Sermones que Iluminan

Propio 15 (A) – 2020

August 16, 2020


“No vamos a Cristo corriendo, sino creyendo; no se acerca uno a Cristo por el movimiento del cuerpo, sino por el afecto del corazón”. (San Agustín, Obispo de Hipona)

Por estos días, cuando se han incrementado las prácticas de asepsia, es prudente reflexionar también sobre la “asepsia de corazón”. De ninguna manera se quiere decir que la asepsia externa sea menos importante, sin embargo, desde nuestra vivencia de una fe contextualizada, responsable consigo mismo y con el otro, es oportuno centrar esta reflexión dominical en la “pureza del corazón” que se hace visible por nuestras acciones cotidianas.

Precisamente, Jesús en la primera parte del evangelio de hoy, nos presenta su posición sobre la “pureza”, que a la larga es una reiterpretación que rompe con la tradición judía según la cual lo externo contamina al hombre. Recordemos que, bajo los rituales de la Ley del Antiguo Testamento, los israelitas se enfrentaban a menudo con las ideas de pureza e impureza ceremonial o ritual. Muchas cosas podían hacer a un israelita ritualmente impuro: la menstruación, el parto, algunos alimentos, tener contacto con ciertos animales (el cerdo, por ejemplo), tocar un cadáver y varias enfermedades de la piel. Cualquier contacto con alguien “impuro” haría que una persona se contaminara a sí misma. Había tantas maneras de volverse impuro que todos los israelitas, hombres y mujeres por igual, seguramente pasarían algún tiempo en estado de impureza.

Sin embargo, para Jesús, “Lo que entra por la boca del hombre no es lo que lo hace impuro. Al contrario, lo que hace impuro al hombre es lo que sale de su boca”. Ante esta portura los fariseos -grupo religioso que trataba de preservar y hacer respetar las tradiciones de Israel- se escandaliza. Para ellos la impureza externa era un asunto que debía repararse dependiendo del grado de impureza: desde el lavado físico hasta el ofrecimiento de un sacrificio animal. La insistencia de la ley en la pureza y “su cuarentena” de impurezas pusieron énfasis en el hecho de que Dios esperaba la santidad en su pueblo. Él había elegido a Israel para tener con ellos una relación especial.

Para Jesús, por el contrario, el asunto de la pureza no es algo meramente externo. Se trata de una condición que parte de la interioridad humana. Esto no es comprendido por los fariseos, por ello se escandalizan; a la larga “son ciegos que guían a otros ciegos”. Hoy, cuando predomina la “cultura de la exterioridad”, la del parecer sobre el ser, esta palabra nos toca a todos.

En la tradición bíblica, el corazón simboliza el hombre interior, su vida afectiva, la sede de la inteligencia y la sabiduría. El corazón es al hombre interior lo que el cuerpo es al hombre exterior. Por tanto, si la interioridad de la persona es “impura”, es decir, direccionada hacia la experiencia del mal, hacia el pecado, sus obras (lo externo) serán “impuras”, obras de pecado. Por el contrario, si su interioridad está en una búsqueda permanente de Dios, que es la “pureza por esencia”, entonces las obras, lo externo, será “puro”.

Es el momento de preguntarnos ¿cómo está nuestra interioridad? ¿volcada hacia Dios o hacia nuestras propias búsquedas, egoísmos, pasiones y pecado? No lavarse las manos contamina la dimensión física, el no lavar el corazón contamina la dimensión existencial y esencial. ¿Cómo está hoy nuestra asepsia del corazón? ¿Qué tanto “gel” (entiéndase amor) antibacterial (entiéndase antipecado) estamos aplicando a nuestro corazón?

Luego, “Jesús se dirigió de allí a la región de Tiro y Sidón”, región pagana y por tanto impura.  Allí será purificada (curada) una pagana, por ende “impura”, hija de otra “impura”. Sólo por curiosidad, Mateo ha preferido llamarla “cananea” y no “sirofenicia” -como hace Marcos- quizá para hacernos sentir más la grandeza de su confesión de fe. De un cananeo no se esperaría “nada bueno”. De hecho, el pueblo cananeo es recordado continuamente en el mundo del Antiguo Testamento como un pueblo confuso e idólatra. El grito de fe de la cananea nos pone en contacto con una realidad profundamente humana: ¿Qué no haría una madre de familia para lograr que su hija se cure y se salve? ¿Qué haríamos nosotros por uno de nuestros hijos que estuviera en una situación adversa?

Esta madre de familia nos enseña su propio camino de fe a través de la ruta de la oración que pasa por diversas fases:

Primera: La mujer va gritando detrás del grupo que acompaña a Jesús. En su grito podemos captar su confusión, su sufrimiento. Invoca “compasión”, como se hace frecuentemente en los Salmos; esta “pagana” ora (pide) mejor que muchos judíos. Adicionalmente, reconoce a Jesús como “Señor”, como Dios e “Hijo de David”, cosa que no había hecho ningún judío de los que se consideraban “puros”. ¿Qué tanto pedimos al Señor que limpie nuestra impureza del corazón?

Segunda: Los discípulos quieren deshacerse de ella, están cansados de los gritos, no parecen realmente interesados en su súplica. De ahí que las palabras de Jesús se comprenden mejor como una advertencia al pueblo de Israel, el pueblo de la oración sálmica, el pueblo de la pureza externa que ha cerrado poco a poco su corazón a Dios, limitándolo a un culto externo ¿Será que esa advertencia es vigente para nosotros que muchas veces nos centramos en el culto externo solamente?

Tercera: La mujer ora (pide) de cerca, se postra, lo que es signo de adoración y reconocimiento de la persona de Jesús: “Señor, Hijo de David”; le llama de nuevo “Señor” y le expresa su necesidad: “ayúdame”. ¡Qué bello que nosotros nos postremos también delante de Él, reconociendo quién es para nosotros y cuál es la necesidad que sólo Él puede suplir en nuestras vidas!

Cuarta:  Jesús, aparentemente “grosero” al expresar que el pan, el don de Dios para Israel no se debe echar “a los perros” (los paganos), suscita en la mujer una confesión de fe. Ella hace una profunda reflexión: ve a los hijos como a sus patrones, comprendiendo la obra de Jesús con ella como la extensión de su misión al pueblo judío, su rebaño, donde la salvación es para judíos y paganos. ¡No hay excepción de persona! Ahora la elección no es por ser descendiente de Abraham por sangre, sino por tener un corazón como el de Abraham: abierto a la acción de Dios.

La experiencia de fe y de oración de esta mujer cananea es importante para nosotros; nos permite ver el trasfondo espiritual, los gestos, las palabras y sobre todo la actitud fundamental de una experiencia de oración que parte de un corazón que busca “la pureza” desde la interioridad.

De pronto necesitamos una visita al “cardiólogo espiritual”, a Jesús, para que revise si de nuestro corazón están brotando acciones puras o impuras. Tal vez, alguna de las migajas del pan de la misericordia que caen de la mesa, pueda limpiar nuestra impureza para que así nuestra vida y nuestro proceder sean acordes a nuestra condición de bautizados. ¡Es tiempo de “contagiarnos” de Jesús!

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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