Sermones que Iluminan

Propio 10 (B) – 2012

July 16, 2012


En todo el proyecto de la historia de la salvación, Dios se ha servido de la actuación de los profetas para educar y orientar a su pueblo hacia la salvación. Pero la misión de los verdaderos profetas siempre ha estado expuesta al rechazo, a la persecución y en muchas ocasiones hasta pagar con la muerte.

A raíz de la decadencia de las grandes naciones antiguas como Siria, Asiria y Egipto el reino de Israel del norte, gozó de una gran prosperidad política, económica y social. Creció la riqueza colectiva e individual y casi todos los habitantes se sentían a gusto con esta época de progreso.

Pero, en medio, de tanta paz y tranquilidad social, resuena la voz potente de un profeta, que ataca sin contemplaciones el orden social establecido y el culto superficial de la religión. Amós, natural de Tecoa en el reino del sur, es enviado por Dios a predicar un mensaje social en el reino del norte, a mediados del siglo octavo antes de Cristo.

El mensaje de Amós era de suma importancia para entender la vocación profética y, más en concreto sus relaciones con los poderes establecidos que descansaban en el rey y el sacerdote.

Pero, el profeta, de forma atrevida, y sin permiso de las autoridades que dirigían el culto, hizo uso del santuario que era el centro oficial del culto nacional. Desde allí difundió su mensaje contra el orden establecido y la religión, alcanzando todos los rincones del reino.

Por esta razón, Amasías sacerdote oficial y responsable del santuario nacional tomó la palabra y le dijo al profeta: “Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá, come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en casa de Dios, porque es el santuario real, el templo del país” (Amós 7:12-13).

Ante esta intimidación, Amós reaccionó y respondió con autoridad: “No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: ´Ve y profetiza a mi pueblo Israel´” (Amós 7:14-15).

Con esta respuesta da a entender que no predica para ganarse el sustento diario, sino que se siente libre y enviado por Dios para proclamar una sentencia soberana. Así es como la palabra divina penetra, se instala y actúa en la historia.

Ser enviado de Dios no significa ser embajador con todos los poderes, ni ser ciudadano de primera categoría ni tener privilegios. Los verdaderos profetas que han sido conscientes de su condición de enviados, han vivido muchas veces esta etapa con dolor y con desgarro.

Todo enviado lo es por algo y para algo. Como cristianos también lo somos, porque Dios quiere contar y cuenta con nosotros y con nuestra libertad, para que cooperemos con él en la extensión de su reino. Esta experiencia vivida por el profeta Amós de rechazo y persecución, nos enlaza con el evangelio de hoy y el drama que vivió Juan el Bautista soportando odio, prisión y muerte por hacer presente a Cristo y predicar la conversión.

Juan el Bautista ha sido considerado un profeta de transición entre la antigua alianza y la nueva y el precursor del reino anunciado por Jesucristo. No se le atribuye ningún documento escrito, pero nos dejó el testimonio de una vida de sacrificio y humildad.

Ya el profeta Isaías había escrito sobre estos nuevos tiempos diciendo: “Ahora mando mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Escuchen este grito en el desierto, preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” (Isaías 40:3).

De esta manera, Juan el Bautista se presentó en el desierto y, como dice Marcos en su evangelio: “Predicaba al pueblo, hablando de bautismo y de conversión para alcanzar el perdón de los pecados. Acudía gente de toda la región de Judea, y de todo Jerusalén. Confesaban sus pecados y el los bautizaba en el río Jordán” (Marcos 1:3-6).

Llamaba a todos a la conciencia con un mensaje claro y contundente. Vuélvanse a Dios, cambien su manera de pensar y déjense bautizar para que sus pecados queden personados. El bautismo de Juan no era solo una purificación ritual, sino un rito que simbolizaba una verdadera conversión.

Predicar la conversión lleva consigo denunciar todos los males que afectan a las personas. Cuando el mensaje toca los intereses de las estructuras del poder, vienen los recursos para impedir su avance.

La fama del Bautista traspasó los límites del desierto y llegó hasta el rey Herodes Antipas que gobernaba en Galilea, y sucedió, “que Herodes ordenó apresar a Juan y lo encadenó en la cárcel por causa de Herodías, esposa de su medio hermano Filipo. Herodes se había casado con ella y Juan le decía: ´No te está permitido tener a la mujer de tu hermano´. Herodías lo odiaba y quería matarlo, pero no podía porque Herodes sentía respeto por Juan. Lo consideraba un hombre justo y santo y lo protegía. Luego se dejó convencer y ordenó que fuera decapitado en la cárcel” (Mateo 6: 7-20).

Herodes respetaba a Juan, pero era prisionero de su ambiente y de sus vicios. Esto demuestra que los corrompidos tienen sed de sangre. Mucha gente piensa que las faltas sexuales no tienen mayor importancia y poco tienen que ver con la salvación de la humanidad. La Biblia, en cambio, nos muestra que no podemos dar un paso adelante, si no es con hombres y mujeres responsables, que seamos capaces de poner nuestras debilidades humanas al servicio del amor, en vez de dejarnos esclavizar por nuestros bajos instintos.

Por eso, Juan el Bautista no podía hablar de justicia sin recordar los compromisos del matrimonio y, por ser portador de la palabra de Dios, debía calificar la licencia del primer mandatario Herodes igual como si fuera un simple ciudadano.

Toda esta historia de testimonio y entrega de la actividad profética apunta a Jesucristo. La gloria y alabanza de Dios son, en definitiva, la realización de su plan salvífico en beneficio de todos los creyentes.

Así lo señala san Pablo: “Dios nos escogió, en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos y sin defecto ante él por el amor” (Efesios 1:4). Por la gracia disfrutamos de este privilegio. Es una prueba profunda del amor que Dios nos tiene, pues en realidad no lo merecemos.

El punto oficial de este proceso es la recapitulación de todo en Cristo. Esto significa que como creyentes reconozcamos a Cristo como nuestro Señor para obtener la plena realización y la felicidad.

Así lo presenta Pablo en su carta a los Efesios: “Este es el plan que Dios había proyectado realizar cuando llegase el momento culminante: ´Recapitular en Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra´” (Efesios 1:10).

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Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan