Sermones que Iluminan

Pentecostés 20 (B) – 10 de octubre de 2021

October 10, 2021

LCR: Amós 5:6-7, 10-15; Salmo 90:12-17; Hebreos 4:12-16; San Marcos 10:17-31

El evangelio asignado a este Vigésimo Domingo después de Pentecostés, en conjunto con las demás lecturas, nos relata un episodio revelador que nos obliga a reflexionar sobre cómo podemos experimentar una vida espiritual y cómo podemos alcanzar la salvación. El relato de San Marcos nos cuenta la historia de un hombre rico que deseaba heredar el reino de los cielos: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Parece ser una pregunta sincera y válida, por supuesto. Equivale a preguntar cómo se puede tener una vida espiritual, cómo disfrutar del amor de Dios.

Quizá nos recuerde la pregunta de la multitud que comió los panes y los pescados en el desierto: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras que Dios quiere que hagamos?” ¿Qué quiere Dios de nosotros? Jesús respondió a esta pregunta, inicialmente, siguiendo las pautas que cualquiera pensaría, con base en la moral y los mandamientos: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas mentiras, honra a tu padre y a tu madre”. Al parecer, el interlocutor era un hombre piadoso y cumplidor de sus responsabilidades; como muchos de nosotros tratamos de ser todos los días. Pero luego Jesús le explicó que algo esencial le hacía falta; probablemente lo que también a nosotros nos hace falta.

A su interlocutor, quien se mostraba deseoso de entrar en el reino de Dios, Cristo con mucho cariño le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riqueza en el cielo. Luego ven y sígueme.” Según Jesús, ser rico, cumplir con los puntos de la ley y ser una persona responsable, no bastan para experimentar la vida espiritual plenamente. Todos necesitamos despojarnos de las muchas cosas que nos distraen y dedicarnos por completo a Dios, o como Jesús dijo en otra ocasión: “La única obra que Dios quiere es que crean en aquel que él ha enviado”. Lo que el ser humano necesita es creer en el Salvador y seguirlo adonde vaya; lo demás vendrá por añadidura, como fruto de un árbol sano. Todo comienza con seguir a Jesús.

Posiblemente, el detalle más curioso de este relato es que aquel hombre, aún reconociendo que Jesús es el “maestro bueno”, salió afligido y triste de su encuentro con el Señor; triste porque “poseía muchas cosas” y, por su apego a ellas, no estaba dispuesto a seguir a Jesús. No podía dar el paso definitivo hacia el discipulado. Y hoy muchas personas experimentan lo mismo, admiran a Jesús y quieren ser buenas personas, pero no están dispuestas a dedicar sus vidas completamente a la voluntad de Dios. La verdad es que ahora tenemos mucho en común con el hombre rico del evangelio: poseemos muchas cosas, queremos ser buenos y tenemos muchas distracciones que nos apartan de la búsqueda de Dios. De esta manera, es difícil alcanzar la espiritualidad y la relación que anhelamos con Dios.

Y no sólo es difícil. Es imposible por nuestra propia cuenta. Éste fue el choque que experimentaron los discípulos de Jesús cuando dijo: “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios.” San Marcos indica que todos los discípulos estaban asombrados por estas palabras; pensaban, con cierta lógica que, si esto resultaba difícil para los ricos, entonces sería prácticamente imposible para los demás. Por ello se preguntaron: “¿Y quién podrá salvarse?” La respuesta es: ¡nadie!; nadie podrá salvarse por su cuenta, por su riqueza o posición social. Como dijo el Señor: “Para los hombres es imposible”.

Necesitamos una dosis de humildad. Si pensamos que nuestra riqueza, o nuestra moral, o nuestra posición social, o nuestras obras más excelentes nos pueden salvar o nos pueden ofrecer una base para una buena relación con Dios, nos equivocamos enormemente. Es difícil entrar en el reino de Dios por la fuerza y el esmero de los hombres y las mujeres; es imposible.  

“Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible”. Sólo Dios puede salvarnos y sólo Dios nos ofrece la manera de vivir la auténtica vida espiritual, a través de su Hijo, Jesucristo.

Jesús nos extiende la misma invitación que dio al hombre rico: “Ven y sígueme”. La fe, el creer en aquel que Dios ha enviado, realmente es sólo esto: seguir a Jesús. No es un camino fácil, requiere deshacernos de muchas cosas en las cuales hemos invertido tiempo, energía y emoción; requiere apartarnos del orgullo y de la ilusión de creernos muy buenos. “Bueno solamente hay uno: Dios”. Requiere que entendamos que necesitamos que el Señor nos guíe y nos dirija hacia dónde vamos, hacia el reino de Dios, tanto en el momento presente como en la eternidad. Por eso, las palabras de la colecta para hoy son tan apropiadas: “Te rogamos, oh Señor, que tu gracia nos preceda y acompañe…”. De nuevo: “para los hombres es imposible, pero no para Dios”.

Los discípulos, especialmente Pedro, no estaban del todo conformes con esta enseñanza de Jesús. Querían asegurarse de estar haciendo lo correcto al dejar sus vidas y patrimonios para seguirlo. Jesús quiso consolarlos un poco, explicando: “Les aseguro que cualquiera que por mi causa y por aceptar el evangelio haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o terrenos, recibirá ahora… cien veces más, aunque con persecuciones; y en la vida venidera recibirá la vida eterna.”

En esto también vemos que la vida en Dios no es tan fácil. Habrá problemas, habrá persecuciones, pero Dios nos ayuda. Éste también fue el mensaje del autor de Hebreos, podemos recurrir a Jesús para recibir la ayuda de Dios. Como nuestro pastor y sacerdote, él se compadece de nosotros porque conoce nuestra vida y nuestras dificultades. Por eso, debemos mantener la fe y nuestra confianza en que seguirlo es el camino a la salvación y la vida y, cuando necesitemos ayuda, debemos acercarnos con confianza al trono de la gracia, “al trono de nuestro Dios amoroso, para que él tenga misericordia de nosotros y en su bondad nos ayude en la hora de necesidad.”

Si anhelamos entrar en el reino de Dios, pronto descubriremos que para los hombres es imposible, pero cuando nos demos cuenta de nuestra necesidad, veremos que, para Dios, nada es imposible. Como dijo el Apóstol Pablo en otro sitio: “Pues por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe. No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios.”

Hoy mismo, acerquémonos a Jesús, sigámosle con amor y devoción, y confiemos en su poder de salvación. Amén.

El Rvdo. Dr. John J. Lynch es un sacerdote, autor y educador, que ha servido en las diócesis episcopales de Honduras, el Sur de Virginia y Rhode Island. Actualmente sirve como director en el Instituto Ecuménico del Ministerio Hispano y el Cura párroco de la Iglesia Episcopal San Jorge en la ciudad de Central Falls, Rhode Island.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan