Sermones que Iluminan

Pascua 6 (C) – 2019

May 26, 2019


La historia de la curación del enfermo en el estanque de Betzatá, que acabamos de escuchar en el evangelio de hoy, parece ser un relato sencillo y claro de una curación típica efectuada por nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, las apariencias engañan, y la historia está llena de detalles y complejidades que ameritan una exploración detallada, con la promesa de información útil para nuestra relación con Dios nuestro Señor. Veamos:

La cercanía del estanque a la puerta de las ovejas nos indica que se encontraba en la vecindad del Templo de Jerusalén, centro de la vida religiosa de los judíos en el tiempo de Jesús. En esa época la creencia popular era que las aguas del estanque eran agitadas, de tiempo en tiempo, por un ángel y, cuando eso ocurría, el primer enfermo que tocara las aguas se sanaba milagrosamente. No es sorprendente, entonces, el hecho de que los cinco pórticos, o salas al lado del estanque estuvieran llenos de toda clase de enfermos, listos a lanzarse al primer signo de la agitación de las aguas para tratar de ser el primero en tocarlas y alcanzar la salud.

Podemos imaginar el clima de angustia que llenaba a esas multitudes y la competencia tan tremenda por ser el vencedor de la constante contienda por el milagro. Como sucede cuando la gente corre en estampida para conseguir algún bien gratuito, podemos pensar que allí habría empujones y una total carencia de misericordia de quienes competían por el milagro, ya que cada uno pensaba en su propia salud. Irónicamente, el nombre Betzatá significa “casa de la misericordia.”

Jesús ve todo esto y su mirada se posa en el enfermo. Jesús tiene misericordia de él y le pregunta: “¿Quieres recobrar la salud?” En este caso vemos cómo Jesús es quien toma la iniciativa, no el enfermo, quien no se percata del poder de Jesús ni parece tener mucho interés en él. En lugar de responder simplemente sí o no, le relata a Jesús cómo siempre hay alguien que llega primero y nadie se apiada de él para llevarlo a tiempo a las aguas. Es como si dijera: “¡Pues claro que deseo sanarme pero es muy difícil lograrlo y además no hay quien me ayude a hacerlo!” Jesús le responde con tres órdenes: “Levántate, toma tu camilla y anda.” Y el enfermo no se hace esperar para obedecer, recobrando la salud.

Al final del pasaje, y continuando con el siguiente verso, San Juan Evangelista deja saber que ese día era el “día de reposo”, es decir el sábado, lo cual tiene una gran importancia en esta historia. Como sabemos, la ley de Moisés prohíbe toda clase de labor en este día, el cual debe ser dedicado enteramente al Señor; se trata del día de descanso para todo el pueblo de Israel. La violación de esta ley era una falta grave, la cual atentaba contra la identidad del pueblo de Israel como pueblo escogido por Dios. Esta identidad se expresaba también mediante la circuncisión y las leyes alimentarias. Jesús, aunque consciente de esa ley, procede a curar al enfermo, lo cual atrajo la ira de los sacerdotes. 

Al realizar este milagro, y hacerlo en el día mandatorio de descanso, Jesús primero nos dice que Dios está constantemente obrando por nuestro bienestar, sin descanso, y que él no está limitado por restricciones o leyes que no tienen en cuenta el dolor humano. De la misma manera, nosotros somos llamados a seguir su ejemplo, y hacer el bien, sin mirar a quien y sin reparar en restricciones que no tienen en cuenta situaciones particulares de necesidad.

Por otro lado, en ese momento Jesús eliminó la necesidad de la competencia para llegar primero a las aguas y lograr así la curación, y eliminó, por completo, la necesidad del estanque mismo: el enfermo fue sanado por la palabra directa del mismo Jesús y sin intermediarios, y fue sanación completa. Esto nos dice que no son imprescindibles ni ritos, ni aguas, ni aceites, ni la mediación de nadie para alcanzar el favor y la misericordia de Dios: Dios nos la brinda y gratuitamente, sin merecerlo, constantemente y en abundancia, y de formas que muchas veces sólo él conoce y de acuerdo a su voluntad. El enfermo en la historia esperó fielmente que alguien tuviera misericordia de él por mucho tiempo, y encontró esa misericordia en Jesús: al único que necesitaba era a él. Asimismo, al único que nosotros necesitamos es a Jesús en nuestras vidas, y solo requerimos invocar su nombre seguros de su misericordia y amor.

No nos dejemos seducir por quienes claman ser la única fuente del favor y poder de Dios, y por quienes alimentando supersticiones populares, ofrecen milagros de Dios a un precio o con la compra de amuletos o de imágenes, lo cual solo beneficia a quienes hacen comercio con lo divino y empobrece la fe de los ingenuos cuando lo pedido no se alcanza: Solo Dios basta, y él es como el aire que respiramos que está siempre con nosotros, disponible para nosotros, dándonos vida y sustento gratuitamente, pero con una gran diferencia: el aire se contamina, nosotros lo contaminamos; Dios en cambio no se contamina, Dios es siempre puro con un amor inmenso y puro por cada uno de nosotros.

Por otro lado, no se nos escape el hecho de que el enfermo de nuestro Evangelio no pareció muy entusiasmado ante el llamado de Jesús a recobrar la salud a pesar de tantos años de incapacidad. Por el contrario, respondió con excusas, culpando su falta de salud a no tener quién lo ayude y a no haber podido llegar primero a las aguas.

En cierta forma muchos de nosotros somos como este hombre enfermo: nuestra fe se ha adormecido y hasta paralizado tras muchos años de falta de acción, de renovación, de esfuerzo, quedándonos en el mismo sitio sin movernos, sin cuestionar lo que escuchamos o leemos, aceptando una vida espiritual carente de vitalidad y resignándonos a la rutina de lo que requiere menos esfuerzo y tiempo, dándole prioridad a muchas otras cosas que nada tienen que ver con la fe y llenando cada vez más el vacío que sentimos con disculpas como lo hizo el enfermo del Evangelio. En medio de tanta distracción, no nos percatamos o ignoramos la presencia de Jesús que constantemente nos tiende la mano y nos pregunta: “¿Quieres recobrar la salud?” 

Es importante hacer una pausa y pensar cuidadosamente en esa pregunta: “¿Quieres recobrar la salud?” ¿Quieres recobrar la salud de tu alma, quizá quebrantada como la del enfermo del evangelio por años de rechazo, abandono y frustración? ¿O quebrantada por años de sufrimiento y la percepción de que tus oraciones no han sido respondidas como tú lo has esperado? “¿Quieres recobrar la salud?”  ¿De cualquier forma y por cualquier causa?  Cristo está ansioso y esperando con gran expectativa tu respuesta afirmativa, sin excusas, con fe y decisión, para decirte: “Levántate, toma tu camilla y anda.”

Amén.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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