Sermones que Iluminan

Pascua 6 (A) – 2017

May 21, 2017


Pablo se levantó en medio de ellos, y dijo “Atenienses, por todo lo que veo, ustedes son gente muy religiosa. Pues al mirar los lugares donde ustedes celebran sus cultos, he encontrado un altar que tiene escritas estas palabras: A un Dios no conocido. Pues bien, lo que ustedes adoran sin conocer, es lo que yo vengo a anunciarles”. Estas fueron las palabras del apóstol Pablo cuando visitó la ciudad de Atenas en Grecia.

El apóstol Pablo fue el experto número uno en aprovechar la más mínima oportunidad para predicar y dar a conocer a nuestro señor Jesucristo, sin importar las circunstancias. Él es para nosotros los cristianos, el modelo de evangelista que necesitamos imitar en estos tiempos difíciles. Fue el mejor y el más grande misionero en los comienzos del cristianismo.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra su gran obra evangelizadora mediante sus cinco viajes. Su pasión y su fuego por la predicación y el anhelo de que todos conocieran al Jesús resucitado, le permitieron alcanzar sus metas como evangelista y misionero. ¿Se imaginan a Pablo viviendo en esta época de la tecnología y del desarrollo de las comunicaciones? ¿Cuántos viajes hubiera realizado por tierra, mar y aire? ¿Cuántos correos electrónicos y mensajes no hubiera enviado? ¡Desde luego, hasta tendría su propia página blog y más!

Hoy se nos hace un llamado a cumplir con nuestro compromiso cristiano. Así como Pablo nos inspira a ser evangelistas y misioneros, así también el apóstol Pedro nos trae un mensaje de empoderamiento y de confianza, de responsabilidad, de fuerza y de esperanza.

Pedro nos exhorta a no tener miedo a nadie, a que no nos asustemos, y que honremos a nuestro Señor Jesucristo como Señor en nuestros corazones, a que estemos siempre preparados a responder a toda persona que nos pida razón de la esperanza que tenemos.

Por encima de todo, Pablo insiste en que lo hagamos con humildad y respeto. En sus propias palabras dice: “Es mejor sufrir por hacer el bien, si así lo quiere Dios, que por hacer el mal.”

Tenemos mucho que hacer en este tiempo que nos ha tocado vivir. Es necesario que proclamemos las Buenas Nuevas de salvación, que luchemos porque nuestros valores sean transmitidos a niños y jóvenes, tenemos que apoyar a los padres y orientarlos en cuanto a la vigilancia de sus hijos en cuanto al uso de la internet. Muchos niños y niñas se están quitando la vida por el abuso verbal y físico por sus compañeros de clase y otros llamados amigos. También por las personas sin escrúpolus que los usan, los manipulan y los manejan a su antojo.

Predicar y dar a conocer al Cristo resucitado no significa escuchar un sermón o ir a la iglesia cada domingo. Implica que tenemos un compromiso con nuestros hijos e hijas. No dejemos que se nos quite el derecho de ser padres en el cuidado y orientación de ellos. La escuela da los conocimientos. La educación, la formación y la transmisión de los valores la damos en casa.

Seamos predicadores con la acción, más que con la palabra. El Cristo resucitado debe estar presente en nuestras vidas a través de nuestras familias. Proclamemos la Palabra de Dios en los actos del diario vivir, pues lo que hacemos vale más que lo que decimos.

El amor de Dios se muestra en nuestras acciones cotidianas. Un ejemplo palpable lo podemos ver en el momento en que una joven recién llegada, proveniente de un país latinoamericano se ve envuelta en un problema muy grave y la policía la detiene. Los pocos miembros de su familia viven en otro estado. Es encarcelada y cuando llega el día de la corte, se sentía sola, abatida y desamparada. Y lo que nunca se imaginó, la dejó sorprendida. La persona que le había alquilado el apartamento estaba ahí, dispuesto a pagar la fianza, para que ella saliera libre.

Ejemplos como estos ocurren a menudo, y tenemos que prestarles atención, pues este es el predicar a tiempo y fuera de tiempo que Pablo aprovechaba cada ocasión que se le presentaba, para predicar y compartir su amor a Dios con los demás.

Es posible que nosotros también hayamos tenido esas oportunidades y las hayamos dejado ir. No tengamos miedo de hacer el bien a los demás, seamos solidarios y compasivos. No tenemos que hablar; solamente hacer algo de valor por alguien que necesita de nosotros. En el sector o vecindario donde vivimos siempre hay oportunidad de compartir el amor de Dios, pues todos los seres humanos tengamos buena vida financiera o no, en algún momento dado, necesitaremos la ayuda de alguien que quizás ni conozcamos. Y es ahí donde Dios nos ha colocado para ser un evangelista o un misionero.

Aprovechemos cada momento de nuestra vida para hacer algo útil por otras personas. Que nuestro corazón no albergue el desprecio u odio religioso, ni cultural, ni de género. Todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Todos tenemos los mismos derechos y privilegios como hijos e hijas de Dios y Él quiere lo mejor para nosotros.

¿Cómo demostramos que amamos a Dios? Jesús dice que el que recibe sus mandamientos y los obedece demuestra que de veras lo ama. Por lo tanto, hermanos y hermanas, debemos pedir a Dios que infunda en nuestros corazones su amor hacia Él, como aparece escrito en la colecta de hoy.

Busquemos el amor de ese Dios desconocido para quien los habitantes de Atenas tenían un altar. Postrémonos ante él y limpiemos nuestros corazones con su gracia y su misericordia y de esta manera, ya purificados, salgamos al mundo a dar a conocer a nuestro Dios, quien es desconocido por millones de personas.

Ayudemos a nuestros hijos e hijas y a la próxima generación a ser personas de bien, a ser tolerantes y respetuosos, aceptando a cada quien como es y sirviendo a Dios según su tradición religiosa. Sembremos la semilla de la fe y la esperanza que es lo que va a minimizar el odio y el desprecio del corazón de nuestros semejantes.

San Pablo le escribe a Timoteo en su segunda carta: “…te encargo mucho que prediques el mensaje, y que insistas cuando sea oportuno y aun cuando no lo sea. Convence, reprende y anima, enseñando con toda paciencia.” Amén.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan