Sermones que Iluminan

Pentecostés 19 (A) – 11 de octubre de 2020

October 11, 2020


El texto del evangelio que acabamos de escuchar se conoce como la parábola de la fiesta de bodas y va en la misma línea del que leímos el domingo pasado: la parábola de los viñadores asesinos. Aunque las imágenes usadas en cada parábola son diferentes, la temática es idéntica: la llamada de Dios a formar parte de su viña-banquete, y la consecuencia que trae la negativa a querer aceptar al protagonista del reino.

El reino de Dios es presentado en la biblia con el símbolo de un banquete de bodas, donde todos los invitados deben llevar traje de fiesta y cara de felicidad. Esta alegría es fruto del amor del novio por su prometida. En el ambiente donde Jesús creció y ejerció su ministerio, las bodas hebreas eran como un convite, una fiesta de varios días donde se comía, bebía, cantaba, danzaba en la alegre y ruidosa compañía de numerosos convidados. La tarde del primer día se acompañaba a la esposa, de la casa de su padre a la casa del esposo, donde estaba preparada la mesa del banquete y la cámara nupcial. La madre había preparado al esposo con un turbante especial, la corona. La esposa era llevada al esposo profundamente velada y adornada para su marido. El vestido de bodas de los invitados no era un traje especial; pero el que convidaba tenía derecho a que ellos aparecieran en el banquete con vestidos de fiesta. Ante esta realidad sociocultural y religiosa de su tiempo no es de extrañar que Jesús analógicamente hablara de su reino como un banquete de bodas.

En la parábola de hoy el rey representa a Dios, el hijo del rey a Cristo, los principales invitados son el judío, y los criados son los profetas y apóstoles que Dios envió a su pueblo para ensenarle el camino del reino. Con esta parábola Jesús se refiere a las repetidas invitaciones que Dios había hecho al pueblo de Israel, por medio de los profetas y apóstoles, para que entrara a su reino. En ella podemos ver la paciencia que tuvo Dios con su pueblo. Mateo se empeña en destacar que Dios envió a sus mensajeros una y otra vez, pero los invitados especiales no sólo se negaron a asistir a la fiesta del Hijo del rey, sino que mataron a sus enviados, los profetas: “Uno de ellos se fue a sus terrenos, otro se fue a sus negocios, y los otros agarraron a los criados del rey y los maltrataron hasta matarlos”.

El problema de los invitados especiales, el pueblo de Israel radica, no en el hecho de que se ocuparan en sus asuntos personales, sino en no creer y aceptar a Jesús como el Hijo de Dios; estaban tan seguros de sus propios negocios que despreciaron el banquete que se le había preparado. Ante la negativa de los invitados, el Rey manda entonces a sus criados por los caminos a llamar a cuantos encuentren, buenos y malos. Así, la invitación de Dios pasa ahora a los pueblos paganos y gentiles: “Les digo que muchos vendrán de oriente y occidente y se sentaran a comer con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos”.

El reino de Dios ya no será más propiedad privada; en él caben todos porque “Dios no hace distinción entre una persona y otra, sino que en cualquier nación acepta a los que le reverencian y hacen lo bueno”. El banquete es para todos los pueblos, no solo para Israel. Dice el profeta Isaías: “En el monte Sión, el Señor todopoderoso preparará para todas las naciones un banquete con ricos manjares y vinos añejos, con deliciosas comidas y los más puros vinos”. Abraham, Isaac y Jacob, como antepasados de los judíos, se sentarán con Cristo en su reino, porque ellos agradaron a Dios por su fe, pero los judíos de la época de Jesús, aunque eran hijos de Abraham en la carne, de cierta manera herederos del reino, perderían su lugar en la mesa por su incredulidad.

Sin embargo, es llamativo que el rey, después de invitar a las bodas a personas de cualquier clase y condición, ponga objeción sobre la forma como vestían. Le dijo a uno de los convidados: “¿Amigo, como has entrado aquí, sino trae traje de boda?”. Para entender esto, hemos de analizar el mensaje que Jesús quería transmitir. El vestido de boda representa la justicia de Cristo con que debemos revestirnos cuando aceptamos la fe; como dice el apóstol Pablo: “dejemos de hacer las cosas propias de la oscuridad y revistámonos de la luz, como un soldado se reviste de su armadura…revístanse ustedes del Señor Jesucristo, y no busquen satisfacer los deseos de la naturaleza humana”.

El invitado que no estaba vestido para la ocasión representa a los que no han tenido una fe verdadera en Cristo, y aunque han entrado en la casa de Dios con los demás invitados, no pueden sentarse a la mesa y disfrutar de los exquisitos manjares preparados, “porque no han lavado su ropa en la sangre del Cordero”; de ahí que serán echados fuera, como dijo el rey en la parábola: “Átenlo de pies y manos y échenlo a la oscuridad de afuera. Entonces vendrá el llanto y la desesperación. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.

La llamada de Dios es para todos, sin embargo, muchos que oyen la invitación, y de momento entran y les agrada el evangelio, no dan fruto de conversión ni están dispuestos a entregar su vida por Cristo; entran a la fiesta de bodas a buscar sus bendiciones, pero no están preparados para quedarse con él y dar la vida como hermanos en señal del amor que él nos ha manifestado primero y, mucho menos, dejar que Dios sea todo en todo.

Hoy, hemos de hacernos conscientes que, al igual que al pueblo judío, Dios nos está invitando y dándonos todas las oportunidades para que nos preparemos y subamos a su santa morada cargados de las obras buenas que necesariamente tienen que darse cuando de veras lo aceptamos a él como nuestro Señor y Salvador. La advertencia es a no descuidarnos porque, así como los judíos -que aunque beneficiarios del favor de Dios en el Antiguo Testamento no dieron el fruto que Dios esperaba y por eso fueron descalificados-, también nos puede suceder a nosotros. No seremos salvos por pertenecer a tal o cual iglesia, sino por hacer la voluntad de Dios.

Es hora de vestirnos dignamente para el banquete. Nuestro presente se ha visto marcado por muchos signos -de enfermedad, pobreza, muerte, incertidumbre- y nuestra respuesta al llamado a la fiesta de bodas revelará los verdaderos apegos de nuestro corazón. Si de verdad hemos creído y aceptado a Jesucristo revistamos nuestras vidas con la luz de los criterios del reino de Dios, mantengamos la comunión y dependencia total a él cumpliendo las palabras de Pablo a los filipenses: “Alégrense siempre en el Señor… No se aflijan por nada, sino preséntenselo todo a Dios en oración; pídanle, y denle gracias también. Así Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esa paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo”.

Escrito por el Rvdo. Ramón Antonio Betances.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan