Sermones que Iluminan

Propio 16 (A) – 2020

August 23, 2020


Que no dijeran nada a nadie. Que quedara en secreto. 

Jesús y sus discípulos estaban caminando por el extremo norte de Israel, casi en las tierras paganas del Líbano. De allí había llegado una mujer siro-fenicia, quien con gran fe le había insistido a Jesús tras negarle un milagro por no ser judía: “Pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.” Antes, los discípulos y discípulas (el texto griego no distingue) habían exclamado con asombro: “¡En verdad tú eres el Hijo de Dios!”, al verlo calmar el viento y el lago durante una tormenta.

Hoy, en Cesarea de Filipo, y lejos de los judíos, Jesús les pregunta esperando su sincera respuesta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?  La expresión “Hijo del Hombre” no significaba entonces cualquier hijo de vecino. Se refería al Mesías, el “ungido de Dios” escogido por él para establecer su Reino de verdad, justicia, paz y amor; y sacar a los Romanos de Israel. Los discípulos le reportan: “Algunos dicen que Juan el Bautista; otros dicen que Elías, y otros dicen que Jeremías o algún otro profeta.” Pero él insiste: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”.  Pedro, cuyo nombre significa piedra, le contesta por sí mismo y quizá por todos los discípulos: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente”.

Inmediatamente Jesús le dice: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no lo conociste por medios humanos, sino porque te lo reveló mi Padre que está en el cielo”. ¿Por qué dichoso o bendito? Porque Dios le ha revelado esto. Y hay más. Es posible que “Pedro”, que en griego significa piedra, hubiera sido un apodo que le tenían a Simón, el hijo de Jonás. El hombre era testarudo y a veces decía disparates, como cuando en la Transfiguración sugirió que se quedaran todos en la cima del monte para siempre. Y lo peor de todo, cuando la cosa se puso caliente y arrestaron a Jesús, Pedro negó que lo conocía, y lo hizo tres veces.

“Miren la roca de donde fueron cortados, la cantera de donde fueron sacados”, dice Isaías en la primera lectura de hoy, “a Abraham, su padre, y a Sara, la que les dio la vida. Cuando yo los llamé, estaban solos, pero les di muchos descendientes”. Entre ellos estamos nosotros, descendientes de Abraham y Sara en la fe. Por eso todos, aun Pedro, el testarudo como piedra, tenemos esperanza.

Jesús usa su apodo irónico “piedra” para declarar algo que quizá los otros discípulos no esperaban oír: Tú eres Simón, te vas a llamar Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia.

No, no estaba hablando de un proyecto de construcción de templos cristianos. Eso no sucedería por casi trescientos años más. Hasta entonces los primeros seguidores de Jesús se reunían en casas privadas para compartir la Cena del Señor. Tampoco la palabra iglesia se refiere a un edificio. Se trata de una palabra, de origen griego, que significa asamblea o reunión. Por tanto, nosotros todos, somos la iglesia, la asamblea de los seguidores de Jesús. Por eso nuestro culto, como hemos experimentado durante la pandemia, puede tomar lugar en cualquier parte, no necesariamente en el edificio de la Iglesia. “Y ni siquiera el poder de la muerte” (en griego: “las puertas del inframundo”), añade Jesús, podrá detener a mi Iglesia, la asamblea de mis seguidores. Y hablando de puertas, Jesús dice: “Te daré las llaves del reino de los cielos”. 

¿Qué eso de “el reino de los cielos”? La frase sólo ocurre en el evangelio según Mateo. En los otros evangelios aparece como “el reino de Dios.”  Lo interesante es que este reino no está en el cielo. La frase se refiere al reino o reinado de Dios aquí entre nosotros. Por eso decimos todas las semanas en el Padre Nuestro: “venga tu reino” y “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”; no decimos: llévanos a tu reino”.

Jesús le otorga a Pedro acceso a este reino de Dios: un nuevo mundo de verdad, paz, justicia y amor aquí en la tierra. La vida eterna es otro concepto diferente.  Pedro, como líder de la asamblea de Jesús, tiene acceso a una nueva realidad: el Reino de Dios que ha comenzado ya con la vida, predicación, curaciones, arresto, ejecución y resurrección de Jesús el Cristo. En ese reino, que viene a nosotros, Dios es bondadoso; las ciudades en ruinas se levantan nuevamente y las tierras secas del desierto se convierten en un jardín como el que el Señor plantó en Edén. Hay felicidad y alegría, cantos de alabanza y son de música.

Tanto es el poder que Jesús le otorga a Pedro, y a la asamblea de sus seguidores, que hasta el cielo los obedece: “lo que tú ates aquí en la tierra, también quedará atado en el cielo, y lo que tú desates aquí en la tierra, también quedará desatado en el cielo”, le dice. Tal como Dios Padre le dio una revelación a Pedro -que Jesús es el hijo de Dios vivo-, Jesús le da otra cosa: autoridad para liderar su asamblea en la labor de hacer del Reino de Dios una realidad aquí en nuestras vidas. ¡Cuánta autoridad! ¡Y cuánta confianza en su asamblea, su Iglesia! Confianza que continúa en los descendientes de Pedro, los obispos, aun sabiendo que Pedro lo iba a negar. ¡Qué visión tan profunda de nuestra misión de Iglesia: empezar a vivir ya en el Reino de Dios! No se trata de hablar tanto del reino sino de vivirlo en casa, la escuela y el trabajo, en todas partes, todos los días.         

Ese reino se hace realidad especialmente cuando nos reunimos para celebrar, todos juntos, la Santa Eucaristía. Aquí no hay distinción de personas. Estamos pobres y ricos, hombres y mujeres, personas gais y heterosexuales, ciudadanos e indocumentados, justos y pecadores, todos y todas juntos ante Dios, con Cristo, pues cuando dos o tres se reúnen en su nombre allí está él.

Después de la resurrección Jesús se apareció a Pedro, quien lo había negado tres veces, y le preguntó tres veces: Simón ¿me amas? Y Pedro le contestó: “Señor, tú sabes todas las cosas. Sabes que sí”, Jesús le dice: “apacienta mis ovejas.” Dios no iba a dejar incompleto lo que había emprendido. A través de Pedro, los demás discípulos -y nosotros hoy-, Dios sigue comunicando su enseñanza, y sus mandamientos alumbran a las naciones. Su salvación es eterna y su reino no tienen fin.

Entonces ¿por qué les dice que mantengan esto secreto? Porque su victoria estaba cercana y su acción salvadora en camino: iba a la cruz. Y sólo después de la resurrección y la venida del Espíritu Santo sobre sus seguidores, éstos pudieron entender el plan de Dios. Su poder estaba todavía oculto. Bien les había dicho: tengo otras cosas que decirles, pero no las pueden aguantar todavía: cuando llegue el Espíritu de la verdad, las conocerán.

Nosotros que hemos recibido el Espíritu Santo de Dios en nuestro bautismo, sabemos la historia completa, el misterio de la voluntad de Dios de salvar al mundo entero apoyado de unos grupos de seguidores del Hijo del Hombre, el Hijo de Dios vivo, Jesús, el escogido de Dios, el Ungido, el Mesías, el Cristo. Amén.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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