Propio 11 (A) – 19 de julio de 2026
July 19, 2026
LCR: Sabiduría 12:13,16–19 o Isaías 44:6–8; Salmo 86:11–17; Romanos 8:12–25; San Mateo 13:24–30, 36–43.
La Paciencia de Dios y la Esperanza del Reino
«Lo mejor es dejarlos crecer juntos hasta la cosecha». Con esta sencilla orden el Señor nos revela una de las verdades más profundas sobre su manera de gobernar el mundo: Dios actúa con paciencia, no con precipitación. En un tiempo en que todo exige respuestas inmediatas, la Palabra de hoy nos invita a detenernos y contemplar el ritmo más lento -y más sabio- del Reino.
I. La misericordia como fuerza, no como debilidad.
El libro de la Sabiduría lo proclama con claridad: no hay otro Dios que cuide de todo y, precisamente porque su poder es pleno, juzga con clemencia (Sb 12:13,16). Su fuerza no es arrogante; es misericordiosa. Esa misericordia se manifiesta en que da lugar al arrepentimiento incluso a quienes se equivocan, enseñando a su pueblo que el justo debe amar a todos los seres humanos (Sb 12:19). Aquí late un principio teológico fundamental: la omnipotencia de Dios no se expresa en el aplastamiento del pecador, sino en la paciencia que abre espacio a la conversión. Esta revelación nos transforma. Si Dios, siendo todopoderoso, elige la clemencia, ¿con qué derecho pretendemos nosotros apresurarnos al juicio? La misericordia no es debilidad divina: es vocación humana, el modo en que quienes hemos recibido gracia la transmitimos al mundo.

II. El campo del Señor: vivir en la mezcla.
La parábola del trigo y la cizaña confirma esta pedagogía divina. El enemigo siembra cizaña en el campo del Señor, y los siervos, impacientes, quieren arrancarla de inmediato. Pero el dueño los detiene: «No, porque al arrancar la mala hierba pueden arrancar también el trigo». Hay en esta respuesta una advertencia urgente para todo creyente: el afán de pureza inmediata puede destruir lo que Dios aún está formando.
Vivimos en un mundo mezclado. La Iglesia, la sociedad y el propio corazón humano contienen trigo y cizaña entrelazados. ¿Cuántas veces, en nombre de la justicia, hemos arrancado raíces frágiles que apenas comenzaban a dar vida? ¿Cuántas comunidades se han fragmentado porque alguien quiso anticipar la cosecha que sólo pertenece a Dios? El Señor nos llama a una humildad más profunda: la de reconocer que no siempre sabemos distinguir con certeza el trigo de la cizaña en los demás, y que nuestra tarea primaria es crecer en fidelidad, no en función de jueces.
En la explicación de la parábola, Jesús aclara que los ángeles harán esa separación al final de los tiempos. El juicio definitivo no nos corresponde. Nuestra responsabilidad es ser luz -«los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre»- y dejar que esa luz ilumine sin aplastar.
III. El corazón unido: la oración del discípulo.
El salmista nos muestra el camino interior frente a tanta complejidad: «Oh Señor, enséñame tu camino, para que yo lo siga fielmente. Haz que mi corazón honre tu nombre» (Sal 86:11). El creyente que vive en un mundo dividido necesita un corazón indiviso. La oración no es escapismo: es la fuente desde la que podemos actuar con discernimiento. Pedir al Señor que unifique nuestro corazón es reconocer que somos también nosotros campo en el que crecen el trigo y la cizaña, y que necesitamos su gracia para inclinarnos hacia la luz.
IV. Gemir con esperanza.
San Pablo añade la dimensión escatológica que sostiene todo lo anterior. Vivimos todavía en el tiempo de los gemidos: “la creación entera se queja y sufre como una mujer con dolores de parto” (Rm 8:22). Gemimos porque el mundo aún no es lo que está llamado a ser. Pero no gemimos solos ni sin horizonte: el Espíritu mismo intercede por nosotros, y la esperanza que no se ve es la que vale la pena sostener (Rm 8:24–25). La paciencia que Dios ejerce con su mundo, nosotros la ejercemos en nuestra espera.
Hijos e hijas adoptivos de Dios por el Espíritu (Rm 8:15), no somos esclavos del miedo ni del fatalismo. Somos herederos de una promesa que ya comenzó en la resurrección y que avanza, semilla a semilla, hacia la cosecha definitiva. Esa herencia no nos dispensa del esfuerzo ni nos ahorra el sufrimiento, pero le da un sentido que el mundo no puede dar.
Conclusión.
Hermanos y hermanas: vivir en el campo del Señor exige tolerancia sin indiferencia, esperanza sin ingenuidad, misericordia sin complicidad con el mal, y confianza inquebrantable en que la cosecha final pertenece a Dios. No nos toca apresurarnos al juicio ni desesperarnos ante la demora. Nos toca ser trigo: nutritivos, enraizados, fieles, y dejar que el sol del Reino nos haga brillar en medio de la mezcla. Como el salmista, pidamos cada día: «Afirma mi corazón». Como Pablo, sostengamos la esperanza de lo que aún no vemos. Y como el trigo en el campo, crezcamos hacia la luz, seguros de que el Señor de la cosecha no se equivoca. «El que tenga oídos, que oiga» (Mt 13:43).
El Rev. Franklin Morales es el Canónigo para los Ministerios Latinos e Hispanos de la Diócesis Episcopal de Carolina del Norte, es Oriundo de Venezuela y ha estado sirviendo a su Diócesis por casi dos años.
¡No olvide suscribirse al podcast Sermons That Work para escuchar este sermón y más en su aplicación de podcasting favorita! Las grabaciones se publican el jueves antes de cada fecha litúrgica.


