Sermones que Iluminan

Propio 28 (A) – 2023

November 19, 2023

LCR: Sofonías 1:7, 12-18; Salmo 90:1-8, (9-11), 12; 1 Tesalonicenses 5:1-11; San Mateo 25:14-30

“No somos de la noche ni de la Oscuridad”

Al acercarnos al final del año litúrgico, el mensaje de la Palabra de Dios, para este vigesimoquinto domingo después de Pentecostés, nos invita a hacer un balance de nuestra vida en la fe durante este 2023. Siempre que finalizamos cualquier ciclo en nuestra vida es importante detenernos por un momento y revisar los compromisos adquiridos para con Dios, la familia, la iglesia, la sociedad, los amigos e incluso con nosotros mismos.

La fe necesita ser constantemente alimentada y fortalecida a través de los medios de gracia que nos ofrece la comunidad en la que experimentamos la presencia de Cristo; en este sentido, es necesario que profundicemos en las bases que nos sostienen en la vida cristiana y las motivaciones que tenemos para continuar el camino sin desmayar. La fortaleza, sin duda alguna, está en Dios, su Palabra es la fuente de la que brota el verdadero conocimiento que nos conduce por la senda de la felicidad, la salvación y la vida eterna. Por eso es urgente que acudamos al llamado que nos hace la colecta de este domingo y nos acerquemos con corazón abierto al conocimiento y meditación de las Sagradas Escrituras, y “de tal manera las oigamos, las leamos, las consideremos, las aprendamos e interiormente las asimilemos”, ya que en ellas encontramos, como nos lo enseña el Libro de Oración Común: “todas las cosas necesarias para la salvación”.

Aunque algunas “teologías” emergentes nieguen la necesidad de la salvación para el cristiano, con el argumento de que Dios todo lo hizo bien y bueno, y ama su obra sin reparos, el mensaje de Jesús, la tradición y la razón nos muestran, con claridad suficiente, que todos necesitamos ser salvados de las muchas acechanzas que provienen de adentro y fuera de nosotros, que necesitamos ser preservados de todas las tentaciones que tratan de alejarnos del camino y llevarnos al infierno de la soledad, la tristeza y la ausencia de Dios.

El profeta Sofonías, en la primera lectura que nos propone la iglesia para la reflexión en este domingo, nos hace la invitación a ponernos delante del Señor en silencio, para que podamos escuchar a nuestro corazón y a nuestra conciencia y experimentar su cercanía. La presencia constante, sigilosa y paciente de Dios espera una respuesta de nuestra parte; como un centinela está atento en todos los momentos de nuestra vida, tanto en los tiempos de gozo, alegría, prosperidad y celebración, como en los difíciles de soledad, tristeza, enfermedad, necesidad y muerte. Él no se aparta de nosotros, aunque en muchas ocasiones lo rechacemos; aguarda amorosamente a que nos demos cuenta de cuanto lo necesitamos y le abramos espacio en nuestra existencia; actúa a través de su Espíritu Santo que se mueve en nosotros; no está estático aunque esté silencioso, se nos revela en la creación, en cada persona a nuestro paso, nos inspira, mueve nuestras conciencias, fortalece nuestras capacidades y anima nuestras acciones.

En esa constante espera nos invita a poner nuestra confianza en Él. Es por esto por lo que, al terminar este año litúrgico, debemos preguntarnos dónde esta nuestro tesoro, porque como nos lo enseña el evangelio: “donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón.” (Mt 6:21). La seguridad del cristiano no puede estar en sus posesiones materiales, ellas son don de Dios para que vivamos dignamente en este mundo; nos dan una pequeña muestra de su amor infinito al darnos la riqueza más grande, el gran tesoro, la perla preciosa de su Reino Eterno. Está en nuestras manos recibir la luz de su gracia o vivir en la oscuridad alejados de su presencia.

El salmista nos recuerda que todas las cosas y todos los tiempos están en las manos de Dios, soberano nuestro, que nos ha acompañado de generación en generación desde antes de la creación del mundo; que podemos y debemos abandonarnos en Él, porque nuestra vida es corta y por mucho que nos esforcemos o trabajemos por acumular riquezas, todo pasa y pronto nos avocamos al final de nuestra vida terrena. Nuestra principal preocupación debe ser buscar la sabiduría que sólo proviene del Santo Espíritu, que nos enseña a través de la escucha atenta de la Sagrada Escritura y en la participación frecuente en la Santa Comunión.  

En este mismo orden de ideas, el apóstol Pablo nos recuerda que debemos estar despiertos, iluminados con la presencia del Señor, porque “No somos de la noche ni de la oscuridad”; no debemos permitir que el tiempo se nos vaya en cosas inútiles, desenfrenos, excesos, conflictos, en estado de inconciencia, inmersos en pensamientos egoístas, sentimientos negativos y emociones vagas, como si estuviéramos borrachos, apartados de la realidad y separados de la fuente de nuestra felicidad que es sólo Dios.

El tiempo apremia, corre veloz y debemos dar respuesta a los dones que el Señor ha puesto gratuita y generosamente en nuestras manos; todos los bautizados hemos recibido un encargo y hemos sido enviados para ser testimonio de amor en el mundo; todos los redimidos somos mensajeros acreditados de la Buena Noticia de Cristo.

En la iglesia existen diversidad de dones y carismas; unos son llamados de manera especial a la oración, otros a predicar, otros a enseñar, otros a dirigir, otros a administrar y así un gran abanico de posibilidades de servir al cuerpo de Cristo del cual todos los bautizados somos miembros; por ello es necesario que cada uno identifique los dones y carismas que ha recibido y los ponga al servicio del plan de Dios con generosidad, sin pereza o excusas, con respeto por el ministerio de cada cristiano en su vocación y llamado.

Cada quien revise su papel en la iglesia de Cristo y no se esconda improductivo sin aportar en la construcción del reino. Cada cual haga examen de conciencia sobre el servicio que presta a la iglesia sin descalificar el trabajo de otro, por humilde y sencillo que parezca, porque cada uno produce en la medida en que le fue dado: “algunas espigas dieron cien granos por semilla, otras sesenta granos, y otras treinta” (Mt 13:8); pero todos en un mismo sentir, en un mismo amor por un mismo Cristo.

¡No olvide suscribirse al podcast Sermons That Work para escuchar este sermón y más en su aplicación de podcasting favorita! Las grabaciones se publican el jueves antes de cada fecha litúrgica.

 
 
 
 
 
 
 
 

Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

Click here