacerdote, le dijo entonces: “Muy a menudo nosotros estamos tan inmerso en lo que está sucediendo que lo único que vemos son los puntos. No vemos la conexión”.

En momentos difíciles como los que estamos viviendo, es importante creer que Dios entiende el significado de todo lo que nos está pasando, a pesar de que nos cueste trabajo comprenderlo. Dios está conectando los puntos. Es parte del plan de Dios de que nosotros vivamos conectados. Es en nuestras conexiones donde podemos experimentar el gran misterio de la vida.

Mientras consideramos la lectura del evangelio de hoy seamos conscientes de cómo vamos a vivir la próxima semana. De cómo vamos a salir al mundo donde, por seguro, muchas de nuestras ramas serán podadas. Que nosotros podamos, de una forma nueva, comenzar a lograr conexiones con nuevos lugares, nuevas personas, nuevos amigos y con Dios. Como individuos y como comunidad de fe, dejemos que nuestras ramas empiecen a enredarse con las de otros viñedos. Descubramos en los lugares más profundos de nuestro corazón que necesita ser apodado, removido de nuestras vidas, para que así podamos crecer fuertes y producir frutos.

Que nuestra oración sea, que cada uno de nosotros mantenga sus conexiones con otros viñedos. Y en especial, oremos fervientemente que sigamos nuestra conexión con el viñador amoroso de nuestra vida, Cristo Jesús.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan